La legendaria Chicago Symphony Orchestra regresa al Carnegie Hall de Nueva York bajo la dirección del maestro Riccardo Muti, en un programa que viajó por el corazón del repertorio romántico, desde el mordiente operístico de Bellini, pasando por la opulencia melódica de Verdi, hasta la desgarradora intensidad de Tchaikovsky. Fue una noche de puro disfrute, dirigida por uno de los grandes intérpretes de nuestro tiempo.

Bellini – Obertura de Norma
La velada comenzó con la majestuosa obertura de Norma, esa joya del bel canto que, en manos de Muti, sonó emocionante, afilada, rítmica, italiana. Desde los primeros acordes, el maestro supo extraer de la Chicago Symphony una sonoridad de notable calidez y precisión. Las cuerdas, con su proverbial homogeneidad, dibujaron las amplias frases melódicas de Bellini con un lirismo que evocaba el canto humano, mientras que los vientos destacaron por su claridad y elegancia en los pasajes más delicados.
La tensión dramática de la obertura, que presagia los conflictos de la obra, fue cuidadosamente servida. Muti hizo que la Chicago Symphony sonase empastada, poética, vibrante, lujosa. Fue una interpretación que anunciaba de manera brillante lo que habría de venir después.
Verdi – Las Cuatro Estaciones de I vespri siciliani
El plato fuerte de la primera parte del programa fue la suite de ballet Las Cuatro Estaciones, compuesta por Verdi para su ópera I vespri siciliani. Aquí, Muti volvió a demostrar su dominio incontestable del repertorio verdiano, revelando la riqueza orquestal de una música que, aunque concebida como un interludio dentro de la ópera, brilla en sus manos como pieza de concierto.
El “Invierno” abrió pausado y noctural, evocando el frío invernal con delicados pizzicatos de las cuerdas y los sugerentes colores de los vientos. El contraste llegó con la “Primavera”, de indisimulada jovialidad, en la que el protagónico clarinete solista (Stephen Williamson) ofreció un fraseo lleno de encanto, que enlazaría con el mundo melódico de Tchaikovsky. “Verano” apareció exuberante, con una cierta ampulosidad irónica y juguetona, con un solo de oboe que transportó al público al calor de la campiña italiana, mientras que “Otoño” fue una fiesta elegante, con un espléndido equilibrio entre familias orquestales, terciopelo en las cuerdas y un entendimiento absoluto entre la Chicago Symphony y su director emérito.
Muti supo destacar la claridad de esta música, que bajo su batuta trasciende el simple divertimento, y fue un verdadero festín sonoro que permitió a la orquesta lucir su versatilidad y gran estado de forma.

Tchaikovsky – Sinfonía nº 4 en fa menor, Op. 36
La segunda parte del programa nos trajo una monumental versión de la Sinfonía nº 4 de Tchaikovsky, obra que exige tanto virtuosismo técnico como una entrega emocional absoluta. Desde el impactante motivo de los metales que abre la sinfonía, Muti estableció un clima de intensidad dramática que se mantuvo hasta el final.
El primer movimiento fue un regalo delicioso. Pausado, de una belleza dorada, pero sin almíbares, subrayando la idea del destino como lo irremediable, no como sentencia. La Chicago Symphony nos sonó aquí adusta y sin adorno, aquiescente la batuta de Muti, sin adorno, todo magro orquestal.
En el segundo movimiento, con su melancólico solo de oboe, una de las más bellas melodías de Tchaikovsky, Muti dejó que la música respirara. La Chicago Symphony se entregó con generosidad a la partitura, habitándola en plenitud, pero sin abusarla ni allanarla con sus bríos. El tempo y su agógica perfecta alumbraron frases de belleza irresistible. Por su parte, el scherzo con su orfebrería fina de pizzicati, ejecutado con una precisión milimétrica, fue un despliegue de virtuosismo colectivo que arrancó gestos de admiración entre los asistentes.
El final, con su carácter casi festivo, fue una explosión de crescendi alla Muti. El batuta napolitano dirigió aquí con desparpajo. Escuchamos escalofriantes ataques a tempo, al filo de la navaja, aterrizados enseguida con miel y suspiro lírico. El tema del destino llegó de nuevo acompañado de cascos de cabalgaduras al galope de cosacos, apoteosis rusa que en el Carnegie Hall sonó italiana por su entrega, y americana por su desenfado.
El bis: Giuseppe Martucci – Notturno
Tras una generosa lluvia de aplausos y esos ruidos que suele hacer el público norteamericano cuando le gusta mucho algo, Riccardo Muti tomó el micrófono para uno de sus casi improvisados discursos.
El día anterior el país había visto el juramento del nuevo presidente, por lo que sus palabras cobraron cierta relevancia política para algunos. Muti nos anunció su bis, el Notturno de Giuseppe Martucci. Nos habló de su compostor como uno de esos héroes del siglo XIX que se dedicó la música sinfónica en lugar de sumarse al lucrativo carro de los compositores de ópera. Nos habló del último concierto de Mahler como director de orquesta en Nueva York, en una noche dedicada a estos compositores italianos ahora olvidados. Nos habló, al fin, de la conexión de Martucci con Toscanini, y de la legendaria oposición del maestro italiano contra el fascismo, como cuando tuvo que cancelar su concierto tras recibir una paliza en el Comunale di Bologna por negarse a interpretar Giovinezza. Fue entonces cuando Muti dijo que a los dictadores no les interesa la música clásica y la cultura. Una boutade que, no obstante, fue aplaudida por un cortés Carnegie Hall.
Muti ofreció el Notturno de Giuseppe Martucci como un básamo emocional, un canto de amor, hermandad y paz. En efecto, la pieza sonó introspectiva, descreída y limpia, con sublime fraseo de las cuerdas. Este cierre íntimo y profundamente humano contrastó de manera feliz con la grandiosidad de la sinfonía, dejando al público sumido en una serena y satisfecha atmósfera de reflexión.
Riccardo Muti, en la cúspide de su carrera, demostró una vez más por qué es uno de los grandes maestros de nuestra época, y la Chicago Symphony volvió a revelarse como una de las mejores orquestas del mundo. Una noche de las que no hay que perderse en el Carnegie Hall.
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Carnegie Hall de Nueva York, a 21 de enero de 2025. Chicago Symphony Orchestra. Riccardo Muti, director. Obras de Bellini, Verdi, Tchaikovsky, Martucci.













