Por Bernardo Gaitán Crítica: fille régiment» Scala Milán
Cuando Gaetano Donizetti llegó a París en octubre de 1838, ya era uno de los grandes protagonistas del bel canto. Sin embargo, lo que buscaba en la capital francesa era una estabilidad profesional y un reconocimiento institucional que Italia no siempre le había otorgado. En pocos meses conquistó, además del idioma francés, la escena parisina, dominando los cartelones de los principales teatros galos. En ese contexto de febril actividad, Donizetti aceptó en 1839 un encargo de François-Louis Crosnier, director de la Opéra-Comique, para componer una obra que respondiera a las convenciones del género nacional: alternancia entre partes cantadas y diálogos hablados —a diferencia de la tradición italiana, que empleaba estrictamente recitativos—, tono cómico, ambientación cotidiana y melodías con acento nacionalista. El resultado fue La fille du régiment, escrita con asombrosa rapidez y estrenada el 11 de febrero de 1840. La opéra-comique donizettiana ofrece una textura escénica más rica, donde los clichés militares sirven de pretexto para la acción, dejando de lado cualquier referencia bélica. Sin embargo, el estreno no fue exitoso: la crítica parisina la juzgó con dureza, calificándola de “ruidosa” y “poco francesa”, y reprochando también escenografía y vestuario. Hector Berlioz, en un célebre artículo de Le Journal des débats, ironizó diciendo: «Pronto no hablaremos más de los teatros de París, sino de los teatros de Donizetti».

El tiempo, por fortuna, dio la razón al compositor. La fille se mantuvo en cartel más de cincuenta funciones en su estreno y llegó casi de inmediato al Teatro alla Scala en su versión en italiano. Desde entonces, el teatro milanés mantiene con esta partitura un vínculo privilegiado. Fue precisamente con el aria acrobática de los “nueve do de pecho” que, en 2007, Juan Diego Flórez rompió, entre ovaciones, la prohibición impuesta por Arturo Toscanini —vigente durante 74 años— de hacer bises en La Scala tras una interpretación literalmente perfecta, gesto que el tenor peruano repetiría en 2008 en el Met de Nueva York.
La actual producción del Teatro La Scala retoma la célebre versión de Laurent Pelly, nacida en 2007 para el Covent Garden y convertida desde entonces en referente internacional. Este montaje llega por primera vez a Milán; curiosamente se presenta simultáneamente tanto en La Scala como en el Met, con su frescura intacta y una precisión teatral que sigue fascinando. Pelly traslada la acción a la Primera Guerra Mundial, sustituyendo las batallas napoleónicas por un ambiente relajado de trinchera en tiempo de paz. El desplazamiento temporal funciona: la guerra se convierte en mero pretexto para justificar al regimiento y llenar la escena de humor, camaradería y “francesidad”. La dirección escénica es de una precisión milimétrica, retomada por Christian Räth, quien amplificó cada gesto, gag y transición de los diálogos hablados —reescritos y actualizados con sutileza por Agathe Mélinand—. Los intérpretes no solo cantan, sino que actúan con un sentido del género comique ejemplar. El timing no decae nunca: mantiene ritmo y lógica interna constantes, confirmando por qué esta producción sigue siendo —y probablemente seguirá siendo— imbatible. Chantal Thomas firma una escenografía funcional que favorece la fluidez de la acción: un espacio visual que mezcla humor, poesía, papelería y geografía; montañas hechas con mapas cartográficos, una caserma con camas metálicas, una casa petulantemente elegante y objetos cotidianos transformados en potentes signos teatrales. La equilibrada iluminación de Joël Adam crea una atmósfera homogénea, aunque con serios errores técnicos evidentes en la función. Los vestuarios, diseñados por el propio Pelly, combinan uniformes de la Gran Guerra con elegantes trajes de comienzos del siglo XX para la nobleza: la Marquise y la Duchesse lucen exquisitamente, evocando la ironía de la aristocracia en tiempos de guerra. Crítica: fille régiment» Scala Milán

