Crítica: «Lucrezia Borgia» en Sevilla

OW  Por Gonzalo Roldán Herencia

El Teatro de la Maestranza de Sevilla presentó su primera producción de Lucrezia Borgia, en colaboración con el Auditorio de Tenerife, la Ópera de Oviedo y el Teatro Comunale de Bolonia. La apuesta ha sido bien recibida por el público por el notable peso dramático y musical que, bajo la dirección musical de Maurizio Benini y dirección escénica de Silvia Paoli, propuso una lectura tan coherente como audaz. La velada se vio marcada, sin lugar a duda, por la presencia fulgurante de Marina Rebeka, protagonista absoluta del montaje, quien ofreció un retrato de Lucrezia amplio en matices, técnicamente impecable y emocionalmente devastador. Su interpretación sostuvo el eje de un espectáculo que, desde su planteamiento escénico hasta su realización orquestal, buscó actualizar el melodrama de Gaetano Donizetti sin traicionar sus fundamentos expresivos. Crítica: «Lucrezia Borgia» Sevilla

 

Una escena de «Lucrezia Borgia» en el Teatro de la Maestranza / Foto: Guillermo Mendo

La propuesta de Silvia Paoli observa una puesta en escena que se aparta por completo del imaginario renacentista asociado a la familia Borgia, situando la acción en un matadero convertido en símbolo de sacrificio, deshumanización y violencia estructural. Esta elección —explicada con detalle por la propia directora en el programa de mano, donde relaciona a Lucrezia con la figura de la víctima atrapada entre poderes masculinos— dialoga con la traslación temporal hacia la Italia fascista, un paralelismo que enfatiza la brutalidad, el control político y la manipulación de los cuerpos como engranajes del poder.

El espacio escénico, concebido por Andrea Belli, combina estructuras metálicas, superficies frías de azulejo en torno a un espacio versátil donde la acción se articula por medio de elementos de atrezzo que hábilmente configuran cada acto: jaulas, mesas de banquete, de despacho, lámparas, carteles luminosos o, incluso, un abeto para evocar el espacio exterior de la casa de Gennaro. Este espacio se articula con cuatro puertas dispuestas a ambos lados, que sirven como vía de salida de similar funcionalidad a las de las escenas del teatro romano. Al fondo, un pasillo estrecho impide a los personajes cualquier forma de liberación simbólica, y sobre ella una galería con ventanas al escenario, donde se asoman en varias ocasiones los esbirros de Don Alfonso, metáfora de voyerismo y del metacontrol. 

Una escena de «Lucrezia Borgia» en el Teatro de la Maestranza / Foto: Guillermo Mendo

En este entorno opresivo se mueven las figuras con una mezcla de resignación y furia, subrayadas por un vestuario de Valeria Donata Bettella que remite a los uniformes, galones y rigideces estéticas del fascismo italiano. La iluminación de Alessandro Carletti, frío y con contrastes de claro-oscuro, crea un ambiente de vigilancia constante que refuerza la tensión dramática. Paoli consigue así que la acción adquiera un carácter casi claustrofóbico, intensificando las relaciones entre los personajes y acercando el drama de Víctor Hugo —ya de por sí áspero y de raíz emocional profunda— a un terreno contemporáneo donde la violencia de género, el abuso de poder y la instrumentalización del cuerpo femenino resultan ineludibles.

En este marco visual se desarrollan las interpretaciones vocales, todas ellas sólidas y bien articuladas. Pero fue, indudablemente, Marina Rebeka quien dotó de vida y complejidad al personaje titular. La soprano letona ofreció un canto de línea elegante, con un legato cuidado y una administración inteligente del color vocal. Su “Com’è bello” tuvo la pureza lírica y la calidez que exige la página, y las arias de agilidad se interpretaron con precisión y fluidez, sin aparente esfuerzo pese a tratarse de páginas belcantistas de gran dificultad. Sin embargo, fue en los pasajes de mayor intensidad, especialmente en la escena final, donde Rebeka desplegó un control emocional extraordinario. Su “M’odi, ah m’odi” se convirtió en un grito desesperado de humanidad, sostenido por un fraseo firme y un dominio amplio de la dinámica. Escénicamente, construyó una Lucrezia rota por sus contradicciones: madre, verdugo, víctima y superviviente.

