OW Crítica: «Eugenio Oneguin» Arts Valencia Por Pedro Valbuena
No acabo de entender el juego de títulos y retruécanos que ofrece la programación del Palau de Les Arts con motivo de la celebración de su vigésimo aniversario, pero lo cierto es que este Eugenio Oneguin fue ofrecido en este mismo escenario hace ahora exactamente quince años. En aquella ocasión fue dirigida por Wellber, e imagino que parte de la gracia consistía en que el papel protagonista fuera interpretado hoy por el mismo cantante de aquel estreno, pero ironías de la farándula, a última hora no ha podido ser.

Esta nueva versión ha sido confiada a Timur Zangiev, una joven promesa de la dirección internacional que se ha formado en el Conservatorio de Moscú y que en el pasado tuvo inequívoco perfil de niño prodigio. Su carrera es tan brillante que ya ha dirigido desde los podios mas importantes del mundo, y concretamente su Eugeni Onegin va a sonar en el Metropolitan de Nueva York en breve. En Valencia demostró una gran seguridad y una visión de conjunto coherente, en donde destacó su lirismo y lo acertado de sus tempos, aunque yo no sé si debido a que los cantantes no eran del todo el perfil ideal, o que sus gestos fueron especialmente comedidos, lo cierto es que el resultado final a pesar de su corrección no dejó de ser nada más que tibio. La orquesta obedecía hasta cierto punto, pero los fraseos no siempre parecían los indicados por la batuta, sino los propios de la casa, los recurrentes, los que pocos directores hasta la fecha han logrado personalizar. No obstante el profundo conocimiento de Zangiev y su técnica impecable acabarán por desvelar a una de las batutas mas prometedoras de su generación. Creo que al señor Zangiev lo único que le falta es creérselo.
Laurent Pelly es otra figura destacadísima en el campo de la dirección de escena, aunque sus trabajos han sobresalido mucho en el ámbito de la ópera buffa, (aquí ya fue el responsable de una Cenerentola bastante aclamada) tiene una gran versatilidad de planteamientos, y para este Onegin ha diseñado un espacio minimalista, íntimo y hasta cierto punto desolado, que subraya la poesía de Pushkin, aunque no tanto la variada y riquísima paleta orquestal de Tchaikowsky. Para los dos primeros actos propone una plataforma giratoria elevada de forma desigual, sobre la cual se sitúan los solistas y a su alrededor el coro. Este recurso se agota visualmente con cierta rapidez para lo cual se prevé una estructura vertical en forma de puerta, que parece resistirse en mas de una ocasión, y finalmente, en el tercer acto aparece una escalinata negra con dos hileras de enormes luminarias esféricas que hacen las veces de gran salón de baile. Todo muy sugerente, muy elegante y bastante aburrido. Pelly esgrime el manido argumento de que confía el peso de la escena al movimiento actoral y a la sublime música del ruso, pero no sé yo si esta austeridad no se deba simplemente a la crónica carencia de medios que acusa el sector. El vestuario, diseñado por el propio Pelly, viene a paliar en gran medida esta austeridad visual, y la iluminación de Marco Giusti también concurre en su ayuda.

