La presentación de Il Trittico en Carnegie Hall fue una noche histórica. La trilogía, una de las empresas más complejas y poliédricas de Giacomo Puccini, era la primera vez que se representaba completa en este escenario. Tres óperas radicalmente distintas —misticismo, sordidez verista y sátira florentina— unidas por una escritura orquestal de una sofisticación extraordinaria y por una visión profundamente amarga de la condición humana. Bajo la dirección de Gianandrea Noseda, la National Symphony Orchestra se convirtió en la gran triunfadora de la singular velada, que marcó también su esperado regreso a Nueva York.

El auditorio estaba lleno y deseoso de disfrutar de la propuesta del director de orquesta italiano, que hará historia de nuevo en 2027 al presentar junto a la Ópera de Zúrich el primer ciclo completo de la Tetralogía del Anillo del Nibelungo, nunca antes visto en Carnegie Hall.
La primera entrega de la terna, Suor Angelica, resultó apreciable, aunque sin alcanzar del todo la intensidad emocional devastadora que exige la partitura. Desde el inicio quedó claro que el verdadero protagonismo recaería en la orquesta. Noseda, muy inspirado, entendió perfectamente esa atmósfera suspendida y contemplativa que Puccini construye en la obra, donde el convento funciona casi como un espacio fuera del tiempo, recorrido por campanas lejanas, cuerdas veladas y una espiritualidad enfermiza que desemboca en la tragedia final, pero dotando al sonido orquestal de cuerpo y acento expresivo. Noseda llega a la emoción a través del orden, mimando la música, con el gesto natural y estilizado que le caracteriza.
La Erika Grimaldi interpretó los roles principales de soprano en las tres óperas,dejando patentes su resistencia y musicalidad. Asumió el papel de Angelica con musicalidad y honestidad expresiva, con un canto sensible y bien fraseado, particularmente inspirada en los momentos más íntimos de la escritura pucciniana. Grimaldi tiene un timbre discreto, mas bien mate, con un registro agudo un tanto anguloso y emisión apretada arriba. La soprano canta con un centro bello y acentos de lírica plena. Su “Senza mamma” convenció por la elegancia y la contención, evitando cargar las tintas en una emotividad exagerada. A su lado, la mezzo Agnieszka Rehlis compuso una Zia Principessa de apreciable oscuridad tímbrica y autoridad escénica, comprendiendo bien la naturaleza glacial y casi espectral del personaje. También dejó buena impresión Hannah Ludwig como una Badessa sólida, de canto atractivo y musicalmente impecable.

Pero fue Il tabarro donde la representación alcanzó verdadero voltaje teatral. La ópera más compacta, violenta y brutal de la trilogía apareció aquí con toda su fuerza opresiva y misterio nocturnal, beneficiándose enormemente de la dirección de Noseda, extraordinario en la construcción de atmósferas. Puccini imaginó la obra como un fresco al estilo del teatro parisino del “Grand Guignol”, dominado por la sordidez de los muelles parisinos, los celos y la fatalidad. Pese a la falta de escenografía y vestuario, esa sensación de claustrofobia y tensión constante impregnó toda la interpretación.
La gran figura de este Il tabarro fue, sin duda, el tenor Gregory Kunde. Su Luigi constituyó una auténtica lección de entrega, profesionalidad y buen canto. Kunde volvió a demostrar que el verdadero arte tenoril no reside únicamente en la belleza tímbrica o en la facilidad del agudo, sino en la inteligencia musical, el dominio estilístico y la capacidad de comunicar cada palabra con intención dramática. Su canto tuvo peso, intención y una humanidad apabullante. Incluso en los momentos donde el instrumento deja entrever el desgaste lógico de una carrera larguísima, el cantante estadounidense compensó cualquier limitación con una autoridad interpretativa inmensa. Un lujo de tenor al que los aficionados americanos no han tenido la suerte de disfrutar con frecuencia.
El caso de Kunde es el paradigma de las dificultades del circuito americano para asegurarse la presencia de los mejores cantantes del mundo. Y no es que Gregory Kunde no sea valorado en Estados Unidos; más bien su carrera encontró en Europa un ecosistema mucho más favorable para el tipo de cantante excepcional y atípico que ha sido. Entre muchos aficionados veteranos, especialmente los apasionados de Verdi y Rossini, existe la sensación de que ha sido uno de los grandes tenores estadounidenses acaso infrautilizados por las grandes instituciones de su propio país, más refractarias al riesgo que sus competidores europeos.

