Crítica: Nueva producción de «Nabucco» en el Teatro alla Scala

OW         Crítica: «Nabucco» Teatro Scala                                          Por Bernardo Gaitán

Una oscura etapa en la vida de Giuseppe Verdi llegaba a su fin con el éxito de Nabucodonosor en el Teatro alla Scala en 1842. Durante la década precedente, entre 1832 y 1842, Verdi fue rechazado del Conservatorio de Milán; murieron su hermana Giuseppa, su hija Virginia con apenas 14 meses, su hijo Icilio de 18 meses y finalmente su esposa Margherita Barezzi; sin contar además el fracaso de sus dos primeras óperas estrenadas en el Teatro alla Scala. Sin embargo, el oso de Busseto no se rindió, del mismo modo que tampoco lo hizo Bartolomeo Merelli, entonces superintendente de La Scala, quien veía en Verdi un enorme potencial. A pesar de la indiferencia del público y de la crítica ante Oberto, Conte di San Bonifacio y el fracaso de Un giorno di regno, le encargó la composición de un tercer título: Nabucco. A partir de entonces, todos conocemos la historia: Verdi alcanzó una fama inmediata; él mismo escribiría a Giulio Ricordi: «con esta ópera se puede decir que verdaderamente inició mi carrera artística».
Dmitri Platanias en una escena de «Nabucco» / Foto: Brescia e Amisano – Teatro alla Scala
Difícilmente podría haberse encontrado un título más significativo para la despedida de Riccardo Chailly como director musical del Teatro alla Scala. La relación del maestro milanés con el Verdi temprano es conocida desde hace tiempo: una pasión constante por recuperar las versiones originales con el propósito de restituir la fuerza teatral y la verdad histórica. El centro de la función fue precisamente Chailly: Su lectura mostró solidez, experiencia y una claridad indiscutible. La concertación alternó energía y refinamiento con gran naturalidad: grandes concertantes con precisión milimétrica, y momentos líricos de melancolía intensa. La obertura anticipaba lo que vendría más adelante: ritmos incisivos, strette, cabalettas y concertantes emergieron con claridad ejemplar.
La siempre fiable Orquesta del Teatro alla Scala respondió con un sonido compacto, amplio y de dimensión casi sinfónica, manteniéndose siempre atenta a las exigencias del director. Como suele ocurrir en muchas de sus producciones, el maestro de 73 años decidió además recuperar los Divertissements compuestos por Verdi para la versión de Bruselas de 1848. Desde el punto de vista histórico y musical, la operación posee un indudable interés, ya que estas páginas revelan un Verdi refinado, influenciado por la escuela francesa, aunque con evidentes reminiscencias belcantistas. Pocas óperas poseen una presencia coral tan determinante: en Nabucco, el coro es verdaderamente un protagonista más del drama. El resultado en la Scala fue, como es habitual, excelente gracias al numeroso y sólido Coro del Teatro alla Scala, preparado impecablemente por Alberto Malazzi. La precisión rítmica y la variedad dinámica resultaron particularmente impresionantes. El inmortal Va, pensiero sull’ali dorate alcanzó una emoción auténtica; en Italia, esta página coral posee un doble significado: además de representar el lamento del pueblo hebreo sometido al yugo babilónico dentro de la trama, simboliza también el espíritu delRisorgimento, pues muchos italianos identificaron en la historia verdiana un reflejo de su propia situación bajo el dominio austrohúngaro. Este momento coral podría definirse casi como un auténtico himno nacional no oficial.
La producción firmada por Alessandro Talevi estuvo a la altura de la calidad musical, aunque recurriendo a un lenguaje espectacular y marcadamente simbólico. En su debut en la Scala, el director nacido en Johannesburgo construyó un espectáculo visualmente rico, sustentado además en un evidente trabajo psicológico sobre los personajes, que aportó una sólida dimensión teatral. A lo largo de la representación surgieron numerosos efectos de gran impacto: la monumental entrada de Nabucco sobre un carro tirado por gigantescos caballos, la imagen del rey suspendido en el vacío como en un sueño y, sobre todo, la escena final de Abigaille, quien no simplemente muere, sino que termina consumida por el fuego, gracias a los efectos de mágia. Buena parte del éxito de esta nueva producción se sostiene precisamente en el equipo creativo que acompañó al director.
Dmitri Platanias en una escena de «Nabucco» / Foto: Brescia e Amisano – Teatro alla Scala
Gary McCann firmó tanto la escenografía como el vestuario, construyendo dos universos visuales claramente contrapuestos. Por una parte, el pueblo hebreo aparece reunido bajo una gigantesca estructura suspendida que evoca la cúpula destruida del Panteón romano. En contraste, Babilonia surge como un mundo dominado por torres, escalinatas y figuras geometrícas. El vestuario constituye probablemente uno de los mayores aciertos del montaje: los hebreos aparecen inmersos en una gama de colores apagados y polvorientos, mientras que los babilonios estallan en una riqueza cromática basada en uniformes de tonos dorados, rojos y negros. El elaborado diseño de iluminación de Marco Giusti construyó un importante impacto simbólico; momentos como los finales del segundo y tercer acto evidenciaron un cuidadoso estudio visual, resaltando la presencia de los protagonistas dentro de la multitud coral mediante el inteligente uso de luces cenitales.
