OW Por Federico Figueroa
Hay propuestas que nacen rodeadas de sospecha. Y, a veces, con razón. Trasladar Jugar con fuego al interior de un estadio de fútbol contemporáneo —con todo lo que ello implica de iconografía, ruido mediático y simbología popular— parecía, sobre el papel, uno de esos experimentos condenados a la arbitrariedad. Sin embargo, lo que la directora de escena Marina Bollaín presenta en el Teatro de la Zarzuela no solo desactiva prejuicios, sino que se revela como una lectura escénica tan inteligente como eficaz.
La operación no es banal. Jugar con fuego, estrenada en 1851, es una obra fundacional: la primera gran zarzuela, tras la renovación de mediados del siglo XIX, en tres actos de Francisco Asenjo Barbieri, sobre libreto de Ventura de la Vega. En ella conviven la herencia de la ópera italiana —con ecos evidentes de Gioachino Rossini— y los primeros destellos de un lenguaje propiamente español que solidificaría años después. Pero más allá de su valor histórico, la obra plantea una comedia de enredo con trasfondo social que también están ocurriendo hoy: amores interclasistas, abuso de poder y una sociedad regida por jerarquías rígidas que se resquebrajan. Crítica: «Jugar con fuego» Perles

Bollaín no traiciona ese núcleo; lo traduce. Su pregunta es pertinente: ¿dónde se cruzan hoy las élites económicas, políticas y mediáticas con el pueblo? ¿Dónde se construye el relato colectivo? La respuesta es el estadio de fútbol. Y así, la verbena de San Juan, el Palacio del Buen Retiro o el manicomio devienen gradas, pasillos VIP y zonas de aficionados radicales. El resultado no es un mero cambio de decorado, sino una relectura coherente del conflicto: Madrid y Mahagonny no están tan lejos, parece decirnos, si cambiamos el decorado que evoca épocas pasadas por un marcador luminoso. Crítica: «Jugar con fuego» Perles
La escenografía de Blanca Añón, el vestuario de Teresa Mora y la iluminación de Marc Gonzalo sostienen con precisión ese universo reconocible. Hay, eso sí, decisiones discutibles, pero el conjunto funciona con una fluidez poco habitual en el género. Especial mérito tiene la adaptación de los textos hablados: despojados de afectación, suenan naturales, vivos, integrados en la acción. La comprometedora carta de la Duquesa que recibe Félix es, en esta versión de hoy, una foto en el WhatsApp. También se han retocado frases en las partes cantadas y el efecto es positivo y aplaudo la inclusión de las diversas variantes fonéticas de nuestra lengua, que en este caso refuerza la imagen del Madrid actual.

Musicalmente, la obra confirma su riqueza. Barbieri despliega una partitura de gran inventiva melódica, con momentos de brillo indiscutible: los concertantes finales, la romanza “Un tiempo fue” o el incisivo “¿Quién me socorre?”. Bajo la dirección de Álvaro Albiach, la orquesta (Orquesta de la Comunidad de Madrid) encuentra un equilibrio entre ligereza y tensión dramática. Su lectura resulta cuidada, idiomática y atenta a las necesidades de la escena, con especial acierto en la construcción de los grandes conjuntos.
El reparto vocal responde con un notable sentido de conjunto. No hay aquí estrellas deslumbrantes, pero sí un engranaje sólido. El barítono Luis Cansino se erige como el gran animador de la función: su Marqués de Caravaca, exuberante y lleno de matices, domina tanto en lo vocal como en lo actoral. Frente a él, el tenor Antonio Gandía ofrece un Félix de impecable factura musical, elegante en el fraseo aunque menos incisivo en lo dramático. La soprano Berna Perles (Duquesa de Medina) resuelve con solvencia su cometido, especialmente en los momentos más líricos, mientras que Javier Castañeda (Duque) aporta solidez al conjunto.

Pero más allá de individualidades, lo que destaca es la cohesión: todos los intérpretes se mueven con naturalidad en ese terreno híbrido que Bollaín propone, donde cantar y actuar forman parte de un mismo impulso expresivo. En este sentido, tanto el tenor Emmanuel Faraldo (Antonio) y el barítono Javier Povedano (un loco) se mueven como pez en el agua en sus cometidos. El coro, como es habitual en esta casa, cumple con creces, aportando cuerpo y dinamismo a la acción.
Resulta difícil entender que una obra de esta relevancia haya estado ausente del repertorio del teatro durante más de dos décadas. Fuera de ese escenario es muy poco probable verla programada y es oportuno subrayar que hace pocas semanas se presentó una eficaz producción en el teatro de la Escuela Superior de Canto de Madrid, comandada por Mariano Rivas (orquesta) y Andrés Alemán (escena).
Quizá esta desenfadada producción del Teatro de la Zarzuela contribuya a devolver a Jugar con fuego al lugar que merece. Porque si algo demuestra esta propuesta es que la zarzuela, cuando se aborda con inteligencia y sin prejuicios, es una bomba. Crítica: «Jugar con fuego» Perles
Madrid (Teatro de la Zarzuela), 26 de marzo de 2026 Jugar con fuego. Zarzuela grande, estrenada en 1851, con música de Francisco Asenjo Barbieri y libreto de Ventura De la Vega. Versión de Marina Bolláin.
Dirección musical: Álvaro Albiach. Dirección de escena: Marina Bollaín.
Elenco: Berna Perles (Duquesa de Medina), Luis Cansino (Marqués de Caravaca), Antonio Gandía (Félix), Javier Castañeda (Duque de Alburquerque), Emmanuel Faraldo (Antonio), Zaira Montes (Condesa de Bornos). Coro titular del Teatro de la Zarzuela. Orquesta de la Comunidad de Madrid.












