Crítica: «L’elisir d’amore» en Ópera de Las Palmas

OW  Por Federico Figueroa

El inicio de la nueva Temporada de Ópera en Las Palmas, organizada por Amigos Canarios de la Ópera (ACO), llegaba rodeado de expectativas, centradas sobre todo en unos elencos con rutilantes estrellas de la lírica actual que me hacen pensar que bien puede sumarse la ópera al conocido reclamo de «Visit Canarias«. Los títulos programados en la temporada son del gran repertorio y la apertura le ha correspondido a L’elisir d’amore, que ha estado presente en seis temporadas, de las 59 que tiene de historia ACO. Crítica: «L’elisir Ópera Las Palmas

Una escena de «L’elisir d’amore» en Las Palmas / Foto: ACO – Nacho González Oramas

L’elisir d’amore, melodrama giocoso en dos actos con música de Gaetano Donizetti y libreto de Felice Romani, se estrenó en Milán en 1832. Compuesta en apenas unas semanas, la ópera se convirtió pronto en uno de los títulos más celebrados del bel canto romántico por su equilibrio entre comicidad y ternura, y por una escritura vocal que exige elegancia, agilidad y una línea de canto impecable. Bajo su apariencia ligera, la partitura encierra una refinada caracterización psicológica y uno de los momentos más sublimes del repertorio tenoril: “Una furtiva lagrima”.

La nueva puesta en escena de Daniele Piscopo se inscribe en esa misma lógica de comodidad estética. Amable, vistosa y de aire tradicional, con un leve toque naïf, la producción rehúye cualquier lectura conceptual o actualización arriesgada. Correctas la escenografía (firmada por Piscopo), que por momentos parecía un «pesebre napolitano» por el burro y la oveja, y el diseño de vestuario (Claudio Martín); y mejorable la un tanto plana iluminación (Grace Morales). No hay provocación ni reinterpretación simbólica: Piscopo confía en la eficacia intrínseca del libreto y la música, dejando que la acción fluya con muy pocas interferencias. Puede reprochársele falta de ambición intelectual, pero también es justo reconocer que su propuesta respira teatralidad franca y sentido del ritmo escénico. En una obra en la que el equilibrio entre humor y emoción es tan delicado, la sobriedad puede ser una virtud.

Xabier Anduaga y Génesis Moreno / Foto: ACO – Nacho González Oramas

En el apartado vocal residía el principal atractivo de la noche. Xabier Anduaga ofreció un Nemorino luminoso, de timbre bello y emisión expansiva, con un centro de apreciable densidad y agudos que afloran con naturalidad. Más allá del esperado aria, destacó por su implicación en el conjunto, especialmente en el “Adina, credimi…” del primer acto, donde mostró fraseo cuidado y sensibilidad expresiva. Su “Una furtiva lagrima”, comedida y elegante, evitó excesos lacrimógenos para apostar por la línea y el detalle. El retrato escénico del joven ingenuo, entre candor y humor, terminó de redondear una interpretación convincente. La soprano venezolana Génesis Moreno fue una Adina grácil y segura, con el punto justo de insolencia que dinamiza la relación con Nemorino. Su voz, de generoso caudal, se proyecta con brillo y se pliega con solvencia a las exigencias belcantistas. En “Prendi, per me sei libero” desplegó filados cuidados y agudos firmes, coronando una prestación que combinó técnica y temperamento.

Xabier Anduaga y Pablo Ruiz / Foto: ACO – Nacho González Oramas

Felix Park compuso un Belcore de caracter liviano, algo caricaturesco pero eficaz, y de canto elegante. Por su parte, Pablo Ruiz asumió el rol de Dulcamara —habitualmente encomendado a un bajo— con autoridad suficiente: su instrumento posee la profundidad y la agilidad necesarias para el sillabato, y su desenvoltura escénica sostuvo el componente cómico del personaje. Marina Díaz, como Giannetta, aportó frescura y vivacidad, cumpliendo con creces su cometido.

El Coro de ACO, dirigido por Olga Santana, firmó una actuación sólida, aunque con ciertas fragilidades en los bajos. El maestro Ramón Tebar, al frente de la Orquesta Filarmónica de Gran Canaria, ofreció una dirección refinada en donde hubo fraseos de indudable belleza y una concertación eficaz, con sonido redondo aunque sin grandes contrastes. En conjunto sostuvo la arquitectura musical con profesionalidad.

Una escena de «L’elisir d’amore» en Las Palmas / Foto: ACO – Nacho González Oramas

En definitiva, una inauguración de temporada que apuesta por la seguridad y el brillo vocal antes que por el riesgo artístico. Sin reinventar la obra ni dejar huella renovadora, esta función de L’elisir d’amore cumplió su cometido esencial: hacer disfrutar al público con una partitura irresistible y un reparto a la altura de los grandes teatros internacionales. A veces, como demuestra Donizetti, no hace falta más que buena música y buenas voces para que el elixir surta efecto.