OW Por José Antonio Lacárcel Crítica: «Pepita Jiménez» Teatro Zarzuela
El Teatro de la Zarzuela ha vuelto a poner en escena la ópera de Isaac Albéniz, con libreto original de Francis B. Money-Cooutts, Pepita Jiménez, basada en la novela de Juan Varela y con versión del libreto y de la música debida a Pablo Sorozábal. Esta obra ha atravesado, a lo largo de los años, una serie de vicisitudes, de cambios, de adaptaciones, que han influído, qué duda cabe,, en la posterior aceptación por parte del público, de una obra que en sí misma es interesante y tiene unos valores que no podemos obviar y que no siempre calan en el espectador.

Empecemos con el argumento. No comprendo qué vieron tanto Albéniz como Money Cooutts en la narración de Juan Valera para querer llevarla al teatro y para ponerle música. La obra del escritor cordobés es algo más que una amable narración. Es un interesante estudio psicológico de las dos personas en torno a las cuales se desarrolla toda la trama: la atractiva viuda Pepita y el joven seminarista Luis de Vargas. Valera se adentra en el estudio de las dos almas, de los dos jóvenes que se encuentran en una situación un tanto insólita- no tanto como nos hace ver el libreto de la ópera- ya que de un lado está el amor divino que creía sentir el joven Luis y de otro lado, potente, fuerte y avasallador, el amor humano encarnado por la bella mujer y que acaba calando en el ánimo, no muy seguro, del aspirante al sacerdocio. Valera traza con exquisita finura un acertado retrato de dos almas que necesariamente van a acabar uniéndose y para ello emplea en la primera parte de la novela el estilo epistolar donde el joven seminarista escribe a su director espiritual y va contando cada una de las situaciones por las que atraviesa hasta llegar al inevitable desenlace que se producirá en la segunda parte de la novela, mucho más dinámica, menos introspectiva, donde la acción es muy importante. Y en Valera el final es feliz y lógico, muy acorde con su visión optimista de la vida. En cambio, la versión del maestro Sorozábal tiene un final dramático, muy rebuscado y poco convincente, muy en la línea de algunas óperas veristas. Por tanto, Pepita Jiménez en cuanto a libreto está inspirada en la obra de Juan Valera pero difiere mucho, muchísimo en su desarrollo operístico hasta el punto de que resulta irreconocible salvo en el enfrentamiento de los dos amores que, en la novela, será alegre y en la ópera versionada por Sorozábal, desembocará en tragedia. Si a todo esto añadimos la gran cantidad de traducciones y adaptaciones del libreto, las distintas versiones hasta llegar y culminar en la de Sorozábal, hay que convenir en que Pepita Jiménez es una obra que presenta no pocos problemas para ponerla en escena y que el público llegue a identificarse con lo que pasa en el escenario.

La música, en verdad, es muy hermosa en muchos momentos. Resulta difícil distinguir hasta donde llega Albéniz y dónde está Sorozábal. El maestro vasco trató con primoroso interés todo el material que venía desde los comienzos llevados a cabo por el gran gerundense. Sorozábal es un músico de una sólida formación, un gran orquestador, un hombre volcado en la música escénica. Conoce el medio, lo domina y siempre sale airoso. Aquí perfila y define las melodías y lleva a cabo una orquestación realmente espléndida. Y con estos mimbres se representó en la tarde del domingo 5 de octubre, con una muy buena entrada en el teatro y un ánimo que se fue enfriando conforme avanzaba la representación. Escénicamente yo me esperaba muchos mejores resultados de la maestría de Giancarlo del Mónaco y de la escenografía de Daniel Bianco. Había que luchar con la pobreza teatral del libreto, de la acción demasiado estática y se recurrió a una serie de elementos que tampoco alcanzaron el nivel que cabía esperar de la profesionalidad y categoría de los antes mencionados. Crítica: «Pepita Jiménez» Teatro Zarzuela

Pero quedaba la música y ahí se dieron cita los claroscuros, la grisura de unas interpretaciones que a juicio del que esto firma, fueron francamente mejorables. Sí sonó y muy bien la Orquesta de la Comunidad de Madrid, dirigida por un afortunado Guillermo García Calvo, si bien en los primeros momentos hubo un cierto desajuste, una utilización demasiado forte del elemento orquestal con lo que las voces quedaban apagadas. Pero eso fue solamente al principio. Después la maestría de García Calvo se puso bien de manifiesto, con una excelente lectura de la partitura y sacando el máximo partido tímbrico de una orquestación que entiendo era muy afortunada. Supo brillar y además el director llevó con mucho acierto y excelente pulso toda la representación. Pienso con toda sinceridad que fue lo mejor de toda la noche: la labor de la orquesta y la dirección de la misma. Por su parte el Coro Titular del Teatro de la Zarzuela estuvo a buen nivel a pesar del poco protagonismo que tiene en esta versión. Una vez más, Antonio Fauró dejó patente su buen hacer y excelente oficio. Crítica: «Pepita Jiménez» Teatro Zarzuela

Y los cantantes, ah, los cantantes. Lamento decir lo que pienso pero no tengo más remedio que señalar que salí muy decepcionado de la interpretación que llevaron a cabo. Y me temo que no fui el único, sino que todo el público quedó con ese mismo sentido decepcionado, lo que se puso especialmente de manifiesto, ante los corteses pero muy fríos aplausos al fina de la representación. Ángeles Blancas intentó defender su personaje pero creo que no le acompañó el éxito. A pesar de su bien probada calidad vocal creo que sobreactuó dando vida a Pepita, primando un intenso dramatismo sobre cualquier otra consideración. Tiene que atacar con mucha frecuencia el registro agudo que resultó falto de algo tan importante como es la musicalidad. Junto a ella el tenor Leonardo Caimi (Luis) tampoco tuvo una noche especialmente afortunada. Su timbre de ligero contribuyó a que su intervención se diluyera un tanto sin que llegara a alcanzar la dimensión dramática que esta versión le exige. No es que cantara mal, es simplemente que estuvo en este tono gris, ausente de brillantez, de prácticamente todo el elenco. Cristina Faus (Antoñona) cumplió con su secundario papel así como Rodrigo Esteves (Don Pedro de Vargas) y el siempre convincente Rubén Amoretti (el Vicario) que defendió como pudo un personaje no del todo bien trazado. Pablo López en el desairado papel del Conde de Genazahar estuvo en la línea de discreción de todos los otros intérpretes. Y sin problemas Josep Fadó y Iago García Rojas en sus secundarios papeles.
En fin, lo gris pareció apoderarse del escenario de la Zarzuela en la tarde del domingo. Una tonalidad gris, tibia, sin garra y que tuvo una fría respuesta del público.
Madrid (Teatro de la Zarzuela), 5 de octubre de 2025 Pepita Jiménez
Dirección musical: Guillermo García Calvo. Director de escena: Giancarlo Del Monaco.
Elenco: Ángeles Blancas, Leonardo Caimi, Cristina Faus, Rodrigo Esteves, Rubén Amoretti, Pablo López, Josep Fadó.













