El Barbiere de Rossini volvió a sacudir los cimientos de la Metropolitan Opera con una función que supo equilibrar como pocas el brillo vocal, la inteligencia teatral y la fidelidad estilística. La reposición de la elegante producción de Bartlett Sher, que desde su estreno en 2006 con Flórez y Damrau ha envejecido con la lozanía de una buena comedia, ofreció al público neoyorquino un espectáculo de altísimo nivel, que dejó a los espectadores más exigentes plenamente satisfechos y que ha llenado el teatro cada noche, demostrando un interés inusitado en Nueva York.

La producción de Sher, con escenografía de Michael Yeargan y vestuario de Catherine Zuber, sigue siendo un referente de simplicidad efectiva. La pasarela que bordea el foso no solo permitió acercar a los cantantes al público, sino que además potenciaba el juego cómico y la interacción cercana con los espectadores. Christopher Akerlind, con su acertado diseño de luces, consiguió dar la atmósfera adecuada sin restar protagonismo a la acción. Y Kathleen Smith Belcher, como directora de reposición, mantuvo el pulso de la comedia sin perder la frescura que la hace atemporal.
Desde el podio, Giacomo Sagripanti tejió una lectura de tempos variados e imaginativos, que nunca sucumbieron al capricho sino que respondieron a un profundo conocimiento del estilo rossiniano. El director italiano supo alternar la efervescencia de los concertati con momentos de respiro lírico, revelando un gusto musical exquisito y una comunicación constante con el escenario y el foso. La orquesta del Met respondió con agilidad y una paleta de matices que enriquecieron el entramado vocal.
Davide Luciano interpretó al ingenioso factotum de la citá y disfrutó de su mayor triunfo hasta ahora en Nueva York. Barítono de raíces profundamente italianas, forjado en los teatros de su país natal y ya habitual de las grandes casas de ópera europeas, regaló un Figaro carismático, de sonido ancho y flexible, con una línea vocal segura y una personalidad seductora. Desde su entrada triunfal con “Largo al factotum”, supo imprimir a su interpretación ese embrujo tan necesario para que el barbero se imponga como el verdadero amo del juego. Su voz, bien timbrada y proyectada, supo alternar el humor físico con la elegancia belcantista, convirtiendo cada intervención en un deleite para el oído.

Isabel Leonard brilló como una Rosina de deslumbrante presencia escénica. Su canto, de línea impecable y agudos punzantes, combinó la gracia con el empuje, el virtuosismo técnico con una inteligencia dramática. Leonard no solo cantó gran acierto, sino que habitó el papel con una naturalidad que hizo de su Rosina una mujer ingeniosa, seductora y completamente dueña de sí. La ovación final no fue sino el justo tributo a una artista en plenitud, con la sala del Met rendida a sus pies. La soprano ya ha dejado memorables interpretaciones como Marnie de Nico Muhly y Mélisande en Pelléas et Mélisande y esta misma temporada llevará su Rosina a la Opéra National de Paris y encarnará también a Anita en West Side Story en el Liceu de Barcelona, demostrando una versatilidad que la hace una de las mezzos más cotizadas.
Lawrence Brownlee —uno de los tenores rossinianos más respetados del circuito internacional, célebre por su Armida en Pesaro y su Count Ory en esta misma casa, fue un Almaviva inspirado, cómico y entregado, a pesar de la particularidad de su timbre ligero, aflautado y cierta limitación proyectiva. Sin embargo, su técnica es indiscutible, y logró salir triunfante incluso del temido tour de force de la cabaletta “Cessa di più resistere”, interpretada con aplomo, sentido del humor y arrojo vocal.

Alexander Vinogradov, bajo ruso de sólida trayectoria europea y presencia constante en Berlín, Múnich y París, aportó un Don Basilio solvente y bien actuado. Su voz se impuso especialmente en el registro grave, con ataques seguros y sonido venturoso. Supo además integrarse al juego escénico con soltura, demostrando atención al gesto orquestal y contribuyendo con eficacia al dinamismo de los conjuntos.
Nicola Alaimo, otro italiano de pura cepa —sobrino del gran Simone Alaimo y heredero de la gran tradición bufa siciliana— ofreció un Dr. Bartolo que, lejos del bufón caricaturesco, fue un personaje humano y cercano, contrapunto ideal de los jóvenes protagonistas. Su canto, matizado y teatral, demostró un conocimiento profundo del repertorio cómico, destacando en los dúos con Rosina y en los números de conjunto, donde fue figura de anclaje.

Los comprimarios hicieron también su parte con gran eficacia. Eleomar Cuello como Fiorello, Kathleen O’Mara como Berta y Jonghyun Park como el oficial mostraron una actuación sólida tanto en lo vocal como en lo actoral, mientras que Jay Dunn se robó la función con su interpretación de Ambrogio. Su histrionismo, generoso y sin reservas, hizo que cada aparición fuera una pequeña joya cómica que arrancó más de una risa sincera del público.
Con funciones como esta, la Metropolitan Opera parece haber encontrado la fórmula para el éxito: producciones bien pensadas, elencos sin fisuras y una dirección orquestal tan creativa como respetuosa. Es un respiro ver cómo el Met continúa brindando este tipo de experiencias, donde el talento vocal, la frescura dramática y el respeto por el público se dan la mano.
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Metropolitan Opera de Nueva York, a 25 de abril de 2025. Il Barbiere di Siviglia, ópera en dos actos con libreto de Cesare Sterbini basado en Le Barbier de Séville ou La Précaution Inutile de Pierre-Augustin Caron de Beaumarchais.
Dirección Musical: Giacomo Sagripanti. Orquesta y coro de la Metropolitan Opera (director del coro: Tilman Michael). Producción: Bartlett Sher, Diseño escénico: Michael Yeargan, Vestuario: Catherine Zuber, Iluminación: Christopher Akerlind, Dirección de reposición: Kathleen Smith Belcher.
Reparto: Eleomar Cuello, Lawrence Brownlee, Davide Luciano, Isabel Leonard, Nicola Alaimo, Alexander Vinogradov, Kathleen O’Mara, Jonghyun Park, Jay Dunn, Continuo: Liora Maurer.