En el plano vocal, la suerte fue considerablemente más desigual. Una gran decepción resultó la prestación de Dmitri Platanias en el papel titular. El barítono griego, pese a considerarse especialista en repertorio verdiano, ofreció un Nabucodonosor poco estimulante, con escasos recursos actorales y evidentes limitaciones vocales. La voz de hace quince años parece muy distante de la actual: el color tímbrico ha perdido atractivo y el registro agudo presenta dificultades evidentes; aunque conserva sonoridad, la emisión resulta abierta y cuanto más asciende, más engolada se percibe. El registro central continúa siendo sano y agradable. Aunque no se anunció ninguna indisposición, era evidente que la voz no atravesaba su mejor momento. Conforme avanzaba la representación, su rendimiento parecía resentirse progresivamente; cuando llegó Dio di Giuda! pasó prácticamente desapercibido debido a una interpretación particularmente plana, mientras que en la cabaletta O prodi miei, seguitemi aparecieron numerosos problemas de emisión que culminaron desafortunadamente en una rotura del agudo final.
Anna Netrebko en una escena de «Nabucco» / Foto: Brescia e Amisano – Teatro alla Scala
Completamente distinta fue la realidad de Anna Netrebko frente al exigentísimo rol de Abigaille. La inteligencia musical y la enorme experiencia teatral de la soprano rusa se hicieron evidentes a lo largo de toda la función. El aria Anch’io dischiuso un giorno emergió con un fraseo elegantísimo y una cadenza de altísimo nivel, en la que puso de manifiesto una notable solidez técnica, especialmente gracias a unos sobreagudos cuidadosamente elaborados y un pianissimo digno de admiración. La escena de la muerte se convirtió, además, en uno de los momentos más intensos de la velada, tanto por la intensidad escénica como por su musicalidad, dominando el escenario con absoluta naturalidad.
Francesco Meli ofreció un Ismaele sólido y de alto nivel. A pesar de una tendencia a moverse entre el forte y el fortissimo, la voz del tenor genovés emergió con facilidad en los grandes concertantes. El brillo del instrumento apareció luminoso y firme, mientras que la musicalidad y la elegancia del fraseo contribuyeron a una interpretación plenamente convincente. Por su parte, el bajo surcoreano Simon Lim como Zaccaria resultó extremadamente eficaz. Conserva intactos el legato y el fraseo, además de ofrecer una interpretación escénica de buen nivel. Mantiene una presencia actoral sólida, construyendo un sacerdote creíble en cada gesto y cada palabra. También fue muy positiva la participación de Veronica Simeoni como Fenena. La interpretación de la mezzosoprano romana estuvo marcada por la elegancia, la intensidad emocional y una sinceridad expresiva capaz de otorgar al personaje un relieve que a menudo le es negado. Correctos y perfectamente integrados en el conjunto estuvieron Yongheng Dong, Haiyang Guo y Laura Lolita Perešivana en los papeles secundarios.
Anna Netrebko en una escena de «Nabucco» / Foto: Brescia e Amisano – Teatro alla Scala
Al término de la representación llegaron las previsibles ovaciones para los protagonistas y, sobre todo, para Riccardo Chailly. Más allá del resultado artístico, la velada asumió inevitablemente el carácter de una despedida. Chailly deja el cargo que ocupaba desde 2015 al frente del Teatro alla Scala con un título que le pertenece profundamente, y el público milanés respondió con una sincera demostración de afecto. Como ejemplo bastó el espontáneo grito proveniente del loggione durante la pausa técnica entre el tercer y cuarto acto: tras un emocionado «¡Grazie maestro!», todo el teatro estalló en aplausos hacia el concertador, quien, visiblemente conmovido, agradeció la cálida y espontánea respuesta del público.
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Milán (Teatro alla Scala), 31 de mayo de 2026.  G. Verdi: Nabucco 
Nueva producción.
Director de orquesta: Riccardo CHAILLY. Director de coro: Alberto MALAZZI. Director escénico: Alessandro TALEVI. Diseño de escenografía y vestuario: Gary MCCANN. Diseño de iluminación y vídeo: Marco GIUSTI. Coreografía: Danilo RUBECA. Movimientos acrobáticos y efectos especiales: Ran Arthur BRAUN. Ilusionistas y efectos mágicos: MASTERS OF MAGIC.
ELENCO: Dmitri Platanias, Francesco Meli, Anna Netrebko, Simon Lim, Veronica Simeoni, Yongheng Dong, Haiyang Guo, Laura Lolita Perešivana.