Crítica: Sinfonía «Resurrección» de Mahler en el Carnegie Hall. Ying Fang y Joyce Didonato

 Por Carlos J. López Rayward

Asistir a la Sinfonía n.º 2 “Resurrección” de Gustav Mahler en el Carnegie Hall tiene siempre carácter de gran acontecimiento. Fue precisamente en esta sala donde el propio Mahler dirigió el estreno estadounidense de la obra, y la memoria de aquel concierto parece aún flotar en el aire cuando una gran orquesta se dispone a afrontar esta catedral sonora. Con The Philadelphia Orchestra bajo la dirección de su director musical Yannick Nézet-Séguin, el público de Nueva York acudía a una de esas veladas ineludibles que prometen una experiencia casi mística.

En unas semanas en las que el director canadiense aborda también las representaciones de Tristan und Isolde de Wagner en el Met, resulta interesante observar su desempeño al frente de una orquesta distinta, en otra obra que requiere gran sabiduría y hondura artísticas.

The Philadelphia Orchestra bajo la dirección de Yannick Nézet-Séguin en el Carnegie Hall. Foto: Chris Lee
The Philadelphia Orchestra bajo la dirección de Yannick Nézet-Séguin en el Carnegie Hall. Foto: Chris Lee

El primer movimiento de la Segunda de Mahler, Allegro maestoso, sonó en manos de Nézet-Séguin rotundo y sentido. El director mostró desde el primer compás un pulso dramático claro, eficaz en la articulación de los grandes bloques sonoros. La orquesta respondió con potencia y densidad tímbrica, cualidades que siguen siendo señas de identidad del conjunto de Filadelfia. La arquitectura del movimiento quedó bien delineada, con momentos de verdadera tensión trágica, con un final sobrecogedor donde la orquesta apuró la línea al límite.

El Andante moderato comenzó de forma más dubitativa. Durante los primeros compases se percibió cierta falta de cohesión y claridad en el tejido orquestal, como si el discurso aún estuviera buscando su centro de gravedad. Sin embargo, el director terminó encontrando el camino: el fraseo se aclaró, y emergieron pasajes de notable imaginación sonora que resaltaron el carácter evocativo del movimiento. Agradecemos el tempo ágil y decidido del director, que dio uniformidad a la sinfonía sin perder rigor musical.

El Scherzo puso en evidencia, empero, que la orquesta no atravesaba su noche más fina. Pese a la concentración de los músicos y el orden en el podio, escuchamos pequeños errores en los metales y un sonido orquestal cambiante que no transmitía la sensación de seguridad de otras ocasiones. El carácter grotesco y circular del movimiento apareció, sí, pero con un pulso menos firme del deseable.

En este punto de la velada se hizo especialmente evidente una cuestión interpretativa más profunda: la aproximación de Nézet-Séguin a Mahler. El director, fiel a su estética posmoderna y algo descreída, parece encontrar mayor placer en la belleza inmediata de la partitura que en la exploración de sus verdades espirituales más hondas. El resultado es una lectura por momentos deslumbrante y de gran atractivo sonoro, pero que en ocasiones se queda en la superficie del discurso filosófico que sostiene la obra.

The Philadelphia Orchestra bajo la dirección de Yannick Nézet-Séguin en el Carnegie Hall. Foto: Chris Lee
The Philadelphia Orchestra bajo la dirección de Yannick Nézet-Séguin en el Carnegie Hall. Foto: Chris Lee

La aparición del Philadelphia Symphonic Choir elevó considerablemente el nivel artístico de la velada. Su intervención fue magnífica: profundidad sonora, dicción clara y una prosodia cuidadosamente trabajada. La masa coral ofreció una propuesta seria y equilibrada, plenamente a la altura del monumento sinfónico-coral mahleriano.

En el Urlicht, Joyce DiDonato ofreció uno de los momentos más logrados de la noche. Cantó con enorme abandono expresivo, creando una atmósfera de profunda intimidad. La mezzo estadounidense demostró una vez más su refinado sentido estilístico y su capacidad para frasear con delicadeza extrema. Es cierto que el centro de la voz suena hoy algo más mate que en otros tiempos, pero el gusto musical y la inteligencia interpretativa permanecen intactos. Bellísimos resultaron, además, los diálogos con el violín del concertino David Kim, de gran sensibilidad y en plena conexión con el texto.

En Aufersteh’n final brilló con especial intensidad la soprano Ying Fang, cada vez más consolidada como una de las voces líricas más elegantes de su generación. Su línea de canto, dulcísima y perfectamente presentada, se expandió con naturalidad hacia el registro agudo, dominando con facilidad el gran aparato orquestal y coral. Su emisión luminosa y su musicalidad impecable aportaron una dimensión verdaderamente trascendente al clímax final.

Ying Fang y Joyce DiDonato en el Carnegie Hall. Foto:Chris Lee
Ying Fang y Joyce DiDonato en el Carnegie Hall. Foto:Chris Lee

El Finale alcanzó momentos de gran espectacularidad sonora, incluso sin contar con el prescriptivo órgano. Hubo, no obstante, instantes algo estruendosos, con una línea orquestal casi desbordada y atronadora que apabullaba al espectador. Sin embargo, ese impacto parecía en ocasiones desconectado del trasfondo existencial de la obra: la reflexión sobre la vida, la muerte y la redención.

Ahí reside quizá la principal limitación de la lectura de Nézet-Séguin. Su Mahler impacta, seduce e incluso deslumbra, pero rara vez parece penetrar en la dimensión espiritual que convierte esta sinfonía en una experiencia verdaderamente transformadora. Su mensaje termina resultando acaso algo hueco, más efectista que revelador.

Y, sin embargo, la Segunda de Mahler posee una fuerza que trasciende cualquier interpretación concreta. Su glorioso final vuelve siempre a tocar el corazón del oyente y a elevar el espíritu. Escucharla con una gran orquesta como The Philadelphia Orchestra en una sala cargada de historia como el Carnegie Hall sigue siendo, pese a los pequeños reparos mencionados, una experiencia musical memorable.

OW 


★★★★☆

Carnegie Hall, a 10 de marzo de 2026. The Philadelphia Orchestra dirigida por Yannick Nézet-Séguin. Ying Fang, soprano. Joyce DiDonato, mezzo-soprano.