Crítica: «El lago de los cisnes», de Matthew Bourne, en el Teatro Real

OW    Por Cristina Marinero Crítica: lago Bourne Teatro Real

El icónico ballet, famoso por ser el final de la película Billy Elliot (2000), celebra
el 30º aniversario de su estreno en Londres

Cuando se estrenó en 1995, no teníamos esa ventana al mundo que es internet ni, por supuesto las redes sociales y acceso a la actualidad internacional casi instantánea como ahora. El lago de los cisnes de Matthew Bourne llegó hasta nosotros cuando vimos la película Billy Elliot (2000) porque su director, Stephen Daldry, convirtió al niño que quería bailar en el protagonista de este ballet interpretado por hombres para su final.

Premio Laurence Olivier a mejor producción coreográfica nueva, en 1996, Bourne y sus colaboradores supieron epatar con su versión y recibieron en años sucesivos otros preciados galardones del arte coreográfico, como el Premio de danza Time Out, Los Angeles Drama Critics Circle Award o el Premio Astaire por la excelencia en la danza en Broadway. En 1999, tras su estreno en Estados Unidos, obtuvo el Premio Tony a mejor director de musical, mejor coreografía y mejor diseño de vestuario para Lez Brotherston, todo un maestro en llevar a los ballets de Bourne el exquisito gusto que comparten por la puesta en escena. Crítica: lago Bourne Teatro Real

 

Una escena de «El lago de los cisnes», en la coreografía de Matthew Bourne / Foto: Javier Del Real

Matthew Bourne es uno de los coreógrafos más inteligentes de las últimas décadas porque, sin ser especialmente un genio en cuanto al diseño del movimiento, sí que ha sabido escoger lo mejor de la alta cultura y la cultura popular para convertirse en una marca de espectáculo. Bourne quería hacer musicales, quería hacer cine mudo, quería llevar a sus obras el lujo y glamour de las películas de la Metro y la elegancia de la Inglaterra de los años cuarenta y cincuenta. Y todo eso lo ha podido hacer a través de la danza, creando títulos que se mueven en el mismo terreno que los musicales del West End londinense y, por supuesto, con largas temporadas, a la vez que giras por todo Gran Bretaña y el mundo. Bourne es ya una industria.

El estreno en el Teatro Real de su icónico Lago corresponde al deseo de Joan Matabosch de tenerlo en su programación. Lo ha hecho realidad cuando este ballet cumple treinta años de su estreno en la capital británica y el público lo ha recibido con largos aplausos y efusividad. 

El coreógrafo/director mezcla épocas y estilos para ofrecer una historia de deseo y desazón homosexual del príncipe Sigfrido del original de Petipa (aquí denominada solamente “el Príncipe”), interpretado con dosis de ingenuidad por Stephen Murray, por el cisne que baila brillantemente Harrison Dowzell. En lugar de convertirse en el cisne negro en el tercer acto, Bourne lo transforma en quien llama “el Extraño”, un gigoló rudo pero absolutamente magnético, que hace perder la cabeza de todos los invitados al evento palaciego, la Reina incluida (una sobria y afilada Carla Contini), además de la Novia (Bryony Wood) que el secretario privado de la monarca (James Lovell) quiere apartar del príncipe. Crítica: lago Bourne Teatro Real

Una escena de «El lago de los cisnes», en la coreografía de Matthew Bourne / Foto: Javier Del Real

El segundo acto es el que marcó un momento de inflexión en la historia del ballet, cuando aparece el Cisne y sus congéneres, vestidos con pantalón bombacho de plumas que Brotherston configuró en vez del femenino tutú. Sí es verdad que la sutilidad y belleza que Petipa y Tchaikovsky otorgaron a sus cisnes aquí está desvanecida. En su lugar, la danza se vuelve muy “macho”, con saltos y giros amenazantes, variaciones con marcado ritmo y el sonido de la respiración (a veces bufidos) incorporado a la danza. Los cisnes de Bourne no son criaturas afeminadas, son hombretones (algunos muy grandes en altura y anchura) casi diabólicos en algunos pasajes, como en el acto final atentando a su líder.

Lo más delicioso del mundo que crea Matthew Bourne en sus obras (ha firmado desde su versión de Las zapatillas rojas, hasta Eduardo Manostijeras, pasando por Cenicienta, entre otras) son sus actos, llamémosles, “de cine mudo”. Ahí es donde el diseño espacial, en consonancia con vestuario y escenografía de gran lujo, se articula con el desparpajo y los detalles corporales que expresan todo cuando no se habla. Ahí es donde Bourne desarrolla su marca y donde nos encanta. Ahí es donde su nombre, para nosotros, representa ese paso adicional hacia el gran espectáculo a modo de los  musicales, a través de la danza y la coreografía. 


Madrid (Teatro Real), 19 de noviembre de 2025  El lago de los cisnes.  Música: P. I. Chaikovski. Coreografía: Matthew Bourne.