Crítica: «Jugar con fuego» con estupenda dirección musical de Lara Diloy

OW  Por Majo Pérez Crítica: «Jugar fuego» estupenda Diloy

A mediados del siglo XIX, cuando la zarzuela llevaba décadas en el letargo, un grupo de amigos compositores y libretistas se afanaban por impulsar el teatro musical en español. Fue el 6 de octubre de 1851, con el exitoso estreno de Jugar con fuego, cuando el libretista Ventura de la Vega y el compositor Francisco Asenjo Barbieri logran dar con la fórmula ganadora y refundar, de paso, el género de la zarzuela grande, un hito que sería secundado por joyas líricas como El juramento de Gaztambide, El barberillo de Lavapiés, también de Barbieri, y otros títulos de Oudrid o Hernando que aún están por recuperar. 

Ventura de la Vega, quien toma el argumento de un vodevil de Jacques-François Ancelot,  sitúa la acción de Jugar con fuego en el Madrid del siglo XVIII. Bajo el pseudónimo de Leonor, la duquesa de Medina acude a una verbena popular, en la que se ha citado con Félix, un hidalgo pobre del que está enamorada. La cosa se complica cuando el marqués de Caravaca, que también pretende a la joven, descubre que esta se está haciendo pasar por una simple camarera de la reina para vivir su historia de amor prohibido e intenta chantajearla. Al final, la pareja de enamorados triunfa sobre las jerarquías y convenciones sociales. Crítica: «Jugar fuego» estupenda Diloy

Imagen de una escena de «Jugar con fuego» / Foto: Elena del Real Crítica: «Jugar fuego» estupenda Diloy

La directora de escena Marina Bollaín traslada la acción desde el río Manzanares y el palacio del Buen Retiro a un moderno estadio de fútbol, al tiempo que transforma al marqués de Caravaca en un viejo verde amigo del padre de la protagonista y modifica los hablados para garantizar la cohesión de la obra. Su versión refleja con ironía el compadreo entre empresarios y políticos en el palco de honor de los campos de fútbol y alude a la obsesión de ciertos poderosos por las mujeres demasiado jóvenes (no debo de ser el único al que le vino a la mente el caso Epstein durante la representación).

El concepto escénico está bien pensado y resulta convincente, algo a lo que contribuyen la magnífica escenografía de Blanca Añón y el resto del equipo creativo (la diseñadora de vestuario Teresa Mora, el iluminador Marc Gonzalo y el creador de vídeo Félix Bollaín). El equilibrio entre lo serio y lo cómico está realmente conseguido: la caracterización de los galanes como mascotas deportivas da mucho juego en el desarrollo de la historia. Sin embargo, el resultado final no disipa la duda de si resultaba necesario alejarse de forma tan drástica del planteamiento inicial de Ventura de la Vega y Barbieri, y no solamente por el hecho de que el público zarzuelero sea reacio a las modernizaciones…

Lo que ocurre es que no se puede anunciar a bombo y platillo que Jugar con fuego es un título esencial en la historia de la zarzuela, que sus autores son poco menos que quienes salvaron al género del olvido, cuando la realidad es que llevaba 26 años sin representarse en el Teatro de la Zarzuela (la producción de Miguel Narros del año 2000 no conoció, a pesar de su buena aceptación de público, ni una sola reposición) y que lo que se ve en el escenario no es la obra original, sino una adaptación, supuestamente, al gusto contemporáneo. Si se hubiera podido volver a ver la versión del 2000 hace un lustro, el público habría contado con un contexto previo que habría suavizado el impacto de la propuesta actual. La producción de Marina Bollaín es muy válida, pero no era su momento.

Antonio Gandía, Luis Cansino y Javier Castañeda en una escena de «Jugar con fuego» / Foto: Elena del Real

Musicalmente, el espectáculo encontró un sólido respaldo en la ORCAM, una orquesta que evidenció plena afinidad con la mano atenta y certera de Lara Diloy. La directora firmó una lectura briosa, en consonancia con el pulso teatral de la obra, y que supo resaltar la brillante elegancia de la partitura de Barbieri, de cariz belcantista. El resultado fue una interpretación coherente y bien ensamblada que evitó caer en excesos sonoros y  permitió a los solistas desenvolverse con comodidad.

El reparto vocal respondió con maestría. Antonio Gandía sobresalió como Félix, haciendo gala de un instrumento rotundo en volumen y cálido en color, que supo plegar a las exigencias de un fraseo refinado y de una expresividad acorde a su personaje. A su lado, Luis Cansino exhibió su veteranía en el rol del marqués de Caravaca, combinando una presencia escénica arrolladora con una agilidad técnica envidiable; su vis cómica y la precisión de su sillabato redondearon una actuación impecable. Por su parte, Berna Perles, como duquesa de Medina, mostró un canto asentado y bien administrado, sacando partido a sus recursos con inteligencia y musicalidad.

El bajo Javier Castañeda cumplió con solvencia como padre de la duquesa, si bien una caracterización física más acentuada habría dotado de mayor verosimilitud a su personaje, compensando visualmente su juventud. La misma homogeneidad y calidad hubo en el plantel de secundarios. Emmanuel Faraldo (cuyo acento argentino sumó una interesante capa de autenticidad a la trama) y Javier Povedano cumplieron con eficacia sus cometidos vocales y actorales, mientras que Zaria Montes destacó por su soltura interpretativa como condesa de Bornos. Acompañó con su acostumbrado buen hacer el Coro del Teatro de la Zarzuela, una formación que sigue demostrando por qué es un pilar fundamental de esta casa.

En España, el público sigue percibiendo la zarzuela como una íntima expresión de su identidad y de la memoria colectiva. En un contexto global que abona una estandarización cultural en detrimento del sabor local –hace unos días un amigo se lamentaba por el mítico café Gijón, que acaba de reabrir sus puertas bajo la propiedad de una multinacional y enfocado exclusivamente al turismo internacional de lujo– es normal hasta cierto punto que cualquier intento de “modernizar” el género despierte de inmediato recelos atávicos y críticas encendidas —algo similar a lo que ocurre en Italia con la ópera—. Para conseguir nuevos públicos y garantizar la supervivencia del género, en vez de darle la vuelta a títulos consagrados, quizá lo que deberíamos intentar es justamente lo que hicieron Barbieri y de la Vega: crear nuevas zarzuelas, zarzuelas que hablen, por ejemplo, de la desaparición del bar tradicional y de la expulsión de los ciudadanos de a pie de los barrios que los vieron crecer porque los fondos buitres están asaltando el parque inmobiliario de nuestras ciudades.