A los 238 años de su estreno en Viena, Le nozze di Figaro sigue siendo una obra incómoda para los poderosos. El que fuera un día un «dramma giocoso» concebido por Mozart y Da Ponte en los albores de la revolución, resuena hoy con una fuerza irremediablemente política. En esta reposición de la producción de Richard Eyre, la partitura suena como una denuncia soterrada contra los abusos del poder, y su frescura teatral cobra un sentido singular ante la convulsa realidad de los Estados Unidos en la segunda presidencia de Donald Trump. En un tiempo en el que el autoritarismo seduce a gran parte de la sociedad, de control sobre el cuerpo femenino y de privilegios impunes, la obra de Mozart emerge como un himno subversivo y punk: una defensa de la inteligencia popular, del deseo libre y del ingenio frente a la tiranía de los que quieren imponer su voluntad.

El teatro neoyorquino le saca brillo a esta Le Nozze en la puesta en escena que cumple ya una década, en la que el dramaturgo británico Richard Eyre traslada la acción a la Sevilla de los años 30. Un momento histórico en el que la fricción entre clases sociales de la segunda república española parece un eco sarcástico de la Europa prerrevolucionaria del S. XVIII. El escenario se nos aparece cubierto en su totalidad por una enorme celosía ondulada con grecas mozárabes, de evidentes reminiscencias al exotismo andaluz de Beaumarchais, como en un guiño semántico a la Sevilla más legendaria. Dispuesta a modo de jaula, de laberinto o acaso de jungla donde se mezclan las rencillas de clase, los secretos amorosos y las pasiones indisimuladas, la reja se convierte en un estímulo visual omnipresente que no molesta por su pertinencia, y que resulta por momentos irresistible por su inspirada sencillez. En el debe de la producción hay que destacar el descuidado tratamiento del complejo acto cuarto.

La joven directora de orquesa alemana Joana Mallwitz, primera mujer en dirigir esta obra en el Met, se coloca al frente de la orquesta con buen pulso y criterio dramático. Su lectura destaca por su teatralidad fluida, su exquisito trabajo con los recitativos y una atención especial al fraseo de la orquesta y los solistas, que en todo momento sirvió a la acción. No hay rigidez ni amaneramiento: hay teatralidad en el mejor sentido del término. Su enfoque, en suma, permite que los contrastes entre lo cómico y lo melancólico se desplieguen con una naturalidad poco habitual, y hace que el público del Met espere con interés su reaparición en Nueva York.
El reparto brilló con un equilibrio poco frecuente en el Met. Michael Sumuel como Figaro fue una presencia magnética desde su primera intervención. Su barítono, de timbre oscuro y amable, con una línea de canto por momentos rocosa y desigual, construyó un Figaro con carácter y puntilla emotiva. Su manejo actoral de ciertas escenas fue excelente, provocando hilaridad con pequeños y efectivos recursos, como en la escena en que descubre su parentesco con Bartolo y Marcelina.
La célebre soprano italiana Federica Lombardi, como la Condesa, fue la mejor cantante de la velada. Lombardi construyó un personaje herido y noble a partes iguales. Su Condesa es una mujer despierta, dolida por la traición pero también consciente del lugar que ocupa en el engranaje patriarcal. En «Porgi amor», Lombardi canta con una línea pura, mozartiana en su idealidad clásica, de impecable legato, mientras que en «Dove sono» logró conmover sin caer en el sentimentalismo, con un sonido redondo y luminoso, a la altura de algunas de sus mejores predecesoras en el rol.

A su lado, la Susanna de la soprano Olga Kulchynska, de bello timbre y matización precisa, encarnó con gracia el ingenio femenino. Su canto, ligero y liviano pero bien proyectado, estuvo siempre al servicio de la acción, y su «Deh vieni» fue un gran momento de intimidad y delicadeza. El Conde Almaviva de Joshua Hopkins resultó un tanto impostado en su arrogancia y su frustración. Con una voz en forma de canto discreto y una presencia escénica rotunda, Hopkins supo dotar al personaje de cierta humanidad, sin caer en la caricatura del depredador sexual que epitomiza el noble.
Entre los comprimarios, destacó el deslumbrante Cherubino de la joven mezzosoprano neoyorquina Sun-Ly Pierce, con un «Non so più» fresco y musical, y un «Voi che sapete» extraordinario que recabó una gran ovación del público. Pese a su juventud e incipiente carrera, Piierce deja un Cherubino sobresaliente, y ganas de más.
El Bartolo del veterano Maurizio Muraro fue muy sólido en lo vocal, con un sonido expansivo y emocionante, muy en el estilo del basso bufo italiano. «La vendetta», muy aplaudida, tuvo el peso necesario sin volverse grotesco. Muraro, que celebra 20 años de su debut en el Met con este mismo papel, reivindica su solvencia así ante una agradecida audiencia americana. La mezzo americana Elizabeth Bishop, muy conocida en el Met, dejó una Marcellina de comicidad madura, nunca forzada, y fue una compañera ideal para el humor de Muraro, aunque de todo punto más discreta en lo canoro.

Brenton Ryan hizo de Don Basilio un maestro del doble sentido con buena dicción y un fraseo cargado de sorna. Tony Stevenson como Don Curzio y Paul Corona como Antonio cumplieron de manera notable sus breves pero lucidos. Mei Gui Zhang, como Barbarina, tuvo su momento de gloria con un «L’ho perduta» que resonó un tanto descafeinado pese a la buena disposición de la soprano y la inestimable ayuda de Joana Mallwitz en el foso.
La reaparición de Federica Lombardi y un elenco solvente comandado por la inspiradora Joana Mallwitz está atrayendo al público en mayor medida que en anteriores reposiciones de Le Nozze. El éxito de esta ópera hoy es también un ilusionante recordatorio de que la tiranía también se combate con música, con risa y con amor. Que Mozart, con su genio absoluto, no sólo escribió la comedia perfecta, sino también una de las más agudas denuncias del privilegio injusto. Y que hoy, más que nunca, necesitamos volver a escucharla con oídos abiertos y corazón agradecido.
★★★★☆
Metropolitan Opera de Nueva York,, a 11 de abril de 2025. Le Nozze di Figaro, ópera en cuatro actos de Wolfgang Amadeus Mozart, con libreto de Lorenzo Da Ponte sobre la obra teatral La Folle Journée, ou Le Mariage de Figaro, de Pierre-Augustin Caron de Beaumarchais.
Dirección Musical: Joana Mallwitz. Orquesta y coro de la Metropolitan Opera (director del coro: Tilman Michael). Producción: Richard Eyre, Diseño escénico y Vestuario: Rob Howel, Iluminación: Paule Constable, Coreografía: Sara Erde. Dirección de reposición: Jonathon Loy.
Reparto: Michael Samuel, Olga Kulchynska, Maurizio Muraro, Elizabeth Bishop, Sun-Ly Pierce, Joshua Hopkins, Brenton Ryan, Federica Lombardi, Paul Corona, Mei Gui Zhang, Tory Stevenson. Fortepiano: Howard Watkins, Cello: Kari Jane Docter.













