Crítica: «Giulio Cesare in Egitto» en el Palau de les Arts de Valencia

OW  Por Pedro Valbuena. Crítica: «Giulio Cesare Egitto» Valencia

Esta tarde, en el Palau de les Arts, hemos asistido a un espectáculo de dimensiones épicas, tanto por la brillantez de la puesta en escena como por la excelencia interpretativa, por no hacer una de Perogrullo mencionando la excepcional música de Haendel.

Este Giulio Cesare in Egitto es un fruto cogido en sazón, compuesto por un genio en su plenitud creativa, y con una inspiración tal que, más allá de la belleza, se adentra en el terreno de lo transcendente. Estrenada en Londres en febrero de 1724, supuso para el compositor uno de sus mas rotundos éxitos, solo comparable a Rinaldo y a algún oratorio de madurez. Haendel, consciente de su superioridad, no dudó en imponer más o menos por la fuerza su criterio, partiendo de una receta arquetípica basada en la ópera seria veneciana, con un ligero toque francés aquí y allá. El armazón es, en esencia, una sucesión de recitativos y arias precedidos por una obertura, y rematados por un coro final. Un catálogo completo de convenciones que solo un genio como el suyo podía convertir en irresistible para un público que, ni entendía la lengua en que se cantaba ni estaba acostumbrado a semejante densidad.

Una escena de «Giulio Cesare in Egitto» / Foto: Miguel Lorenzo – Mikel Ponce

Marc Minkowski (París, 1962)  es un gran conocedor del repertorio barroco, de hecho se le  considera uno de los especialistas mas sobresalientes de la actualidad, y su aproximación a la obra de Haendel en general, y a este Giulio Cesare en particular, ha dado resultados que aun perduran en la memoria del aficionado, merced a sus múltiples y aclamadas grabaciones. Su estilo de dirección, basado en gestos grandilocuentes (y a mi parecer algo imprecisos), logra transmitir a los músicos una especie de entusiasmo y jovialidad muy efectivos, y aunque disiento de algunos tempi, como en “Piangero la sorte mia”, y de  algunos fraseos contraproducentes como “Langue ofesso”, en donde gran parte de la furibunda fuerza que reside en los instrumentos graves se transformó en una melaza sonora pegajosa  y retardante. También se empeñó en controlar hasta el mas mínimo detalle, llegando a dirigir los acordes del continuo en los recitativos, lo cual producía un efecto mecánico, y por tanto falto de fluidez y naturalidad. No obstante, fueron muchos mas los aciertos. La obertura estuvo perfecta en el fraseo y la  agógica, así como la mayoría de las arias, los accompagnati y el coro final, de tal forma que el balance en la dirección arroja un saldo boyante. 

Una escena de «Giulio Cesare in Egitto» / Foto: Miguel Lorenzo – Mikel Ponce

La dirección de escena firmada por Vincent Boussard apuesta por una estética basada en una gama fría de colores desvaídos, presentes tanto en las proyecciones de cielos procelosos como en el magnífico vestuario diseñado por Christian Lacroix. Las referencias al settecento, en todo momento presentes, han pasado por el filtro del minimalismo al que acostumbran los montajes actuales, sin renunciar a esa sofisticación a través del lujo que tanto atraía a la nobleza y la alta burguesía del momento. La escena materializada por Frank Philipp Schlößmann, se ofrecía al público como si de una proyección cinematográfica se tratara, y los espacios mutaban ingeniosamente cuando estas pantallas fingidas se desplazaban a un lado y otro, permitiendo que los personajes abandonasen las tablas aparentando desaparecer. El momento más emotivo de toda la puesta en escena, y hubo bastantes, se produjo cuando de improviso, apareció de la nada una cohorte angélica en la platea entonando la pequeña sinfonía introductoria de “V´adoro pupile”. La sorpresa continuó con Cleopatra cantando desde el otro lado, mientras que la orquesta principal producía desde el foso la sensación de eco que Haendel debió escuchar en alguna liturgia veneciana veinticinco años atrás.  El cuadro final, compuesto con estático dramatismo, fue la bellísima imagen a modo de apoteosis rococó que precedió al telón, produciendo un efecto al tiempo hipnótico y liberador.

