Crítica: «Il trionfo del Tempo e del Disinganno» en Roma

OW  Por Paulo Silva   Crítica: «Il trionfo Tempo Roma

La nueva producción de Il trionfo del Tempo e del Disinganno, presentada en el Teatro dell’Opera di Roma, confirma hasta qué punto el repertorio barroco sigue siendo terreno fértil para lecturas escénicas contemporáneas. Bajo la dirección de escena de Robert Carsen, el primer oratorio de Georg FriedrichHändel se transforma en un espectáculo visualmente ambicioso que, no sin contradicciones, busca tender puentes entre el siglo XVIII y la cultura de la imagen del XXI. Crítica: «Il trionfo Tempo Roma

Carsen sitúa la acción en una Roma contemporánea dominada por la estética mediática: concursos de talentos, sesiones fotográficas y un flujo constante de imágenes proyectadas convierten el escenario en una suerte de plató televisivo. La alegoría original —la lucha entre Belleza, Placer, Tiempo y Desilusión— se reformula como una competición por la visibilidad y la fama efímera, en la que jóvenes aspirantes posan ante monumentos icónicos mientras se toman selfies. La idea no carece de pertinencia: el barroco, con su fascinación por lo ilusorio, dialoga aquí con una modernidad obsesionada por la imagen. Sin embargo, durante buena parte del primer acto, la acumulación de estímulos visuales genera una distancia incómoda entre lo que se ve y lo que se escucha. La música, en este contexto, parece relegada a un segundo plano. Crítica: «Il trionfo Tempo Roma

Y es precisamente ahí donde la propuesta muestra sus fisuras. El exceso escénico —coreografías constantes, figuración abundante, cambios de espacio— termina por diluir la intensidad espiritual de la obra. Aunque se admira el dominio teatral de Carsen, su precisión en el trabajo con masas y su refinado uso de la iluminación, el resultado inicial resulta disperso. La relación entre escena y partitura se vuelve esquiva, y el discurso dramático pierde claridad. Tras el intermedio, sin embargo, la producción experimenta un giro radical. El espacio se vacía, la luz se atenúa y la acción se repliega hacia una dimensión introspectiva mucho más coherente con el espíritu del oratorio. El recurso del espejo que refleja al público —un guiño tan barroco como contemporáneo— introduce una reflexión directa: el espectáculo también interpela al espectador. A partir de ese momento, la música recupera su centralidad y la dramaturgia encuentra un equilibrio más convincente.

En el apartado musical, la dirección de Gianluca Capuano se erige como el verdadero sostén de la velada. Al frente de la orquesta, Capuano ofrece una lectura refinada, atenta al detalle y profundamente consciente de la riqueza estilística de la partitura. Händel, con apenas veintidós años cuando compuso la obra, ya demuestra una asombrosa capacidad para integrar tradiciones italiana, francesa y germana. Capuano subraya esa diversidad con tempi flexibles y un cuidado exquisito del fraseo, permitiendo que cada aria respire con naturalidad. Especialmente logradas resultan las transiciones hacia los da capo, donde pequeñas pausas introducen una dimensión reflexiva que evita la monotonía estructural.

Una escena de «Il trionfo del Tempo e del Disinganno» / Foto: Fabrizio Sansoni

El reparto vocal ofrece resultados desiguales pero, en conjunto, sólidos. La soprano Johanna Wallroth, en el papel de «la Bellezza», atraviesa una evolución paralela a la de su personaje. Si en la primera parte su emisión resulta algo frágil y el timbre acusa cierta dureza en la coloratura, en la segunda encuentra un terreno expresivo más adecuado a sus cualidades. Las arias introspectivas permiten apreciar una línea de canto más recogida y convincente, culminando en un “Tu del ciel” de notable intensidad espiritual. Destaca con claridad «il Disinganno» del contratenor Raffaele Pe, cuya voz luminosa y homogénea, poco habitual en su cuerda, se combina con un fraseo elegante y expresivo. Su interpretación deja una huella duradera, tanto por la calidad tímbrica como por la inteligencia musical. También brilla Anna Bonitatibus como «il Piacere» quien, pese a una ligera pérdida de frescura vocal, compensa con creces gracias a su dominio estilístico. Sus intervenciones, especialmente en “Lascia la spina”, se cuentan entre los momentos más aplaudidos de la noche. Más irregular resulta Ed Lyon como «il Tempo», sólido en los recitativos pero menos cómodo en las exigencias ornamentales del canto barroco. Aun así, su presencia escénica aporta la necesaria autoridad al personaje. La escenografía y el vestuario de Gideon Davey contribuyen de manera decisiva a la dualidad de la propuesta: del exceso visual inicial a la desnudez final, donde la desaparición de todo artificio escénico simboliza la renuncia a lo efímero.

La reacción del público fue igualmente dual. Frío y contenido en la primera parte, más cálido y receptivo en la segunda, con aplausos espontáneos tras varias arias. Aunque no se alcanzó un entusiasmo unánime, la impresión general fue la de haber asistido a un espectáculo estimulante, capaz de generar reflexión más allá de sus imperfecciones. En definitiva, esta producción de Il trionfo del Tempo e del Disinganno no logra una síntesis perfecta entre concepto escénico y sustancia musical, pero sí ofrece momentos de gran belleza y profundidad. Cuando la escena se pone al servicio de la música —y no al revés—, el resultado revela la vigencia intacta de una obra que, tres siglos después, sigue interrogando al espectador sobre la fugacidad de la vida y la ilusión de las apariencias.


Roma (Teatro dell’Opera), 7 de abril de 2026.  G. F. Händel.  Il trionfo del Tempo e del Disinganno.

Dirección musical: Gianluca Capuano.     Dirección de escena: Robert Carsen.

Elenco: Johanna Wallroth, Anna Bonitatibus, Raffaele Pe, Ed Lyon.