OW Crítica: «Roméo Juliette» Teatro Real Por Federico Figueroa
El regreso de la ópera Roméo et Juliette, de Charles Gounod, al Teatro Real constituía uno de los acontecimientos líricos más esperados de la temporada lírica madrileña. Ausente de su escenario desde hacía más de un siglo, resulta difícil explicar que una partitura tan emblemática del repertorio francés haya permanecido al margen de la programación del teatro hasta hoy, transcurridos casi treinta años desde su reapertura.
La producción que llega al Real procede de la Ópera de París y está firmada por Thomas Jolly, y que el teatro ha dedicado a la memoria de Alfredo Kraus, se ha estrenado en Madrid con luces y sombras. El espectáculo, de gran impacto visual y musical, se ha saldado con una marcada división de opiniones. Desde el punto de vista vocal, la representación encontró su principal fortaleza en la pareja protagonista. Nadine Sierra construyó una Juliette de extraordinaria riqueza expresiva. Frente a ella, Javier Camarena ofreció un Roméo musicalísimo y estilísticamente irreprochable. En el foso el maestro Carlo Rizzi ofreció una versión eficaz y sólida, aunque quizá menos seductora de lo deseable.

La soprano estadounidense en su célebre «Ah! Je veux vivre» combinó brillantez técnica, frescura juvenil y una inesperada inocencia que evitó cualquier exhibicionismo superficial. A lo largo de la obra fue trazando una evolución dramática convincente, desde la ligereza inicial hasta la intensidad trágica de la escena de la pócima, culminando en un último dúo de gran emotividad. Su canto, sostenido por una proyección generosa y una línea siempre elegante, constituyó el gran triunfo de la noche, imponiéndose a una propuesta escénica que, en los dos grandes momentos de exhibición en solitario de Juliette, pareciera que fue deliberadamente ideada para lo contrario. Por su parte el tenor mexicano suma al refinamiento de los reguladores y la nobleza del fraseo confirmaron a un intérprete afín al repertorio romántico francés. Aunque algunos momentos de mayor exigencia heroica evidenciaron una cierta falta de brillo en el forte, compensó ampliamente esta circunstancia con sensibilidad dramática y una construcción del personaje llena de humanidad. Crítica: «Roméo Juliette» Teatro Real
El nivel de los personajes secundarios fue igualmente notable. Roberto Tagliavini aportó autoridad y calidez a Frère Laurent, mientras que la veteranía de Sonia Ganassi dotó a Gertrude de una relevancia inhabitual gracias a su presencia escénica y a la calidad de su emisión. Muy destacados estuvieron también la mezzosoprano Héloïse Mas, un Stéphano fresco y expresivo, el Mercutio de Benjamin Appl y el intenso Tybalt de Maciej Kwaśnikowski. Más irregular resultó el Capulet de Laurent Naouri, cuya caracterización no alcanzó siempre la misma solidez dramática. Brillante estuvo asimismo el Coro Titular del Teatro Real, preparado por José Luis Basso, protagonista de algunas de las páginas más espectaculares de la velada.

En el foso, Carlo Rizzi dirigió con solvencia y una pizca de compromiso teatral. Su lectura mostró claridad estructural, apoyándose en una Orquesta Titular del Teatro Real de magnífico rendimiento. Sin embargo, varios momentos dejaron la impresión de que faltaba esa refinada sensualidad tímbrica, ese perfume melódico tan característico del romanticismo francés y escasa atención al impulso dramático. Ya al inicio de la segunda parte el maestro Rizzi recibió abucheos.
La propuesta escénica de Thomas Jolly fue, sin duda, el elemento más discutido de la producción. Su eje visual, una monumental reproducción de la escalinata del Palais Garnier instalada sobre una plataforma giratoria, constituyó un hallazgo de gran eficacia teatral. Gracias a una compleja concepción espacial, del escenógrafo Bruno de Lavenère y al trabajo lumínico de Antoine Travert, el dispositivo permitía crear con fluidez los diferentes ámbitos de la acción: el palacio de los Capuleto, las calles sombrías de Verona, la celda de Frère Laurent o la cripta final.

Sin embargo, la espectacularidad acabó convirtiéndose en un arma de doble filo. El despliegue de figuración, vestuario y efectos visuales rozó, y traspasó en ocasiones, la saturación generando una sensación de exceso que distraía de la esencia íntima del drama. Particularmente controvertido fue el uso de una iluminación extremadamente agresiva, que llegó a deslumbrar a parte del público y provocó protestas durante la representación que se prolongaron al final de la misma, con gritos e insultos que iban subiendo de tono.
Algunas ideas escénicas —como la ceremonia nupcial desarrollada sobre una embarcación o determinados elementos coreográficos de estética televisiva— oscilaron entre la sugestión poética y el capricho visual. Por momentos nos sentimos transportados a un teatro de musicales (varias referencias a El fantasma de la ópera) y en otros a un plató de «Noche de Fiesta» (el desaparecido show del presentador José Luis Moreno) sin ahorrarse toques rayanos en lo cursi, como los besos atrapados en el aire que se lanzan los jóvenes enamorados.

No obstante, sería injusto reducir la propuesta a sus excesos. Jolly logró momentos de gran belleza teatral: el encuentro de los amantes, las escenas de esgrima, la visión onírica que acompaña a la toma de la pócima o el desenlace final demostraron una notable capacidad para renovar la mirada sobre la obra sin traicionar su espíritu romántico. Frente a muchas reinterpretaciones contemporáneas que fuerzan el sentido original de las obras, esta producción mantuvo intacta la dimensión emocional y narrativa del drama shakespeariano.
En conjunto, este Roméo et Juliette se impuso como un espectáculo de gran envergadura artística y técnica, sostenido por una pareja protagonista excepcional y por unos conjuntos musicales de alto nivel. La propuesta escénica de Thomas Jolly, tan imaginativa como excesiva, dividió al público entre la admiración y el rechazo, convirtiendo la función en una de esas noches que permanecen en la memoria precisamente porque suscitan debate. Quizá no fue una representación perfecta, pero sí una de esas ocasiones infrecuentes en las que la ópera vuelve a demostrar su capacidad para emocionar, deslumbrar y provocar discusión a partes iguales. Crítica: «Roméo Juliette» Teatro Real
Madrid (Teatro Real), 27 de mayo de 2026. Roméo et Juliette Ópera en cinco actos. Música: Charles Gounod. Libreto: Jules Barber y Michel Carré, basado en la tragedia «Romeo y Julieta» (1597) de William Shakespeare.
Elenco: Nadine Sierra, Javier Camarena, Roberto Tagliavini, Benjamin Appl, Héloïse Mas, Laurent Naouri, Maciej Kwasnikowski, Sonia Ganassi, David Lagares, Tomeu Bibiloni, Josep-Ramón Olivé, Pablo Martínez, Javier Castañeda, Laura Suárez, Elena Castresana, Bartomeu Guiscafré.













