Junto a la marea wagneriana de Tristan und Isolde, la Metropolitan Opera recupera estos días la producción de los colorines de Michael Mayer para La Traviata de Giuseppe Verdi, una propuesta que, aunque sigue sin convencer desde lo estético, sigue funcionando en lo teatral gracias al empuje de sus intérpretes. En el foso, Antonello Manacorda ofreció una dirección segura y bien dibujada, de gesto firme y claro, que la orquesta siguió con facilidad. Sin embargo, los tempi resultaron en exceso especulativos, generalmente más lentos de lo que el público neoyorquino acostumbra, restando impulso dramático a varios pasajes.

La producción de Mayer continúa funcionando desde el punto de vista teatral, pero no termina de convencer en lo visual. Los decorados de Christine Jones y el vestuario de Susan Hilferty se mueven en un gusto discutible, mientras que la iluminación de Kevin Adams resulta por momentos intrusiva y poco favorecedora. La pareja de bailarines formada por Taylor Stanley y Cara Seymour estuvo impecable en la ejecución de la coreografía de Lorin Latarro, que hace de la necesidad virtud al mover a los bailarines con inteligencia y creatividad a través de un escenario muy recargado.
La gran triunfadora de la noche fue, sin discusión, Lisette Oropesa, sencillamente inmensa como Violetta Valéry. Su interpretación fue un dechado de afinación, gusto y sentido del canto. Los pequeños defectos del instrumento —cierta angulosidad tímbrica o una transición de registro algo estrecha— quedan completamente eclipsados por las innumerables virtudes de una artista que domina el escenario con autoridad.
Oropesa lleva en volandas a la orquesta, mantiene siempre vivo el interés del público y construye un personaje de gran verdad escénica, delicado y creíble. Su línea de canto, exquisita, parece invocar el espíritu de las grandes Violettas que han pasado por este teatro. Estamos, sin duda, ante una de las intérpretes de referencia del papel en la actualidad, un auténtico lujo para las audiencias de Nueva York.

A su lado, el barítono Luca Salsi se mostró propositivo y solvente. Su timbre amable y cremoso, unido a un centro volcánico y viril, aportó el necesario sello de italianidad. Vocalmente seguro, Salsi cantó con comodidad pese a los tempi más bien pesados de Manacorda. Sin embargo, su línea de canto resultó por momentos algo afectada, con un punto de sobreactuación edulcorada. Su Di Provenza sonó más emotivista que elegante, algo forzado en la intención, aunque siempre sostenido por una técnica sólida y una paleta de colores bien trabajada.
El tenor Piotr Buszewski, como Alfredo Germont, ofreció una prestación más discreta. Creíble en lo actoral y concentrado en su papel, su canto resultó, sin embargo, más circunstancial que sus compañeros de reparto. La línea no termina de fluir con limpieza y la voz da la impresión de no estar completamente desarrollada, como si necesitara de una artesanía excesiva para alcanzar un sonido que nunca llega a ser verdaderamente natural ni fácil. Ese mismo carácter algo afectado y sobrecoloreado que encontramos en Salsi aparece aquí sin el mismo respaldo técnico. Con todo, es de agradecer su buena disposición y entrega.

Los comprimarios cumplieron de manera más bien discreta, con la excepción de una resultona Edyta Kulczak como Flora Bervoix, que aportó solidez y desparpajo en sus intervenciones.
Más allá de las irregularidades musicales y estéticas, la velada queda marcada por la Violetta de Oropesa. En una producción que no siempre suma y con una dirección musical sin el mejor pulso verdiano, es la soprano quien sostiene y eleva la función. Y no es poco: cuando una artista logra conjugar técnica, inteligencia musical y verdad escénica a este nivel, la ópera —como en las grandes noches— vuelve a justificarse por sí misma.
Metropolitan Opera de Nueva York, a 31 de marzo de 2026. La Traviata, ópera en tres actos con música de Giuseppe Verdi y libreto en italiano de Francesco Maria Piave, basado en la novela de Alejandro Dumas La dama de las camelias.
Dirección Musical: Antonello Manacorda. Orquesta y coro de la Metropolitan Opera (director del coro: Tilman Michael). Director de escena: Michael Mayer, Escenografía: Christine Jones, Vestuario: Susan Hilferty, Iluminación: Kevin Adams, Coreografía: Lorin Latarro, Director del revival: Jonathon Loy.
Reparto: Lisette Oropesa, Edyta Kulczak, Christopher Job, Dwayne Croft, Richard Bernstein, Ben Reisinger, Piotr Buszewski, Tessa McQueen, Patrick Miller, Luca Salsi, Jonathan Scott. Bailarines solistas: Taylor Stanley, Cara Seymour.