Marina Rebeka y Duke Kim / Foto: Guillermo Mendo

Frente a ella, el Gennaro de Duke Kim resultó un compañero ideal. El tenor mostró un instrumento luminoso, homogéneo en toda la tesitura y de agudos francos, capaz de expresar la ingenuidad del personaje sin renunciar a su energía heroica. Su aria de presentación estuvo resuelta con claridad y buena dicción, y en los dúos con Rebeka logró una sintonía vocal muy equilibrada, aportando a su personaje un carácter noble que se agradece en una ópera donde las figuras masculinas suelen estar envueltas en oscuras motivaciones. El Don Alfonso de Krzysztof Bączyk impresionó por la rotundidad del timbre y la contundencia de su presencia escénica. Su voz, oscura y bien proyectada aunque de dicción menos clara, construyó un duque implacable, casi gélido, cuya autoridad se integraba con naturalidad en la estética fascista propuesta por la producción. A su lado, Moisés Marín ofreció un Rustighello inquietante y mordaz, cuya precisión vocal y desenvoltura escénica reforzaron el carácter amenazante del séquito ducal.

Entre los personajes secundarios destaca la espléndida Teresa Iervolino como Maffio Orsini, figura central en el desarrollo emocional de la obra al condicionar, desde el sentimiento de lealtad y compromiso con la amistad, la voluntad de Gennaro. Su timbre aterciopelado, su agilidad y su sentido del estilo hicieron de “Nella fatal di Rimini” un momento de gran intensidad, al igual que su interpretación de la célebre balada del segundo acto, resuelta con encanto y temperamento. Iervolino trazó un Orsini vibrante y leal, cuya energía escénica impulsó a Gennaro en los momentos clave del drama.

Una escena de «Lucrezia Borgia» en el Teatro de la Maestranza / Foto: Guillermo Mendo

El grupo de compañeros de armas del protagonista —Jorge Franco, Pablo Gálvez, Julien Van Mellaerts y Cristiano Olivieri— cumplió sobradamente su función en los números de conjunto, aportando cohesión y carácter. Entre ellos, sobresalió Pablo Gálvez, quien dotó a su breve intervención de una profundidad expresiva llamativa, con un fraseo modelado y un timbre de notable nobleza. Y finalmente, los roles de Gubetta y Astolfo fueron correctos en las voces de Matías Moncada y Alejandro López. La sección masculina del Coro del Teatro de la Maestranza, siempre esencial en esta ópera, ofreció un trabajo de gran solidez. Sus intervenciones, especialmente en los pasajes más sombríos, reforzaron la sensación de opresión que envuelve al drama y mostraron una disciplina sonora y coreográfica muy adecuada al planteamiento del espectáculo.

La dirección de Maurizio Benini, al frente de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla, fue una de las piezas clave del éxito. Benini, especialista en repertorio belcantista, optó por una lectura fluida y transparente, cuidando el equilibrio entre foso y escena y evitando cualquier exceso que pudiera desvirtuar la línea dramática. La orquesta respondió con precisión y brillo: cuerdas flexibles, maderas expresivas y una articulación ágil que, si bien resultó algo laxa rítmicamente en algunos pasajes, realzó los contrastes de la partitura. La tensión en los concertantes, el refinamiento en los acompañamientos y la claridad del discurso musical permitieron que la tragedia donizettiana avanzara con una naturalidad admirable.

Una escena de «Lucrezia Borgia» en el Teatro de la Maestranza / Foto: Guillermo Mendo

En conjunto, esta Lucrezia Borgia del Maestranza se reveló como una propuesta valiente y profundamente teatral, donde música y escena se integraron para ofrecer un relato intenso y actual. La combinación del poder vocal de Marina Rebeka, la inteligente lectura escénica de Silvia Paoli y la dirección eficaz de Maurizio Benini hizo de esta velada un acontecimiento que señala al teatro sevillano como una de las mecas europeas del bel canto romántico.


Sevilla (Teatro de la Maestranza), 6 de diciembre de 2025. Lucrezia Borgia,ópera en un prólogo y dos actos de Gaetano Donizetti, con libreto de Felice Romani basado en un drama de Victor Hugo.

Dirección musical: Maurizio Benini. Dirección de escena: Silvia Paoli. Vestuario: Valeria Donata Bettella. Iluminación: Alessandro Carletti. Coreografía: Sandhya Nagaraja.

Reparto: Marina Rebeka (Lucrezia), Duke Kim (Gennaro), Krzysztof Bączyk (Don Alfonso), Teresa Iervolino (Maffio Orsini), Moisés Marín (Rustighello), Jorge Franco (Jeppo Liverotto), Pablo Gálvez (Don Apostolo Gazella), Julien Van Mellaerts. (Ascanio Petrucci), Cristiano Olivieri (Oloferno Vitellozzo), Matías Moncada (Gubetta), Alejandro López (Astolfo).

Real Orquesta Sinfónica de Sevilla
Coro del Teatro de la Maestranza (Íñigo Sampil, director)