OW Crítica: «Aida» Maestranza Sevilla Por Gonzalo Roldán Herencia
El Teatro de la Maestranza cerró su temporada 2025-2026 con su nueva producción de Aida, uno de los títulos más difundidos de Giuseppe Verdi, en coproducción con ABAO Bilbao Opera, el Auditorio de Tenerife, el Teatro Municipal de Santiago de Chile, el Teatro Nacional de São Carlos de Lisboa y el Festival Perelada. La propuesta, concebida íntegramente por Paco Azorín —responsable de la dirección escénica, la escenografía y la iluminación—, afronta uno de los títulos más monumentales del repertorio italiano desde un lenguaje visual de marcada contemporaneidad que, lejos de traicionar la esencia del drama verdiano, consigue potenciar su dimensión simbólica y psicológica. Bajo la sólida dirección musical de Daniele Callegari y con un trío protagonista de notable altura artística encabezado por Marigona Qerkezi, la representación se saldó con un éxito rotundo, rubricado por las prolongadas ovaciones de un público que reconoció la calidad de una producción tan ambiciosa como coherente.

Lejos de reconstruir un Egipto historicista, Paco Azorín propone una lectura esencial del drama mediante un espacio escénico donde la arquitectura de la luz adquiere un protagonismo absoluto. Fiel a una concepción que el propio director ha defendido en distintas ocasiones, la producción prescinde del arqueologismo para construir un universo simbólico en el que escenografía, iluminación y vídeo dialogan constantemente con el conflicto psicológico de los personajes. El espacio escénico renuncia al exceso ornamental para apoyarse en estructuras geométricas, grandes superficies de proyección y un refinado diseño lumínico que articula la acción con extraordinaria inteligencia dramática. Entre tanto elemento simbólico fue curiosa la elección de un funambulista, interpretado con maestría y enorme control físico por David Marco, un Odiseo que se convierte en el testigo mudo de la trama y cómplice de los amantes. Crítica: «Aida» Maestranza Sevilla
La iluminación se convierte, así, en un auténtico lenguaje escénico. Los neones transformados en espadas, las líneas de luz que delimitan el espacio ceremonial, los focos direccionales que aíslan psicológicamente a los personajes y las proyecciones digitales —jeroglíficos monumentales, relieves pétreos, columnas e imágenes de la iconografía religiosa egipcia— configuran un universo visual donde la tradición iconográfica dialoga con una estética plenamente contemporánea. No se trata de una acumulación de efectos, sino de una utilización rigurosamente dramatúrgica de la luz, capaz de sustituir la escenografía convencional por una atmósfera simbólica que acompaña la evolución emocional de los personajes. En este sentido, la presencia de grandes formas geométricas – cuadrado, rectángulo, triángulo y círculo – que descendían cenitalmente para configurar el espacio psicológico de diferentes escenas, hunde sus raíces en la representación más ancestral de la dimensión humana; por medio de estas figuras se representa el palacio y la prisión, el templo, el marco íntimo e incluso la esfera más íntima de los personajes, llegando a interactuar y yuxtaponerse cuando la trama argumental lo requiere.

La producción encuentra un equilibrio especialmente logrado entre abstracción y narración, evitando que la modernidad del lenguaje visual entre en conflicto con el universo dramático concebido por Verdi y Ghislanzoni. Son especialmente acertadas las aportaciones de Carlos Martos de la Vega en la dirección de movimiento y dramaturgia, Ana Garay en el diseño de vestuario – moderno, pero coherente con la historia que se narra – y las proyecciones realizadas por Pedro Chamizo. Quien esperase una Aida sustentada en el gran espectáculo escenográfico quizá perciba inicialmente cierta austeridad; sin embargo, una vez descifrado el código simbólico que articula la propuesta, la producción revela una notable coherencia dramática y demuestra que la monumentalidad también puede construirse desde la abstracción. Crítica: «Aida» Maestranza Sevilla
Sobre este sólido entramado escénico se desarrolla un reparto vocal de gran homogeneidad, encabezado por una espléndida Marigona Qerkezi. La soprano, que afronta uno de los personajes emblemáticos de su repertorio, construyó una Aida de extraordinaria intensidad lírica, sostenida por un instrumento amplio, de timbre luminoso y notable riqueza armónica, con un legato de gran naturalidad y una emisión homogénea en toda la extensión de la tesitura, que le permitió resolver con solvencia tanto los amplios arcos melódicos como las medias voces de mayor intimidad. Desde su primera intervención consiguió transmitir la permanente tensión interior del personaje, dividido entre el deber patriótico y el amor hacia Radamès. ¡Su interpretación de «Ritorna vincitor!» mostró un admirable dominio del fraseo y de las amplias dinámicas verdianas, mientras que «O patria mia» encontró el equilibrio entre el lirismo contenido y la profunda melancolía que exige la célebre página. Más allá de la impecable resolución técnica, Qerkezi construyó un personaje de enorme humanidad, alejándose de cualquier tentación meramente exhibicionista.
A su lado, Alejandro Roy compuso un Radamès de sólida presencia vocal y escénica. Su emisión franca y el brillo de un timbre bien proyectado le permitieron afrontar con solvencia una escritura particularmente exigente para el tenor dramático. «Celeste Aida» encontró un adecuado equilibrio entre heroísmo y delicadeza, evitando cualquier exceso declamatorio, mientras que los grandes dúos con Aida revelaron una cuidada atención al canto de conjunto y una apreciable sensibilidad para adaptar el volumen y el color de su instrumento a la dialéctica emocional del drama. Roy dibujó un Radamès noble y profundamente humano, más cercano al hombre desgarrado por sus contradicciones que al héroe militar convencional. La princesa Amneris de Ketevan Kemoklidze constituyó el contrapunto dramático indispensable del triángulo protagonista. La mezzosoprano georgiana fue creciendo progresivamente a lo largo de la representación hasta alcanzar su punto culminante en la gran escena del juicio y el desgarrador desenlace del cuarto acto. Su timbre oscuro, la amplitud del registro central y una interpretación escénica de creciente intensidad permitieron construir una Amneris compleja, dominada por el conflicto entre la pasión amorosa, los celos y el remordimiento. Su evolución dramática terminó convirtiéndose en uno de los grandes aciertos interpretativos de la velada.