La dirección musical de Evelino Pidò —que regresa al podio tras Don Pasquale en 2024— resultó agridulce. Su lectura, caracterizada por un fraseo minucioso y un apreciable cuidado por el color orquestal, careció, sin embargo, de timing teatral y, por momentos, de afinidad con el estilo belcantista. Su propuesta vive del contraste entre ímpetu rítmico y simplicidad melódica, aunque algo lastrada por falta de ligereza y agilidad. Hubo emotivos y apreciados fraseos en la ouverture y en la plegaria inicial “Sainte Madone!”, de notable delicadeza. La precisión rítmica en las arias y un control riguroso del volumen fueron muy positivos. Potenció el corno inglés en la romanza de Marie y, como era de esperarse, el tambor militar; sin embargo, en los concertantes más vivaces como “Chacun le sait” o “Salut à la France” faltaron chispa y dinamismo, resultando planos. La orquesta del Teatro alla Scala respondió con profesionalidad, sonando pulida y elegante, aunque algo carente de la espontaneidad propia de la opéra-comique. El Coro de La Scala, preparado por Alberto Malazzi, fue sin duda uno de los puntos fuertes de la velada: precisión rítmica, homogeneidad sonora y sorprendente teatralidad. Su desempeño fue impecable, merecedor de los mayores aplausos de la noche.
El elenco reunió intérpretes de altísimo nivel, encabezados por el Tonio de Juan Diego Flórez, figura inseparable de esta producción desde su estreno londinense hace 18 años. Aunque su instrumento ya no posee el brillo y luminosidad de antaño, el tenor peruano conserva impecable una línea de canto ejemplar, un control del fiato magistral y una elegancia innata. Los célebres sobreagudos de “Ah! mes amis, quel jour de fête” se emitieron con firmeza y aplomo. Flórez es más que un prodigio técnico: su interpretación actoral combina ingenuidad y gracia juvenil —evidente en la escena inicial con el regimiento “Allons, march’”— con una decisión conquistadora en el dúo con Marie “Depuis l’instant où, dans mes bras”. Pero donde demuestra plenamente su maestría es en “Pour me rapprocher de Marie”, que recordó con ternura —y con su melancólico agudo final— por qué su Tonio sigue siendo una referencia absoluta.

Por su parte, Julie Fuchs se impuso con encanto y energía en el rol de Marie. Su voz, ligera, ágil y bien timbrada, posee una ductilidad que le permite afrontar con igual solvencia los pasajes de coloratura y los momentos líricos. En “Chacun le sait, chacun le dit”, la soprano francesa desplegó un virtuosismo desenfadado; en “Il faut partir”, una melancolía perfectamente dosada. Actriz inteligente, su presencia escénica irradia naturalidad y alegría sin caer en el exceso. Muy cómica la escena de canto del segundo acto, donde demostró también solidez actoral. Formó una excelente mancuerna con Tonio y Sulpice, y se notó una compenetración escénica y vocal genuina con el coro. Otra joya del escenario que jamás decepciona es Pietro Spagnoli —sólida referencia del repertorio mozartiano y belcantista—, quien ofreció un Sulpice de manual: voz robusta, entonada y canora, fraseo impecable, vis comica siempre elegante y pronunciación francesa ejemplar. La química del barítono romano con Fuchs en el dúo “Rataplan, rataplan”, rebosante de frescura y compenetración, fue de lo mejor de la noche.
Mientras Géraldine Chauvet, como la Marquise de Berkenfield, mostró un mezzosoprano de color cálido y emisión controlada, con notable soltura actoral, especialmente en la lección de canto. En el brevísimo pero delicioso papel de la Duchesse de Crakentorp, Barbara Frittoli volvió a demostrar su carisma escénico y dominio de corte cómico. Los personajes secundarios —Pierre Doyen (Hortensius), Emidio Guidotti (un caporal), Federico Vazzola (un notaire) y Aldo Sartori (un paysan)— cumplieron con corrección y buen espíritu de conjunto.

Como en todos los teatros donde esta producción se presenta por primera vez —y con la fortuna de contar con un dream cast como este—, La fille du régiment conquistó el corazón del numeroso público scaligero (predominantemente extranjero). Llovieron grandes ovaciones para los tres protagonistas, sellando un triunfo absoluto, aunque Flórez declinó bisar el “Ah! mes amis” tras el intento del público de forzarlo.













