Crítica: «Turandot» en la Ópera Nacional de México

Por Manuel Yrízar

Antes de morir de cáncer de laringe Giacomo Puccini viajó a Bélgica para tratar de salvar la vida. No lo logró. Al hospital de Bruselas llevó sus papeles pautados para tratar de terminar Turandot. Murió sin hacerlo y su última ópera quedó inconclusa. Y así seguirá siempre. Esto sucedió hace cien años; murió el 29 de noviembre de 1924. Y en el aniversario 90 del Palacio de Bellas Artes, este 2024, se recuerda lo acontecido con cuatro funciones de la ópera de Puccini. Es muy conocida la anécdota de que su alumno Franco Alfano la completó. Hizo lo que pudo. Pero muchos no quedaron satisfechos. Entre ellos el director Arturo Toscanini, que, en el estreno mundial en la Scala de Milán, dejo de dirigir en la escena de la muerte de Liú con estas palabras: “El maestro escribió hasta aquí, y aquí termina la función”. Y hasta ahí llegamos en estas funciones.

Una escena de «Turandot» en la producción de la Compañía Nacional de Ópera de México / Foto: Aldo Vargas

Mucho éxito tuvo y sigue teniendo Turandot desde entonces pues la obra reúne ya en sí misma una síntesis del último romanticismo del siglo XIX y las innovaciones wagnerianas que el compositor de Lucca aprendió y puso en práctica, además de la moderna manera de orquestar y componer ya en el siglo XX. En el manejo vocal continúa con el Bel canto pleno de dificultades y con hermosas melodías que alucinan a los oyentes. Es indudablemente el último de ese estilo. Cien años lleva ya y es una de esas obras que siempre dejan algo importante en el espectador que no sale indiferente de esa historia de amor fantasioso en lugares exóticos y lejanos y en un tiempo que solo existe en la imaginación y la fantasía. Funciones maravillosas y legendarias, cantantes consagrados como los mejores de sus cuerdas, la lista es interminable y todos tenemos nuestros favoritos, como también las hay pretenciosas y muy malas, otras pésimas y decepcionantes, las regulares hasta llegar a las verdaderamente malas y mediocres. De todo hay en la viña de la Princesa de Hielo.

La que aquí reseñamos no ha sido una de las mejores ni de las peores. Diremos por qué. La producción carece de un concepto sólido que lo sostenga plenamente. La lectura que de ella hacen el director de escena tiene aciertos como muchas patas que cojean. Mucho insistimos en ver si se logra o no el equilibrio entre teatro y música. En este caso, por tratarse de una orquesta grande, nutrida y poderosa, un coro del mismo calibre y una dotación de comparsas, bailarines, figurantes, se necesitan igualmente voces solistas grandes y poderosas que puedan traspasar esa barrera y llegar a la sala con proyección y credibilidad. No las hubo. Esto obliga al director concertador a ajustarse a esos instrumentos vocales y “ayudarlos” bajando el volumen y cuidar de que “se escuchen” en toda la sala, por eso se habla de voces de primera… ¡fila¡. Solo ahí se escuchan.

Una escena de «Turandot» en la producción de la Compañía Nacional de Ópera de México / Foto: Aldo Vargas

Concretando nuestro comentario: los directores, musical y de escena, tuvieron que sujetarse a ese elenco seleccionado. La orquesta fue dirigida por el experimentado y veterano de mil batallas Enrique Patrón de Rueda quien está celebrando 45 años de su debut en este teatro muy querido para él. Las vicisitudes de la vida y la política lo alejaron algunos años a donde retorna vencedor. La escena se le encargó al hispano-mexicano Ignacio García quien tuvo que librar serias dificultades: la primera la escenografía, que más bien era una “escalografía”, una serie de escalones que llenaban todo el foro durante los tres actos, en los cuales cuando intervienen todos los numerosos participantes le dieron problemas de tránsito y necesidad de cubrir el espacio escénico amontonándolos o dejándolos estáticos o atorados en sus intervenciones. El coro del teatro lo dirigió Jorge Alejandro Suárez como huésped, pues no tienen un titular desde hace mucho tiempo. También se contó con la participación del Grupo Coral Ágape dirigido por Carlos Alberto Vázquez.

Una escena de «Turandot» en la producción de la Compañía Nacional de Ópera de México / Foto: Aldo Vargas

Los cantantes principales fueron Othalie Graham, soprano canadiense con experiencia en el personaje protagónico de Turandot, quien esta ocasión adoleció de los registros central y grave, sin apoyo ni proyección, con agudos tipludos y muy delgados que se convertían en gritos poco agraciados en los finales de sus arias y en los concertantes. No estuvo en su mejor tarde. En el personaje de Calaf estuvo Héctor López, experimentado tenor mexicano, quien enfrentó a un peso pesado con corrección lírica, pero sin la voz que pide el personaje ni la personalidad requerida. En el aria que todos quieren oír no dio el agudo tradicional y nadie lo aplaudió como es costumbre. La soprano mexicana Leticia de Altamirano dio vida a una entrañable Liú quien al final fue la artista más ovacionada del reparto, que completaron el bajo Jesús Ibarra como Timur, el barítono Hugo Barba (Ping), el tenor Gerardo Rodríguez (Pang), el tenor José Luis Gutiérrez (Pong), el tenor Álvaro Anzaldo, (Altoum / Príncipe persa), el barítono Alejandro Paz (Un mandarín), el actor  Omar Betancourt, (Pu-Tin-Pao). Participó el Coro y la Orquesta del Teatro. Crítica: «Turandot» Ópera México

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23 de junio de 2024, Ciudad de México (Palacio de Bellas Artes) Turandot

Ópera con música de Giacomo Puccini. Versión original al estreno mundial del 25 de abril de 1926, bajo la dirección de Arturo Toscanini, en el Teatro alla Scala de Milán.

Reparto: Othalie Graham, Héctor López, Leticia de Altamirano, Jesús Ibarra, Hugo Barba*, Gerardo Rodríguez*, José Luis Gutiérrez*, Álvaro Anzaldo, Alejandro Paz*,  Omar Betancourt, Orquesta y Coro del Teatro de Bellas Artes con la participación del Grupo Coral ÁGAPE.

Director musical: Enrique Patrón de Rueda                                           Dirección de escena: Ignacio García

*Beneficiarios del Programa de Residencias Artísticas en Grupos Estables del INBAL.

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