Entre los restantes intérpretes destacó especialmente el Ramfis de Insung Sim, cuya poderosa voz grave otorgó al sumo sacerdote la autoridad ceremonial que exige la partitura. Su presencia vocal resultó determinante en las escenas litúrgicas, reforzando el carácter ritual que atraviesa buena parte de la obra. Ernesto Petti ofreció un convincente Amonasro, de noble emisión y adecuada intensidad dramática – aunque por momentos falta de proyección -, componiendo un rey etíope cuya autoridad a veces quedó eclipsada por el protagonismo de los personajes principales. Manuel Fuentes resolvió con solvencia su breve intervención como el Rey de Egipto, mientras que Patricia Calvache aportó delicadeza y pureza tímbrica a la Gran Sacerdotisa. Mención especial merece igualmente Néstor Galván, cuyo Mensajero, pese a la brevedad de su aparición, destacó por la brillantez de su emisión y la claridad de su intervención, convirtiendo un papel episódico en uno de los momentos vocalmente más cuidados del primer acto.
El Coro del Teatro de la Maestranza volvió a demostrar el excelente nivel alcanzado bajo la preparación de Íñigo Sampil. Sacerdotes, doncellas y pueblo asumieron un protagonismo constante a lo largo de la representación, ofreciendo un trabajo de gran cohesión sonora, impecable dicción y notable implicación escénica. La monumental escena triunfal evidenció el equilibrio de las distintas cuerdas y una admirable disciplina colectiva, mientras que los episodios religiosos encontraron una sonoridad compacta y solemne que reforzó decisivamente la atmósfera ritual concebida por la producción.
Al frente de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla, Daniele Callegari firmó una dirección musical de extraordinaria inteligencia teatral. Lejos de entender la orquesta como un mero despliegue de brillantez sinfónica, el maestro italiano supo convertirla en el auténtico soporte narrativo de la representación, subordinando con admirable sensibilidad el discurso orquestal a la dialéctica vocal sin renunciar a la riqueza tímbrica de la partitura. Los tempi, siempre vivos y orgánicos, permitieron que la tensión dramática se desarrollara con naturalidad, mientras que el equilibrio entre foso y escena favoreció una perfecta inteligibilidad del texto cantado. La Real Orquesta Sinfónica de Sevilla respondió con notable precisión, especialmente en el refinamiento de las maderas, la flexibilidad de las cuerdas y la rotundidad de una sección de metales que supo desplegar toda su potencia – particularmente al final del segundo acto – sin comprometer el delicado equilibrio sonoro perseguido por el director.

En conjunto, esta nueva Aida del Teatro de la Maestranza constituye una propuesta escénica de gran coherencia conceptual y elevado nivel artístico. La inteligente lectura de Paco Azorín demuestra que el repertorio verdiano admite nuevas aproximaciones visuales cuando estas nacen del respeto a la dramaturgia y de una reflexión profunda sobre el sentido de la obra. La brillante dirección musical de Daniele Callegari, la excelente respuesta de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla y del Coro del Teatro de la Maestranza, junto con el sobresaliente trabajo del trío formado por Marigona Qerkezi, Alejandro Roy y Ketevan Kemoklidze, hicieron de esta representación una de las citas líricas más relevantes de la temporada sevillana, confirmando al Teatro de la Maestranza como uno de los escenarios de referencia para la ópera en nuestro país.
Sevilla (Teatro de la Maestranza), 20 de junio de 2026. Aida, ópera en cuatro actos de Giuseppe Verdi, con libreto de Antonio Ghislanzoni y Camille du Locle, inspirado en un texto de Auguste Mariette Bey.
Dirección de escena, escenografía e iluminación: Paco Azorín. Dirección de movimiento y dramaturgia: Carlos Martos. Vestuario: Ana Garay. Diseño de vídeo: Pedro Chamizo.
Reparto: Marigona Qerkezi (Aida), Alejandro Roy (Radamès), Ketevan Kemoklidze (Amneris), Ernesto Petti (Amonasro), Insung Sim (Ramfis), Manuel Fuentes (El Rey), Néstor Galván (Mensajero), Patricia Calvache (Gran Sacerdotisa).
Dirección musical: Daniele Callegari. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Coro del Teatro de la Maestranza (Íñigo Sampil, director).













