OW Crítica: Recital Orliński Biel Scala Por: Bernardo Gaitán
En un momento histórico en el que el canto barroco ha dejado de ser un terreno asociado a círculos relativamente reducidos de aficionados y especialistas para convertirse en una parte central de la programación de los grandes teatros internacionales, pocas figuras representan mejor esta transformación que Jakub Józef Orlińsk: El artista polaco ocupa hoy un lugar privilegiado dentro de este fenómeno. Para marcar su debut en el templo de la lírica italiana por excelencia, el Teatro alla Scala -y no solo se trataba del debut de Orliński, sino también del primer recital a piano dedicado a un contratenor en la historia del teatro-, se optó por una propuesta con una atmósfera alejada de cualquier espectacularidad innecesaria. Crítica: Recital Orliński Biel Scala

Su carrera ha trascendido las fronteras tradicionales del ámbito operístico, no solo por su indiscutible talento, sino también por su abrumador carisma, su capacidad para conectar con públicos de todas las edades y esa particular manera de rejuvenecer el género barroco. Su atractivo físico, unido a un aura de rockstar -o mejor dicho, de auténtica «Barrock Star»-, ha contribuido a consolidar una personalidad artística singular. Admirado por el público de los grandes teatros internacionales y convertido además en un verdadero fenómeno mediático, el cantante ha redefinido la imagen contemporánea del intérprete barroco. Su presencia escénica rompe los modelos convencionales: atleta, performer, cantante y figura capaz de establecer una conexión inmediata con audiencias muy diversas.
Importante y extraordinaria fue la presencia al piano de Michał Biel: compatriota, compañero artístico e incluso amigo personal del cantante desde hace años. La elección de realizar el recital con piano y no con una orquesta barroca fue particularmente inteligente: la desnudez del formato obligaba a centrar toda la atención en la voz, en la palabra y en la construcción expresiva del discurso musical. El propio programa revelaba una intención profundamente personal. Lejos de limitarse a un recorrido convencional por páginas barrocas, Orliński y Biel construyeron un itinerario que alternaba a Händel y Purcell con canciones polacas del siglo XX y del romanticismo tardío, muchas de ellas provenientes de algunos de sus últimos discos. Todo ello se desarrolló bajo una mirada introspectiva y una búsqueda constante de delicadeza expresiva. Pero naturalmente el principal interés de la velada residía en el canto de Orliński. Y precisamente allí apareció una personalidad vocal extraordinariamente singular dentro del panorama actual de los contratenores.
La voz de Orliński es pura, saludable y agradable; representa, en cierto modo, la idea de cómo debería sonar la voz de un contratenor. El timbre posee una belleza inmediatamente reconocible: suave, seductor, pero al mismo tiempo juvenil y fresco. No existe en él una necesidad constante de demostrar virtuosismo vocal, algo que a menudo termina convirtiéndose en un mero ejercicio de exhibición técnica. De cualquier modo, su registro agudo resulta imponentemente bello, las agilidades aparecen limpias y perfectamente colocadas, mientras que el registro grave -que correspondería aproximadamente al centro de un tenor- posee una belleza poco común. Su voz natural se percibe corpórea, varonil y agraciada: verdaderamente impresionante. Crítica: Recital Orliński Biel Scala

La afinación resultó irreprochable y la musicalidad alcanzó niveles verdaderamente extraordinarios. Cada frase aparecía cuidadosamente construida junto a Biel, pues era evidente esa complicidad tan difícil de encontrar en un dúo de voz y piano, una compenetración que ambos logran alcanzar de manera admirable. El pianista posee una sensibilidad estratosférica para el acompañamiento; está de más decir que jamás cubrió la voz del cantante. Cada línea melódica parecía respirar junto a Orliński con absoluta naturalidad y la articulación mantuvo una claridad ejemplar, sobre todo en las páginas más lentas. Particular impresión causaron suspianissimi, siempre sonoros y cargados de sentimiento. Entre ambos existe una complicidad artística evidente, construida a lo largo de años de trabajo compartido.
Las páginas de Händel ofrecieron quizá algunos de los momentos más representativos de su arte interpretativo. En Voi che udite il mio lamento y Un zeffiro spirò apareció una línea vocal sostenida con admirable control, donde el legato se desarrolló con absoluta elegancia. Más adelante, Coronato il crin d’alloro y especialmente Siam prossimi al porto permitieron apreciar nuevamente la precisión de la coloratura y una agilidad vocal siempre limpia, jamás exhibicionista. Purcell encontró en los intérpretes polacos unos intérpretes particularmente inspirados. Sweeter than Roses apareció impregnado de una delicadeza extraordinaria, mientras What Power art Thou permitió desplegar colores vocales más sombríos y una expresividad de carácter más introspectivo. Pero quizá las mayores sorpresas llegaron precisamente con las canciones polacas de Tadeusz Baird y Mieczysław Karłowicz. Allí desaparecía el intérprete barroco para dejar paso a una dimensión mucho más personal, patriótica y casi íntima. El vínculo lingüístico y cultural parecía generar una proximidad emocional especialmente intensa. En estas páginas emergieron matices melancólicos y una sensibilidad narrativa que otorgaron al recital una profundidad inesperada. Crítica: Recital Orliński Biel Scala

Antes de finalizar el programa con el esperado «Furibondo spira il vento» de Partenope de Händel, destinado inevitablemente a convertirse en uno de los momentos más brillantes de la velada, ofreció unas palabras al público, tal como hizo en distintos momentos del recital, siempre en un italiano impecable. Orliński se mostró natural, genuino y extraordinariamente cercano al público milanés: hizo bromas, enviaba corazones con las manos cuando recibía aplausos y mantuvo una relación espontánea y cálida con la sala. Durante ese breve discurso dejó entrever también una dimensión humana particularmente apreciable, además de la artística, al agradecer en primer lugar al Teatro alla Scala por la oportunidad de debutar, a Rolex por hacer posible la realización del concierto, a sus padres y a Solal Del Castillo, su representante. Un agradecimiento dirigido a personas infinitamente importantes que normalmente, quedan reducidas a una simple mención en el programa de mano y que aquí Orliński decidió llevar al primer plano.
En los encores, todos ellos cargados de una deliciosa musicalidad, las ovaciones crecían progresivamente. Pero el auténtico momento de apoteosis llegó con Strike the viol de Purcell, cuando inesperadamente, mientras el piano iniciaba su dinámica introducción, Orliński se lanzó al suelo para ejecutar algunas piruetas de su tradicional repertorio de breakdance. Naturalmente, el público respondió desencadenando aplausos y ovaciones incontrolables. Tras cinco encores llenos de emoción, los prolongados aplausos finales y una ovación de pie de todo el teatro pusieron fin a una efervescente velada que selló con rotundo éxito el debut del cantante polaco en la Scala.
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Milán (Teatro alla Scala), 7 de junio de 2026. Recital: Jakub Józef Orliński, contratenor.
Michał Biel, piano. Obras de G. F. Händel, H. Purcell, T. Baird, M. Karłowicz.