También sobresalió Roman Burdenko, muy comunicativo y musical como Michele. Su gran monólogo central estuvo construido con creciente tensión psicológica y notable cuidado del texto, evitando caer en el mero efectismo verista. La interacción entre Burdenko y Kunde sostuvo buena parte de la electricidad dramática de este Tabarro, claramente la mejor representación de la terna. El barítono Roman Burdenko dejó también un extraordinario Schicchi, demostrando su versatilidad y su buen estado vocal.
Más irregular resultó Gianni Schicchi, que apareció algo descafeinada y con menor tensión dramática que las anteriores. La genial maquinaria cómica de Puccini exige una exactitud rítmica y teatral casi milimétrica, además de una dicción incisiva y un ensemble perfectamente ensamblado. Los solistas cantaron con intención y vis dramática, pero la sensación general era de estar fuera de estilo, más pantomima que comedia. Puccini construye en Gianni Schicchi, una partitura vertiginosa, prácticamente sin pausas, sustentada sobre un intercambio continuo de frases rápidas y gestos musicales brevísimos. En esta ocasión, sin embargo, el conjunto no terminó de alcanzar ese grado de sofisticación teatral que se requiere para, además de entretener, convencer musicalmente.
No nos convenció la voz del talentoso Hakeem Henderson como Rinuccio. La elección de Noseda pareció claramente desacertada para un rol que necesita brillo juvenil, elegancia lírica y facilidad en el registro superior, pero también un centro vocal bien conectado y una emisión que no se deshaga bajo el peso de la orquesta. La voz de Henderson, amable y refinada, como de pajarito, no encontró nunca el carácter adecuado del personaje, restando relevancia vocal al conjunto. El tenor tampoco se vio favorecido por cantar justo después de Gregory Kunde. Kunde tiene 72 años mientras que Henderson apenas comienza su carrera.
Sus compañeros del Programa Cafritz de Jóvenes Cantantes de la Washington National Opera debutaron en el Carnegie Hall dejando buen sabor de boca aunque ninguno de ellos nos pareció desarrollar capacidades por encima de la media.

Con todo, la velada terminó dejando una impresión muy positiva gracias al extraordinario rendimiento de la National Symphony Orchestra y a la inteligencia musical de Noseda. La orquesta sonó con orden, intención y un refinamiento tímbrico admirable, desplegando toda la riqueza de una escritura pucciniana que, bajo una batuta menos inspirada, puede caer fácilmente en el exceso o la vulgaridad. Aquí, por el contrario, hubo gusto, tensión dramática y auténtico sentido teatral. Precisamente lo que necesita Il Trittico para funcionar como la obra maestra incómoda, contradictoria y fascinante que realmente es.
★★★★☆
Carnegie Hall, a 3 de mayo de 2026. National Symphony Orchestra dirigida por Gianandrea Noseda. Suor Angelica, Il Tabarro, y Gianni Schicchi, óperas en un acto de Giacomo Puccini. Erika Grimaldi, Agnieska Rehlis, Hannah Ludwig, Michele Mariposa, Anne Marie Stanley, Meryl Dominguez, Megan Moore, Lauren Carroll, Anneliese Klanetski, Viviana Goodwin, Veronica Siebert, Roman Budenko, Gregory Kunde, Scott Wilde, Nicholas Huff, Randy Ho, Hakeem Henderson, Chandler Benn, Robert Frazier, Atticus Rego.













