En el medio siglo transcurrido desde aquel legendario “Concert of the Century” de 1976, el mundo musical ha cambiado de manera radical. Aquellas figuras totémicas que parecían dominar el arte desde una mezcla de autoridad intelectual, carisma y excepcionalidad irrepetible son hoy más cercanas y quizá menos divinas. El concierto conmemorativo organizado por Carnegie Hall quiso celebrar sin complejos esa historia gloriosa del auditorio neoyorquino, reuniendo a algunas de las estrellas más reconocibles del panorama musical estadounidense en una velada concebida más como gala social y sentimental que como acontecimiento artístico de primer orden. Y quizá ahí residió tanto su éxito como sus limitaciones.

La velada contó con proyecciones e iluminaciones especiales que subrayaron el carácter celebratorio y elegante del evento, en una producción visual típicamente estadounidense: eficaz, sentimental y cuidadosamente diseñada para emocionar al público y a los grandes patrocinadores del Carnegie. La anfitriona fue la célebre soprano Renée Fleming, ya claramente en el ocaso de su carrera vocal, aunque todavía dueña de una presencia escénica distinguida y sofisticada. Su labor como maestra de ceremonias fue elegante y correcta, salpicada de momentos emotivos y de un humor ligero muy propio de este tipo de galas norteamericanas.
Al frente de los jóvenes músicos de la NYO-USA estuvo el omnipresente Yannick Nézet-Séguin, cuya dirección dejó una impresión desigual. El director canadiense condujo la orquesta con profesionalidad y buen gusto, aunque raramente alcanzó verdadera profundidad o inspiración. Su mejor momento llegó inesperadamente con Seven O’Clock Shout de Valerie Coleman, una pieza que, en manos de la joven formación, sonó luminosa, vibrante y extraordinariamente comunicativa. Hubo allí una tensión expresiva auténtica, una energía casi urbana, como si la obra estuviese dirigida directamente al corazón emocional de Nueva York.
Muy distinto fue el resultado en el posterior “Make Our Garden Grow” de Leonard Bernstein, extraído de Candide, presentado como gran final coral de la velada. La pieza, tan querida por el público estadounidense, resultó aquí más bien almibarada y kitsch, víctima quizá de una sinceridad sentimental excesiva. Tampoco convenció el Allegro molto vivace de la Patética de Pyotr Ilyich Tchaikovsky, ofrecido con un trazo grueso y cierta superficialidad sonora.

Uno de los grandes triunfadores de la noche fue el pianista Daniil Trifonov con el Allegro agitato del Concierto para piano de George Gershwin. Trifonov consiguió una conexión excelente con la orquesta y ofreció una lectura espectacular y festiva, de estilo flexible, atractivo y propositivo, exactamente el tipo de virtuosismo comunicativo que pedía la ocasión. Fue una de las pocas interpretaciones de la noche en las que apareció auténtica electricidad artística.
El “Laudate Dominum” de Wolfgang Amadeus Mozart permitió el lucimiento de la histórica Oratorio Society of New York, admirable por empaste y nobleza de sonido, aunque también evidenció el avanzado desgaste vocal de Fleming. La voz, hoy ajada y ya poco interesante tímbricamente, apenas conserva rastros de la sensualidad aterciopelada que la convirtió durante décadas en uno de los grandes iconos líricos estadounidenses.
La mezzo Joyce DiDonato, acompañada por Emanuel Ax, interpretó dos canciones de los Rückert-Lieder de Gustav Mahler con inteligencia estilística e intención expresiva, aunque sin el aparato vocal necesario para otorgar verdadera trascendencia a unas páginas que exigen una combinación casi imposible de introspección semántica y amplitud sonora.
La vocalista Audra McDonald aportó también algunos de los momentos más inspirados del concierto. Acompañada al piano por Andy Einhorn, afrontó la canción “Sophisticated Lady” de Duke Ellington con aplomo, intención y refinamiento estilístico. Después estuvo espléndida y llena de energía en “Fascinating Rhythm” de Lady, Be Good!, convertida aquí en un brillante homenaje tanto a Gershwin como al espíritu teatral de Broadway.

Más simpático que verdaderamente memorable resultó el veterano crooner Michael Feinstein, que transformó “That’s Entertainment” de Arthur Schwartz en un delicioso “That’s Judy Garland”, mezcla de homenaje nostálgico y humor reverencial. Posteriormente interpretó “How Do You Keep the Music Playing?” de Michel Legrand, convertida aquí en una suerte de declaración de amor simultánea al Carnegie Hall, a Nueva York y a la gran canción americana, con inevitable evocación del universo sentimental de Tony Bennett.
También fue muy aplaudido Lang Lang en el Allegro con fuoco del Primer concierto de Tchaikovsky. La presencia del compositor ruso en el programa no era casual: Tchaikovsky dirigió en el Carnegie Hall en su concierto inaugural de 1891, razón por la cual su música, junto a la de Bernstein, fue el hilo conductor a lo largo de la noche. Sin embargo, la actuación de Lang Lang volvió a poner de manifiesto las limitaciones artísticas de un pianismo cada vez más absorbido por el espectáculo exterior. Más preocupado por el gesto que por el discurso musical, el pianista pareció ignorar casi por completo a la orquesta, entregándose a un desfile de aspavientos, histrionismos y poses teatrales —incluidos esos innecesarios estiramientos durante la propia interpretación— que rozaron la autoparodia.
La mezzo Isabel Leonard, en cambio, ofreció una de las intervenciones vocales más sólidas de la noche con el aria final de La Cenerentola de Gioachino Rossini. Impresionante en un vestido rosa brillante, cantó con gran musicalidad, respiración ejemplar y notable seguridad técnica en las agilidades. Aunque el agudo apareció sin duda limitado, la interpretación resultó muy convincente y recibió una de las ovaciones más cálidas de la gala.

Si el objetivo del concierto era reunir a melómanos, benefactores y amantes del Carnegie Hall para celebrar la institución y pasar una velada agradable, la misión quedó ampliamente cumplida. Pero si la intención era recrear siquiera parcialmente el impacto artístico y simbólico del legendario “Concert of the Century” de hace cincuenta años —aquel encuentro irrepetible que reunió a Yehudi Menuhin, Dietrich Fischer-Dieskau, Mstislav Rostropovich, Vladimir Horowitz, Leonard Bernstein e Isaac Stern— entonces el resultado no hizo sino confirmar algo evidente: aquello pertenecía a una era musical completamente distinta y, probablemente, irrepetible.
★★★☆☆
Carnegie Hall, a 5 de mayo de 2026. 50th Anniversary of the Concert of the Century. NYO-USA All-Stars dirigida por Yannick Nézet-Séguin. Obras de Bernstein, Tchaikovsky, Mozart, Mahler, Gershwin, Ellington, Schwartz, Legrand, Rossini y Valerie Coleman. Renée Fleming, Joyce DiDonato, Isabel Leonard, Audra McDonald, Michael Feinstein, Daniil Trifonov, Lang Lang, Emanuel Ax, Andy Einhorn, Oratorio Society of New York.