El elenco vocal solista, sin ser nada del otro mundo, ofreció una lectura notable de la partitura, que no dejó errores de bulto pero tampoco momentos para el recuerdo. El conjunto de solistas contó con voces cuya característica mas sobresaliente era la variedad de timbres. Esto afectó bastante a los muchos conjuntos que contiene la obra y en los que no se logro una sinergia total. No fue tanto una cuestión de afinación como de empaste, y se pudo comprobar desde el cuarteto inicial, en el que un barullo de vibratos y engolamientos parecía pugnar por escapar de la orquesta. Yendo al detalle podría decirse que Mattia Olivieri fue uno de los triunfadores de la noche. Convenció su parte dramática y su voz, dimensionada en su justa dosis, se entendió bien con los instrumentos. Corinne Winters encarnó a una Tatiana que se mostró comedida en exceso, sobre todo teniendo en cuenta que se supone que su personaje debe evolucionar desde la timidez inicial a la intensidad casi desmedida del final, y Winters no supo salir de la discreción. La arquetípica escena de la carta fue uno de los momentos en que mas pudo aportar y, por desgracia, se quedó en un puedo y no quiero (sic). Dmitry Korchak hubo de cancelar por motivos de salud y fue sustituido por Iván Ayón-Rivas, que tuvo que defender un Lenski que, en el fondo debió de estar previsto de algún modo, porque la cartelería ya presentaba su nombre, y porque no debe haber tantos cantantes que, prácticamente de un día para otro, puedan asumir un rol tan poco habitual. Sea como fuere, lo cierto es que Ayón-Rivas cantó con corrección y tuvo su momento de brillo individual en el «Kuda, Kuda» pero su característico timbre devino inmiscible con el de sus compañeros, y en los dúos y conjuntos resultaba algo áspero. Olga fue interpretada por Senia Dudnikova que resultó convincente en la parte actoral, o más incluso, yo diría que es una buena actriz en este contexto. Su timbre hermoso y redondo y su fonética perfecta la hizo sobresalir ligeramente sobre sus compañeros. Giorgi Manoshvili encarnó al príncipe Gremin, y a pesar de que tan solo contó con un aria para lucir su cavernoso y potente timbre, fue capaz de convencer a toda la sala de golpe, que prorrumpió en un espontáneo y cerrado aplauso. Y eso que la orquesta se había encargado de fastidiarle la nota final con su ya típico exceso de volumen, pero que él supo mantener y rematar de forma impecable. Margarita Nekrasova también aportó un curiosísimo timbre al conjunto, pero aparte de eso estuvo afinada y su papel resultó creíble. El resto del reparto se condujo con corrección y sus papeles hicieron lo propio de las intervenciones secundarias, es decir, dar réplicas, incorporarse a los momentos corales y molestar lo menos posible.

El Cor de la Generalitat Valenciana estuvo más o menos como siempre, dicho sea esto como un halago, habida cuenta de la excelente trayectoria que tiene este conjunto, tanto en el ámbito concertístico como en el de la ópera en particular. Si nos vamos a los detalles podríamos comentar que el coro inicial cantado in disparte pareció algo confuso por momentos, y también se observó una cierta falta de sincronía en la escena en la que corren en círculo haciendo girar la plataforma escénica, y por tanto perdiendo de vista la batuta. No sé cual será la siguiente ocurrencia a la que tendrán que hacer frente, pero como siga esta tendencia al final conseguirán que desafinen, se pierdan o se lesionen.
La Orquestra de la Comunitat Valenciana, también en su línea, estuvo muy correcta. Afinada, cohesionada y con una sincronización perfecta. Solo tuvo un par de momentos algo deslucidos, como en un pasaje en que los chelos se fueron hacia el registro agudo con escasa convicción. También se oyó algún silbido en los vientos y poco más. Vuelve a ser un balance excelente para casi tres horas de música. Crítica: «Eugenio Oneguin» Arts Valencia
La sala, que estaba lejos del lleno, correspondió a los artistas con un aplauso sostenido que les permitió saludar en varias ocasiones. Lo cual es muy meritorio si se tiene en cuenta que, a las once de la noche de un martes cualquiera, el respetable tiende a la desbandada.
Valencia (Palau de les Arts), 20 de enero de 2026. Eugeni Onegin de Chaikovsky. Timur Zangiev, dirección musical.Laurent Pelly, dirección de escena. Marco Giusti, iluminación.Mattia Olivieri, Eugeni Onegin. Corinne Winters, Tatiana. Iván Ayón-Rivas, Lenski. Ksenia Dudnikova, Olga. Giorgi Manoshvili, Príncipe Gremin. Margarita Nekrasova, Filippievna. Cor de la Generalitat Valenciana. Orquestra de la Comnitat valenciana. Crítica: «Eugenio Oneguin» Arts Valencia













