OW Por Natan González
Werther, la obra maestra de Jules Massenet basada en la novela de Johann Wolfgang von Goethe, regresa a la temporada de ABAO-Bilbao Opera tras doce años de ausencia (cuando, en 2014, contamos con los hermanos Alagna en unas remarcables funciones), siendo además el único de los cinco títulos de la temporada cuyo libreto no está escrito en italiano. Por desgracia, por diferentes motivos, estas nuevas funciones no han alcanzado un nivel tan destacable como aquellas.

La escenografía de Tiziano Santi se antoja un tanto minimalista para las grandes dimensiones del escenario del Euskalduna, reduciéndolo a pequeñas habitaciones que por momentos —especialmente en el primer acto— recordaban a alguna sitcom americana. Estéticamente, la escena más lograda fue la del tercer acto, con esa biblioteca que llegaba hasta el techo a dos aguas y que haría morir de envidia a cualquier bibliófilo. La dirección escénica de Rosetta Cucchi pecó de cierto histrionismo, especialmente con Sophie, a la que obligaba incluso a ponerse cabeza abajo en un sillón. Quería jugar con la idea de un Werther soñando lo que podría haber sido su vida con Charlotte, confiando para ello en una pareja de figurantes que representaba ese ideal anhelado por el protagonista. En este sentido, hubo ideas originales, como la aparición de un hijo o la pareja ya anciana en el cuarto acto. Sin embargo, escenas como el protagonista cantando el “J’aurais sur ma poitrine” mientras se pasea entre un grupo de figurantes y la pareja formada por Charlotte y Albert, que lo ignoran completamente —como si Werther fuera más un fantasma que un ser humano—, o la del propio Werther contemplando algunas escenas desde su sillón en la parte delantera derecha del escenario, distraían en exceso. Más que correcta la iluminación de Daniele Naldi, que debía centrarse siempre en la pequeña porción del escenario en la que transcurría la acción en cada momento.
La Orquesta Sinfónica de Bilbao sonó más dramática que lírica en manos de Carlo Montanaro. El director cuidó mucho el volumen, evitando tapar las voces, pero se quedó algo falto de brillo. Tras una primera parte de tempi más o menos rápidos, la segunda mitad resultó excesivamente lenta, alargando innecesariamente la duración de la función. Hubo varios notables desajustes entre orquesta y solistas, aunque probablemente no todos fueran achacables al director. Werther no necesita coro, salvo para representar a los pequeños hermanos de Charlotte, que fueron cantados con corrección por la Leioa Kantika Korala. Dos voces habituales en las temporadas de ABAO, Josu Cabrero como Schmidt y José Manuel Díaz como Johann, demostraron conocer bien la difícil acústica del Euskalduna, resultando sonoros aunque no especialmente expresivos. El Bailly de Enric Martínez-Castignani se inclinó por una versión más bien bufa del personaje, descuidando la línea de canto. Ángel Ódena, sobrado de medios para un papel tan ingrato como el de Albert, se contuvo para sonar suficientemente lírico y enamorado en la primera parte, cantando un matizado y hermoso “Elle m’aime”, aunque se mostró más cómodo en su breve aparición del tercer acto, rudo, cortante, casi violento, en esa escena que tanto aleja al personaje del creado por Goethe. Gratísima sorpresa la Sophie de Lucía Iglesias: voz joven y de bello timbre, quizá un tanto tremolante, pero de volumen suficiente; sus buenas intenciones dieron como recompensa un excelente “Du gai soleil”.

Annalisa Stroppa fue la mejor de la noche, si bien el resultado habría sido notablemente superior en un teatro de menores dimensiones y mejor acústica que el Euskalduna. Su cuidado fraseo, su voz redonda y cálida y sus matizados pianos dibujaron una hermosísima Charlotte que, desgraciadamente, no resultaba siempre audible. En todo caso, tras el dramático monólogo de las cartas, su bellísimo “Va, laisse couler mes larmes” fue merecidamente recompensado con los primeros aplausos de la noche. El mayor problema de la velada fue el protagonista, cantado por Celso Albelo. Su dicción francesa no es, por desgracia, tan cuidada como en italiano, y erró en la letra en no pocos momentos. Tardó en calentar la voz, sufriendo notablemente en el “Ô nature”, forzando unas frases que sonaron ajenas a cualquier poesía —algo casi imperdonable en un personaje como Werther— y perpetrando un horrible portamento en el “Tout ce qui m’environne a l’air d’un paradis” que no había escuchado nunca antes. A medida que la ópera avanzaba, la voz fue entrando en calor y consiguió frases hermosas, pero cada vez que se acercaba al agudo lo atacaba de forma brusca, rompiendo así la línea de canto. Y, tratándose del papel protagonista, dejaba un sabor de boca un tanto agridulce, una lástima en un tenor de trayectoria tan destacada y con no pocos momentos inolvidables (permítaseme recordar aquel mágico “T’amo qual s’ama a un angelo”, cantado a media voz, en la Lucrezia Borgia de 2016). Con un fraseo más cuidado, el resultado podría haber sido considerablemente superior.
Desoladora la asistencia de público, que apenas alcanzaba los dos tercios del aforo del Euskalduna y que recibió la obra con notable frialdad, aplaudiendo poco a lo largo de la función —solo en el tercer acto— y algo más cálidamente en los aplausos finales. Quizá quien esto escribe no fue el único que salió del teatro con un cierto sabor amargo, tras asistir a una ópera tan maravillosa que, en esta ocasión, no consiguió emocionar.
Bilbao (Palacio Euskalduna), 20 de enero de 2026. Werther. Ópera de Jules Massenet.
Dirección musical: Carlo Montanaro. Dirección de escena: Rosetta Cucchi
Elenco: Celso Albelo, Annalisa Stroppa, Ángel Ódena, Enric Martínez-Castignani, Lucía Iglesias, Josu Cabrero, José Manuel Díaz.












