Crítica: El Carnegie Hall vive el mejor «Requiem» de Verdi que se recuerda

Por Carlos J. López Rayward

Posiblemente esta haya sido la mejor versión del Requiem de Verdi que se recuerda en el Carnegie Hall. Franz Welser-Möst afrontó la partitura verdiana con The Cleveland Orchestra and Chorus —formación de la que es director titular desde 2002— en un reencuentro largamente esperado con una obra que no dirigía con este conjunto desde hace más de dos décadas.

Franz Welser-Möst con The Cleveland Orchestra and Chorus en el Carnegie Hall. Foto: Chris Lee.
Franz Welser-Möst con The Cleveland Orchestra and Chorus en el Requiem de Verdi en el Carnegie Hall. Foto: Chris Lee.

Para esta ocasión, el maestro austríaco optó por despojar la misa de aquellos elementos dramáticos que, con frecuencia, aproximan el Requiem al teatro operístico de Verdi. Su lectura fue afilada y magra, sin adornos superfluos, concentrada en el poder semántico del texto latino, encarnado en las melodías inmortales del compositor. Texto y música fueron servidos con una limpieza insuperable, tan clarividente en su exposición que la relativa ausencia de teatralidad —y acaso de italianidad— no restó un ápice de profundidad ni de emoción al conjunto.

La obra se abrió con un Requiem aeternam dona eis, Domine de pureza casi irreal, cantado por el Coro de Cleveland como si fuera una sola voz, tersa y suave, sostenida sobre una línea inconsútil. Desde ese inicio fundacional, la propuesta de Welser-Möst transitó un camino de naturalidad deliberada y un cierto historicismo renovado, siempre al servicio de la claridad estructural y expresiva.

En la presentación del cuarteto solista comenzaron a desplegarse los distintos colores vocales. El primero en lucirse fue el bajo germano-kuwaití Tarek Nazmi, dueño de un canto dúctil y un timbre de imponente belleza. Durante el Tuba mirum, con las trompetas situadas en el paraíso del auditorio, Nazmi exploró con inteligencia los límites de su abanico cromático, culminando en un Mors stupebit de gran asertividad y hondura, sin perder nunca la naturalidad del canto ni la limpieza de la emisión.

En el Liber scriptus proferetur encontramos a una Deniz Uzun algo más impostada de lo deseable, con algún portamento de gusto discutible, pero cantando con intención, proyectando el agudo con decisión y apurando un registro grave de notable presencia expresiva.

El Dies irae, dies illa estalló con el coro cantando al unísono mientras la orquesta se engolfaba en un juego vertiginoso de equilibrios volumétricos. El Coro de Cleveland dejó frases sencillamente insuperables, capaces de provocar en el oyente ese estupor que nace de la incredulidad ante la contemplación de lo perfecto.

El posterior Recordare resultó algo más débil, como si la conexión entre Asmik Grigorian y Deniz Uzun no terminara de florecer del todo. Le siguió el Ingemisco del tenor mexicano Joshua Guerrero, bien resuelto, musical y de buen gusto, aunque sin un agudo que llegue a apabullar, todavía algo restringido. Guerrero posee, no obstante, una interesante paleta de colores vocales, una media voz sugestiva y un falsetón de notable belleza. Por su enfoque inflamado, fue quizá el solista que estilísticamente más se apartó de la línea ascética propuesta por Welser-Möst.

La oración del bajo solista, Oro supplex et acclinis, tuvo un carácter más académico, con una elegantísima media voz y una admirable conexión con la orquesta, especialmente con unas cuerdas en estado de gracia. Antes del Offertorium, Asmik Grigorian parecía ya reclamar su turno con lánguidos agudos que brillaban con inmodesta belleza.

El Sanctus fue una auténtica exhibición de control orquestal por parte del director, sostenida por un coro infalible que supo extraer toda la poesía del texto: Pleni sunt coeli et terra gloria tua! Llegó por fin el Agnus Dei, en el que soprano y mezzo alcanzaron una conjunción perfecta. Grigorian sonreía visiblemente, gozosa de la conexión, mientras trazaba una línea de canto delicadísima sobre el suelo nutricio que le ofrecía su compañera.

Franz Welser-Möst y Asmik Grigorian en el Carnegie Hall. Foto: Chris Lee.
Franz Welser-Möst y Asmik Grigorian en el Requiem de Verdi en el Carnegie Hall. Foto: Chris Lee.

Asmik Grigorian se abandonó a la propuesta de Welser-Möst y la hizo suya en un Libera me, Domine de imaginación desbordante, tan desprovisto de supercherías, como sorprendente en cada verso. Fue una lectura introspectiva, pero de una verdad tan directa que golpeaba el estómago de cada espectador.

De lo que vino después solo cabe ofrecer una crónica necesariamente incompleta: la línea vocal Grigorian en su belleza extrema, con agudos inmaculados en media voz; un coro afiladísimo, perfectamente inteligible incluso en las crestas orquestales; una súplica clara y sincera —Libera me!— que, a fuer de musical, sonó eterna y dejó al público exangüe, en una suerte de marasmo cuya única cura fue un silencio salvífico que nadie se atrevía a romper.

La ovación final fue progresiva e incrédula, como son los despertares tras esos sueños que hacen que la realidad parezca inverosímil. El público llenó el Carnegie Hall en la gélida noche neoyorquina del 20 de enero de 2026, atraído por la promesa de uno de los acontecimientos musicales de la temporada. A la salida del auditorio, la silenciosa columna de espectadores se dispersaba en todas direcciones, apretando el programa de mano contra el pecho, acaso el único recuerdo tangible de un concierto irrepetible.

OW 


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Carnegie Hall, a 20 de enero de 2026. Messa da Requiem de Giuseppe Verdi. The Cleveland Orchestra and Chorus, dirigidos por Franz Welser-Möst. Solistas: Asmik Grigorian, Deniz Uzin, Joshua Guerrero y Tarek Nazmi.