Una escena de «Giulio Cesare in Egitto» / Foto: Miguel Lorenzo – Mikel Ponce

Respecto a la actuación de los solistas tengo alguna que otra reserva, en parte basadas en prejuicios que esta noche he confirmado. Creo que en términos generales no es buena idea confiar los papeles que antaño cantaron los castratti a falsetistas, sencillamente porque creo que son instrumentos diferentes. Es cierto que Haendel confió sus pentagramas a los mejores cantantes de su tiempo, pero hecha esta salvedad, lo verdad es que contratenores y sopranistas acaban extenuados, con la voz estrangulada, calando la afinación o desapareciendo tras la textura orquestal. Es exactamente lo que ha ocurrido esta noche: agilidades que se escapan, registros inaudibles y largos pasajes de karaoke barroco, en donde un acompañamiento prácticamente perfecto se abre paso sin nadie a quien acompañar. Los cantantes emasculados contaban con una caja torácica enorme, y no tenían que emitir el sonido unicamente con los pliegues vocales, o dicho de otra forma, cantaban con una voz natural. Por ello sigo prefiriendo una buena mezzo a un excelente contratenor, al menos en el ámbito escénico. Crítica: «Giulio Cesare Egitto» Valencia 

Una escena de «Giulio Cesare in Egitto» / Foto: Miguel Lorenzo – Mikel Ponce

Grata sorpresa ha sido escuchar a la valenciana Marina Monzó como Cleopatra, defendiendo uno de los papeles más ricos y exigentes de toda la producción haendeliana. Su timbre fresco y la homogeneidad de su tesitura confirieron al personaje el tono sensual que requiere al inicio, mientras que su dominio del fraseo y su excelente afinación le permitieron abordar la densidad de “Se pieta di me non senti” con felicísimo resultado. El contratenor Aryeh Nussbaum Cohen consiguió sacar adelante su Giulio Cesare a la sombra de Monzó. Se las ingenió como pudo para no ralentizar demasiado los largos pasajes de vocalizaciones, y tiró de recursos dramáticos para  compensar algún problemilla de volumen en el registro grave, pero consiguió meterse al público en el bolsillo gracias a su precioso timbre y a la energía que puso en su interpretación. Su momento estelar llegó con la preciosa obra de ingeniería musical que es “Va tacito e nascosto”, en donde compitió con la espectacular trompa solista. También figuraba en el reparto uno de los grandes nombres de la interpretación, Sara Mingardo, que pasada la edad habitual en que los cantantes suelen retirarse, conserva todavía un instrumento preciso, que si bien es cierto ha perdido en volumen no es menos cierto que ha enriquecido su timbre con un halo de nobleza y dignidad, que viene que ni pintado para esta Cornelia tan bien concebida. Cameron Shahbazi  encarnó  a Tolomeo, el malo de la película, y lo hizo con maestría, si bien fue el que más problemas tuvo con las agilidades., y es que su papel se basa esencialmente en ellas, razón por la cual queda mas expuesto. Un hermoso timbre y un movimiento actoral resultón le ayudaron a salir del paso. La ira personificada y la sed de venganza son las señas de identidad de Sesto, un papel que estrenó la legendaria Durastanti, y que a pesar de pertenecer al segundo plano dramático es de una gran complejidad técnica. Arianna Venditelli estuvo acertada en lo métrico y tuvo su momento de oro en el dueto que cierra el primer acto, y no en las arias de vendetta que es donde normalmente se le espera. Cerrando el elenco aparecía el Achilla de Jean-Philippe McClish, al que se le pretendió dar un aire cómico en vez de ferozmente castrense, con un resultado del todo desafortunado. Su timbre cavernoso y su excelente vis dramática permitieron salvar algunos escollos relacionados con la afinación. Por último, Bryan Sala y Lora Grigoreva representaros a Curio y Nireno respectivamente, dos personajes que no cuentan con arias propias, defendiendo sus papeles con corrección. Crítica: «Giulio Cesare Egitto» Valencia

Una escena de «Giulio Cesare in Egitto» / Foto: Miguel Lorenzo – Mikel Ponce

La Orquestaa de la Comunitat Valenciana tuvo que asumir esta vez una obra de grandes dimensiones aunque no excesivamente compleja para su nivel de competencia. El desafío es mas una cuestión de estilo, de buen gusto y fidelidad histórica. Como ocurre que estaban bien orientados y que su capacidad técnica aun no ha mostrado su límite, el resultado fue tan bueno que poco tenían que envidiar a las grandes formaciones especializadas. Por poner un pero, yo diría que eran demasiados, habida cuenta que tocan con instrumentos modernos, y que tienen tendencia a desbocarse en potencia. Dieron muestra de su genialidad tocando el Da Capo de “Son nata a lagrimar” en un pianissimo conmovedor, en el que no se escuchó ni el mas mínimo roce.

La sala premió la actuación con un aplauso convencido, y lo sostuvo durante  los saludos con la mitad de la platea puesta en pie. Un espectáculo magnífico y servidor conmovido.


Valencia (Palau de les Arts), 28 de febrero de 2026

Dirección escénica: Vicente Boussard. Dirección musical: Marc Minkowski. Orquesta de la Comunitat Valenciana.

Elenco: Aryeh Nussbaum Cohen, Marina Monzó, Sara Mingardo, Arianna Venditelli, Cameron Shahbazi, Jean-Philippe McClish, Bryan Sala, Lora Grigorieva. Crítica: «Giulio Cesare Egitto» Valencia