OW Por Pedro Valbuena Crítica: «Orlando» les Arts
Segunda oportunidad de asistir a la interpretación de esta obra monumental de Georg Friedrich Händel en el auditorio valenciano. Desde la primera, aquella que dirigió López Banzo, han pasado ya la friolera de dieciocho años; es decir, que en cierto modo ya tocaba.
Compuesta en el lapso de poco más de un mes, Orlando fue estrenada en el King’s Theatre de Londres en 1733, justo cuando la competencia entre los teatros de la ciudad comenzaba a ser abiertamente desleal. Solo el renombre de Senesino y La Strada consiguió que se representase durante diez noches, salvando por escasísimo margen la inversión que había hecho previamente el propio compositor. En esencia, se trata de un argumento al uso, es decir, un catálogo de arias separadas por recitativos y rematadas por un coro en lieto fine, sin más. Lo que ocurre es que la inspiración inagotable de Haendel lo transforma en una obra maestra de contornos inabarcables, y esto es lo que la ha devuelto a la vida, y no los valores dramáticos y literarios que se le atribuyen, que apenas consiguen rebasar la mediocridad de los libretos de la época. Crítica: «Orlando» les Arts

Marc Minkowski, al que ya podemos considerar como un asiduo de Les Arts, se la juega al frente de la formación que él mismo creó allá por los años ochenta, justo cuando se iniciaba el movimiento de revisión de la interpretación de la música antigua. Son, por tanto, grandes especialistas y, a la vez, pioneros. Pero se la juega, decimos, porque una obra de estas dimensiones, sin el aliciente visual, hace que la atención se concentre en las cuestiones sonoras, provocando que a todos los oyentes se nos desarrolle una especie de “pico fino” un tanto quisquilloso. Minkowski, que ya confía tanto en su criterio que se permite licencias que rozan lo extravagante, a veces triunfa y otras yerra. Esta noche hubo de todo: momentos delicados, conmovedores y de gran exactitud, y otros totalmente fuera de estilo, como las reorquestaciones que se empeña en hacer, incluyendo pizzicati aquí y allá, reduciendo la orquesta a unos pocos solistas o inventándose un pianissimo donde nada había indicado el compositor. Esto último le benefició mucho en su reciente lectura de Giulio Cesare, pero ahora ha abusado del recurso y un tercio de la ópera se ha escuchado excesivamente atenuada. Siempre he creído firmemente que la música de los grandes maestros debe ejecutarse según las indicaciones del pentagrama, y no obligarles, de forma póstuma, a sufrir los caprichos de los intérpretes que ya tuvieron que soportar en vida.
La orquesta, a pesar de ser tan grande para este contexto histórico, sonó algo opaca. Los violines anduvieron correctos, pero observé cierta incoherencia en los arcos, y el excesivo número de instrumentos graves sepultó el trabajo de los continuistas, que era una verdadera exquisitez. Su labor solo se apreció plenamente en el acompañamiento de los recitativos. Por cierto, la única entrada en falso que observé se dio en uno de ellos. Los vientos, correctos y poco más, a excepción de las trompas naturales, que tocaron excelentemente. La interpretación, que se ofrecía a modo de concierto, fue ligeramente teatralizada mediante los mutis de los personajes y el contacto entre ellos; además, se incluyó una alegoría muda del amor que animaba con su gracejo el vacío visual.

El reducido elenco era una verdadera maravilla, y sus voces parecían acoplarse a la perfección a las exigencias técnicas y expresivas de cada rol, que no eran pocas. El Orlando, que se escribió a medida de uno de los mejores cantantes de la historia, presenta una cantidad de dificultades técnicas apabullante y, además, exigencias expresivas que cubren un amplísimo espectro de afectos. Ira, desconsuelo, ternura y deseo son algunas de las emociones que el cantante debe transmitir mientras un torrente infinito de semicorcheas le hace rozar la parada cardiorrespiratoria. Ahí estuvo la gran Aude Extrémo, cuyo nombre propio ya parece una exhortación latina al arrojo. Su timbre profundo, potente y homogéneo se deslizó por las agilidades con gran naturalidad, y su infatigable fiato le permitió abordarlas sin interrupción. También estuvo a la altura en lo expresivo y convenció desde el inicio con su aria di sortita “Stimullato dalla gloria”, elevando la emoción paulatinamente hasta llegar al paroxismo en la denominada escena de la locura. Podríamos decir que Extrémo lo hizo todo bien esta tarde. Ana María Labin encarnó a Angélica, prestándole su precioso y transparente timbre y su exquisito gusto en el fraseo, pero hurtándole, por otro lado, la afinación a algún pasaje. Su momento de gracia llegó con el metafísico “Verdi piante”, aunque también estuvo deslumbrante en el terceto “Consolati, o bella”, que fue probablemente la interpretación más perfecta de toda la velada. Medoro es un personaje de la segunda fila dramática y tan solo cuenta con un aria en cada acto, más la intervención en el citado terceto; pero Yuriy Mynenko ha sabido ennoblecerlo gracias a su timbre delicado y dúctil, y a su afinación extraordinaria. Cierto es que lo vi gestualmente más rígido que sus compañeros de reparto, pero aun así me pareció una actuación redonda. La pizpireta Dorinda fue interpretada por la soprano Alina Wunderlin, que estuvo afinada y muy graciosa sobre el escenario, a pesar del poco margen de maniobra que tenía. De voz pequeña y ligera, resolvió las dificultades de su pentagrama como si de un juego se tratara. Por último, cabe citar la también excelente actuación del bajo Edward Jowle, que dio vida a Zoroastro, un personaje que no tiene más misión dramática que la de zanjar la cuestión merced al Deus ex machina. Sin embargo, protagoniza uno de los momentos más impresionantes de toda la ópera: “Sorge infausta una procella”, una de las mejores arias di tempesta de toda la era barroca. Jowle tiene una afinación extraordinariamente estable y una pasmosa facilidad para marcar todas las agilidades a tempo, lo cual es bastante extraño para las voces graves, que suelen optar por ser grandes antes que precisas. En este caso fue al revés, muy acertadamente desde mi punto de vista.
A modo de justicia poética, el director hizo que, para la interpretación de esta aria, las cuatro violas se pusiesen en pie, ya que tienen una parte destacada, cosa bastante excepcional, pues en la escritura anterior al Romanticismo apenas recibían las migajas del relleno armónico y eran las primeras en desaparecer de la partitura a la más mínima restricción financiera. Crítica: «Orlando» les Arts
La sala, contra mi pronóstico, se encontraba prácticamente llena, y el cálido público valenciano se mostró complacido y afectuoso desde el principio, prorrumpiendo en aplausos a cada intervención y ovacionando en pie la caída del telón imaginario. Se le atribuye a Händel una frase que decía: “No pretendo entretenerlos, sino hacerlos mejores”, y mejores hemos salido a la calle, de eso estoy seguro; lo que no sé es cuánto dura la bondad en estos días nuestros.
Valencia (Palau de les Arts), 22 de marzo de 2026. Orlando de Händel (versión de concierto). Marc Minkowski, dirección musical. Aude Extrémo, Ana María Labin, Yuriy Mynenko, Alina Wunderlin, Edward Jowle. Les Musiciens du Louvre. Crítica: «Orlando» les Arts












