La Metropolitan Opera de Nueva York pone el punto final a las seis representaciones de Die Frau ohne Schatten de Richard Strauss, una obra monumental tanto en su concepción como en su ejecución. Con la dirección musical de Yannick Nézet-Séguin y en la interesante producción de Herbert Wernicke, estrenada en 2001 y revivida con inteligencia por J. Knighten Smit, el Met ha conseguido llenar el teatro cada noche. Un gran éxito teniendo en cuenta la casi inabarcable oferta de entretenimiento disponible estos días en Nueva York.

La producción: la ironía mágica de Wernicke
La visión escénica del controvertido y legendario director de escena alemán Herbert Wernicke sigue siendo un marco ideal para la ambigüa complejidad de Die Frau ohne Schatten. Los dramáticos cambios de atmósfera y la iluminación abstracta, que separan el mundo mágico de los emperadores de la mundanal fábrica del tintorero, crean también un paisaje visual que complementa, y por momentos eclipsa, la interpretación musical.
Especialmente efectiva fue la representación de la morada de Barak y su esposa, un espacio que llenaba el amplo escenario del Met pero que se sentía tan opresivo como íntimo, en contraste con la fría magnificencia del mundo espiritual, que mediante el juego de luces y espejos, resulta deslumbrante y ambigüo. Todo ello impregado por la sutil ironía de Wernicke, muy criticado por su visión ecléctica, pero hoy añorado y admirado por muchos.
Una dirección musical polarizadora
El director de orquesta canadiense Yannick Nézet-Séguin, al frente de la inmensa orquesta del Met, ofreció una lectura técnicamente sólida pero emocionalmente distante. Su estilo personalista y posmoderno, con énfasis en detalles texturales y en la brillantez de los colores orquestales, produjo momentos aislados de gran belleza, como los interludios y el clímax final.

Strauss exige una orquesta descomunal, y Nézet-Séguin la dirigió con mucha solvencia, equilibrando la densidad sonora con momentos de gran delicadeza. Sin embargo, en general, su dirección no logró conectar con el alma mística y psicológica de la obra. Faltó la trascendencia espiritual que debe impregnar los momentos clave, y las transiciones entre los mundos —el espiritual, el humano y el simbólico— carecieron de la fluidez necesaria para cohesionar el complejo tejido narrativo de la ópera.
El violinista David Chan y el violonchelista Rafael Figueroa brillaron en sus solos, añadiendo un lirismo conmovedor al entramado sonoro. Ambos recibieron una merecida ovación al final de la ópera.
Un elenco vocal con más luces que sombras
El elenco principal afrontó los descomunales retos de Strauss, fungiendo al un gran nivel, aunque con resultados desiguales. En el centro de la producción, Elza van den Heever brilló como la Emperatriz, ofreciendo una actuación espléndida en lo vocal, cargada de musicalidad y profundo compromiso dramático. Sus límpidos ataques en la zona aguda y una línea vocal que no tuvo problemas para sobrepasar el foso y llenar el Met le valieron un triunfo incontestable.
Por su parte, Nina Stemme fue un torbellino vocal y dramático en su reaparición metropolitana el papel de la Ama. Con un registro grave resonante y una intensidad que llenó cada rincón del teatro, Stemme ofreció una actuación magnífica, aunando miel y esquilo en la voz. Su poderosa presencia y su dominio absoluto de la línea vocal captaron la dualidad del personaje, que oscila entre la manipulación y el anhelo desesperado. Sobresaliente.

Michael Volle, como Barak, fue el corazón humano de la obra. Su barítono rico y cálido, en una línea noble y asertiva, transmitió empatía y resignación con una autenticidad conmovedora. En particular, sus escenas con Lise Lindstrom, la Esposa de Barak, cargadas de tensión emocional, fueron un ejemplo de cómo la simplicidad de un personaje puede adquirir una profundidad épica cuando está en las manos adecuadas. La voz de Volle nos llega en un sonido menos terso que en apariciones anteriores, menos tersa, pero la línea es tan bella y musical que hace olvidar esos detalles.
Russell Thomas, como el Emperador, no alcanzó las alturas heroicas que demanda su papel. Su actuación, aunque sincera, estuvo marcada por los agudos apretados y una falta de color en el timbre, que hicieron que su gran escena en el segundo acto careciera del impacto emocional que Strauss escribió para este momento crucial.
Por su parte, Lise Lindstrom, en el papel de la Esposa de Barak, mostró una gran entrega escénica, y cuajó una actuación muy creíble. Aunque su timbre es amable y su interpretación emocional fue evidente, su registro agudo sonó frecuentemente forzado y estridente, acercándose peligrosamente al grito en los momentos más exigentes. Esto le restó matices a un personaje que debe equilibrar la furia con la vulnerabilidad.
Mención especial merece el bajo Ryan Speedo Green, quien como Mensajero de los Espíritus dejó una impresión indeleble con su voz rica y autoritaria.

El coro, dirigido por Tilman Michael, aportó una dimensión espiritual más bien comedida. Las voces de los niños no nacidos, representadas en esta ocasión por seis mujeres, añadieron un toque etéreo, algo desdibujado en la propuesta de Nézet-Séguin, pero que sonó como un eco de esperanza y posibilidad en medio de las tensiones del drama.
Conclusión
Esta Die Frau ohne Schatten ofreció un caleidoscopio de experiencias: momentos de profunda belleza vocal y dramática, pero también una cierta desconexión entre el podio y el escenario. Si bien el trío central de Van den Heever, Stemme y Volle sostuvo la obra con interpretaciones de gran altura, la dirección de Nézet-Séguin dejaron un regusto agridulce.
Aun así, la monumentalidad de la partitura de Strauss y la riqueza visual de Wernicke aseguran una experiencia inolvidable para el público del Met, que ha llenado su enorme sala pese a las innumerables alternativas disponibles en la ciudad que nunca duerme.
Metropolitan Opera de Nueva York, a 19 de diciembre de 2024. Die Frau ohne Schatten, ópera en tres actos con música de Richard Strauss y libreto en alemán de Hugo von Hofmannsthal.
Dirección Musical: Yannick Nézet Séguin. Orquesta y coro de la Metropolitan Opera (director del coro: Tilman Michael). Director de escena, escenografía, vestuario e iluminación: Herbert Wernicke, Director del revival: J. Knighten Smit.
Reparto: Nina Stemme, Ryan Speedo Green, Russell Thomas, Elza van der Heever, Michael Volle, Jessica Faselt, Thomas Capobianco, Aleksey Bogdanov, Scott Conner, Lise Lindstrom, Susanne Burgess, Kathryn Henry, Hannah Ludwig, Ryan Capozzo.
Violín solista: David Chan. Chelo solista: Rafael Figueroa.













