Crítica: Recital de Marianne Crebassa en Madrid

OW   Por Federico Figueroa

El regreso de la mezzosoprano Marianne Crebassa al Ciclo de Lied del CNDM en coproducción con el Teatro de la Zarzuela confirma su consolidación en el circuito internacional. El programa, articulado en torno a un eje franco-hispano con incursión germánica —de Claude Debussy a Gustav Mahler, pasando por Manuel de Falla—, ofrecía un terreno fértil para evaluar sus capacidades estilísticas y expresivas.

Uno de los aspectos más unánimemente reconocidos es la inteligencia musical de Crebassa. Su dominio del estilo y la capacidad para diferenciar lenguajes —de la mélodie francesa al Lied germánico— constituyen una de sus principales virtudes. En este sentido, su interpretación se caracteriza por una evidente conciencia del texto y del fraseo, así como por un control técnico que le permite moverse con soltura en repertorios diversos. La emisión, generalmente segura, se apoya en un fiato bien administrado y en una gama dinámica trabajada con criterio, lo que se traduce en reguladores eficaces y en una expresividad que busca ser explícita con un oscurecimiento de la voz un tanto artificial.

Marianne Crebassa y Alphonse Cemin / Foto: Elvira Megías

La contención que en autores como Debussy puede resultar adecuada tiende en ocasiones a situar la interpretación en un territorio ambiguo, a medio camino entre la introspección liederística y un lirismo de mayor proyección operística. Así, la expresividad parece convincente aunque no necesariamente conmovedora. En el plano estrictamente vocal la cantante francesa muestra solidez en el centro y la buena colocación del agudo, con un color de la voz no especialmente singular pero sí seductor.

En las Siete canciones populares de De Falla, la dicción y la claridad del texto no siempre alcanzaron el grado de precisión deseable. Sin embargo la cantante “se las sabe todas”, en el sentido de dominar los recursos técnicos y estilísticos, pero ese conocimiento no siempre se traduce en una encarnación plenamente orgánica del repertorio. Con todo, sería injusto obviar los logros de la velada. En los momentos más inspirados —especialmente en páginas donde la sutileza y la concentración son esenciales, en las piezas de Fauré y Debussy— Crebassa despliega un canto refinado, de gran musicalidad, capaz de crear atmósferas sugerentes y de sostener el discurso con autoridad. Su presencia escénica, sobria pero efectiva, refuerza esa impresión de artista seria, aplicada y profundamente consciente de su oficio.

Marianne Crebassa y Alphonse Cemin / Foto: Elvira Megías

Mención aparte merece la colaboración del pianista Alphonse Cemin, cuya labor contribuye de manera decisiva a la coherencia del recital. En un género donde el equilibrio entre voz y piano resulta crucial, el acompañamiento no se limita a una función subordinada, sino que dialoga activamente con la línea vocal, enriqueciendo la paleta expresiva del conjunto. En definitiva, el recital de Marianne Crebassa confirma a una intérprete de indudable solvencia técnica e inteligencia musical, capaz de ofrecer lecturas cuidadas y estilísticamente informadas. Las «propinas» (las Seguidillas de Carmen y una pieza de Duparc) también pusieron en relieve ciertas limitaciones en términos de personalidad vocal y de profundidad expresiva.


Madrid (Teatro de la Zarzuela), 4 de abril de 2026.  XXXII Ciclo de Lied. Marianne Crebassa, mezzosoprano. Alphonse Cemin, piano. Obras de Debussy, Fauré, Mahler y Falla.