El festival United in Sound: America at 250 del Carnegie Hall continúa su recorrido por el alma musical de los Estados Unidos. En esta ocasión, asistimos al estreno neoyorquino de Emily — No Prisoner Be, ciclo de canciones del compositor Kevin Puts concebido para Joyce DiDonato y el virtuoso trío de cuerdas Time for Three. La obra, fruto de una colaboración prolongada entre artistas de ámbitos aparentemente distantes, aspira a trazar un retrato musical de Emily Dickinson como símbolo de libertad individual frente a los corsés sociales, religiosos y estéticos.

En principio, el planteamiento resulta atractivo: una gran figura de la lírica contemporánea, un compositor consagrado tras su ópera The Hours y un conjunto de cámara de energía electrizante. Sin embargo, la velada dejó sensaciones encontradas.
Desde el primer momento, llamó la atención el uso de megafonía, innecesario a mi parecer para el tipo de música que se proponía. La amplificación restó interés al conjunto y diluyó la naturalidad del sonido, especialmente en una sala como el Stern Auditorium, donde la claridad acústica es parte esencial de la experiencia. Esta decisión escénica, probablemente pensada para reforzar el carácter híbrido del proyecto, contribuyó a crear una distancia artificial entre intérpretes y público.
Joyce DiDonato apareció como protagonista indiscutible en el papel de Emily Dickinson. La mezzo volvió a demostrar su inteligencia musical y su capacidad para construir un personaje desde la palabra y el matiz. Su Emily se presentó inicialmente como víctima, un recurso dramático que parecía buscar de forma algo directa la empatía del público. A partir de ahí, el retrato se adentró en la hipersensibilidad del personaje ante el mundo y la existencia, aunque en ocasiones esa fragilidad derivó en una sensación de parálisis vital, de incapacidad para sobreponerse al tremendismo existencial que la somete incluso en lo cotidiano.
Hubo momentos de gran emoción. Destacaron los Bee Scherzos, verdaderos interludios de ingenio y vitalidad, donde la escritura de Puts y el virtuosismo de Time for Three brillaron con particular intensidad. También resultó conmovedora la musicalización de “Hope is the thing”, y especialmente bella “Her face was in a bed of hair”, donde la voz de DiDonato encontró un espacio de intimidad sincera.
Otros pasajes, como The Props Assist the House, sorprendieron por su curiosa aproximación: casi una lección de ingeniería convertida en poema, una suerte de poesía del ladrillo que, paradójicamente, resultó también un ladrillo de poesía.
El trío Time for Three, con los violinistas Nicolas Kendall y Charles Yang y el contrabajista Ranaan Meyer, mostró una entrega absoluta y un buen nutrido abanico de talentos y registros. Su interpretación fue inspirada y atenta, y la obra revela que Puts conoce bien sus posibilidades. Con solo tres instrumentos consigue ambientes sonoros sorprendentemente ricos, con una propuesta estilística homogénea pero con matices, variaciones de tempo y contrastes expresivos. La música no funciona aquí como mero acompañamiento, sino como contexto y comentario de la poesía. Las intervenciones vocales del trío aportaron un contrapunto atractivo y una textura casi teatral al conjunto.
El ciclo se construye con una clara vocación de variedad, y en esa diversidad radica buena parte de su atractivo. La elegancia formal y la sensibilidad sonora son innegables, así como el gusto irónico que impregna ciertos momentos.
No obstante, el mensaje y la intención de la obra resultaron por momentos excesivamente pretenciosos. El montaje insiste en un emotivismo algo pueril que impregna el conjunto, especialmente en la pieza final, el adagio No Prisoner Be, cuya melodía recuerda más a una canción de campamento que a una conclusión de gran aliento artístico.
El problema no radica en la exaltación de la libertad individual —tema esencial en Dickinson y particularmente pertinente en el marco de un festival que conmemora el 250 aniversario de la independencia estadounidense—, sino en la insistencia en un lenguaje posmoderno cargado de amaneramientos y sensiblería. Si la obra hubiera buscado un sentido más universal, evitando ese tono de ensaladilla pseudo-intelectual que parece retorcer la poesía para incrustar respuestas a problemas políticos contemporáneos, su fuerza expresiva habría ganado en profundidad.

La escenografía fue necesariamente austera: un escritorio, un cortinaje blanco y un diseño de luces que cambiaba de color e intensidad según el estado interior del personaje. Este cromatismo contribuyó a dinamizar una propuesta visual por lo demás estática, evitando que el espacio se volviera tedioso.
A pesar de sus excesos, Emily — No Prisoner Be contiene destellos de buena música y momentos de verdadera emoción. La interpretación comprometida de Joyce DiDonato y Time for Three elevó un material irregular y confirmó que el público sigue dispuesto a acompañar propuestas nuevas cuando estas se presentan con convicción. El público respondió con una enorme ovación final, con el compositor sobre el escenario, que fue correspondida por los intérpretes con un bis de No Prisoner Be, cantado a coro por todo el público, en un momento de autoindulgencia y alucinación colectiva.
Cantar a la libertad individual, en el país que celebra su declaración de independencia, siempre será pertinente. Que la música logre hacerlo con mayor hondura y menos retórica continúa siendo un desafío.
★★★☆☆
Carnegie Hall, a 19 de febrero de 2026. Joyce DiDonato, mezzo-soprano. Time for Three. Nicolas Kendall y Charles Yang (violín), Ranaan Meyer (contrabajo). Composición de Kevin Puts, estreno en Nueva York.













