El reencuentro de Juan Diego Flórez con el público del Carnegie Hall parece haberse convertido en un ritual bienal, siempre que la fortuna —y la salud— lo permiten. El tenor peruano ha construido en la Séptima Avenida una relación casi doméstica con la audiencia: cada aparición es esperada como un acontecimiento y recibida como una visita familiar. Acompañado nuevamente por el inagotable Vincenzo Scalera, Flórez propuso un programa inteligentemente diseñado: suficiente belcanto para examinar el estado real del instrumento y suficiente eclecticismo para satisfacer tanto al aficionado experto como al oyente ocasional.
Juan Diego Flórez y Vincenzo Scalera. FotoÑ Foto: Jennifer Taylor. Carnegie Hall
En conjunto, el tenor estuvo a la altura de su leyenda. Muy trabajador y extraordinariamente comunicativo, con su amaneramiento habitual pero también con ese gusto musical que siempre ha sido su principal virtud. La voz ya no es la de antaño —ni pretende serlo—, pero sigue siendo una de las mejores voces de nuestra era.
El laboratorio belcantista
El recital se abrió con el poco frecuentado “Le sylvain” de los Péchés de vieillesse de Rossini, que sirvió como toma de contacto con la noche. Flórez tanteó el estado del instrumento, pero pronto se atrevió con delicados adornos y una línea de canto cuidadosamente cincelada.
El bloque Bellini constituyó el corazón estilístico de la primera parte. Scalera —uno de los grandes acompañantes de siempre— construyó un colchón sonoro flexible y respirante sobre el que el tenor pudo recrearse. En “Malinconia, ninfa gentile” Flórez desplegó un canto elegante y eficaz; en “La ricordanza” ofreció una media voz bellísima, recreada en el legato con ese perfume melancólico tan propio del compositor. El sonido, limpio y sin apoyos espurios, revelaba una técnica trabajada durante décadas: instrumento maduro, sí, pero todavía idóneo para este repertorio.
Más comprometido para el cantante resultó Donizetti. Tanto “Ah, rammenta, o bella Irene” como “Come uno spirito angelico” de Roberto Devereux mostraron la nueva realidad vocal: menor flexibilidad, menos fulgor, agudos alcanzados con cautela y cierto cansancio al final de cada pieza. Juan Diego Flórez camina ahora sobre la cuerda floja, con su técnica como único sostén. Los pasajes que antaño deslumbraban por su naturalidad producen hoy una expectación distinta: no admiramos la facilidad, sino el coraje. El público, consciente del esfuerzo y la entrega, respondió con un aplauso agradecido.
El idioma propio
Tras el descanso llegó el giro decisivo: la zarzuela. Aquí el arte de Flórez florece con mayor naturalidad. El instrumento corre más libre, la palabra se vuelve motor expresivo y el fraseo adquiere espontaneidad.
Con “Aquí está quien lo tiene tó y no tiene ná” de Serrano el Carnegie Hall estalló en celebración. El tenor cantó en estilo, con brillo y riqueza de matices, demostrando que la madurez favorece su comunicación directa con el público. Fue el momento en que el recital dejó de ser examen vocal para convertirse en velada compartida.
Animado por el calor de la sala, ofreció un “Ô souverain, ô juge, ô père” de Le Cid romántico y conmovedor, y alcanzó el punto culminante con “Salut! demeure chaste et pure” de Faust. El aria aún le sienta admirablemente: fraseo sabio, francés acariciado y un agudo final sostenido, redondo y timbrado que por un instante devolvió al tenor a sus noches triunfales de juventud.
El programa oficial concluyó con “Che gelida manina”. Flórez nunca fue un Rodolfo ideal —ni siquiera en sus mejores años— y aquí el aria sonó más marcada que cantada. Sin embargo, la musicalidad del tenor y la artesanía camerística de Scalera dejaron una versión amable, más íntima que operística. Pero Flórez aún se guardaba algunas de sus mejores cartas.
El territorio del afecto
Llegó entonces la generosa sucesión de bises, territorio donde Flórez construye su auténtica patria artística. Con guitarra en mano, como es costumbre en todos sus reitales, interpretó con atenta dicción y bella línea la canción napolitana I’ te vurria vasà, y con emoción las páginas latinoamericanas —Déjame que te cuente, Fina estampa, Cucurrucucú paloma— y un ambiente de complicidad absoluta.
Juan Diego Flórez en el Carnegie Hall. Foto: OW 2023
De regreso al piano, el tenor se atrevió con Ah! mes amis, resuelta con inteligencia y sin señales de agotamiento, para éxtasis del público. Siguieron el inglés, quizá algo aproximativo, de If you will be my love; y, como coronación, una sentida Una furtiva lagrima que devolvió la noche al terreno del belcanto.
Flórez sigue triunfando ante su público de Nueva York, pero ya no deslumbra por la facilidad canora, sino por la resistencia artística. El espectáculo consiste ahora en contemplar cómo un cantante histórico dialoga con su propia evolución. No es la perfección lo que convoca al público, sino la honestidad: la música hecha presente en tiempo real, con sus riesgos y su humanidad.
El Carnegie Hall volvió a confirmar la relación duradera entre artista y audiencia. Esa conexión indeleble es quizá la mejor medida del éxito del artista.
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