No resulta fácil llevar hoy a escena Il trovatore. A la dificultad de reunir un elenco capaz de afrontar con solvencia una de las partituras más exigentes de Verdi se suma la complejidad de un libreto tan enrevesado que, en ocasiones, roza lo ininteligible. Por si fuera poco, el Palau de les Arts presentó la obra dentro del Festival del Mediterráneo en un espacio escénico compartido con Medea de Cherubini, título con el que guarda escasas afinidades. Sin embargo, el resultado fue un espectáculo digno y estimable, pese a algunas sombras que conviene señalar.
Zubin Mehta ofreció una lectura caracterizada por el control del balance sonoro y una constante atención a las necesidades de los cantantes, a quienes sostuvo con sensibilidad en los momentos más comprometidos. Al mismo tiempo, supo aprovechar las grandes intervenciones corales para poner de relieve el excelente nivel de la orquesta y del coro. Optó, además, por tempi ágiles que contribuyeron a insuflar dinamismo a una propuesta escénica de Gerardo Vera que no siempre lograba esclarecer aspectos fundamentales de la trama, como su contexto espacio-temporal o la naturaleza de las relaciones entre los personajes. La dirección de actores constituyó, de hecho, uno de los puntos más débiles de la producción. Los protagonistas parecían entrar y salir de escena sin apenas interacción dramática, mientras que el coro quedaba reducido con frecuencia a una función meramente decorativa. La escenografía compartida con Medea resultó neutra y funcional, incluso atractiva visualmente en algunos momentos, especialmente en la segunda parte. Más discutible fue el vestuario, que acumulaba referencias estéticas difícilmente conciliables: del romanticismo decimonónico a evocaciones del período de entreguerras, pasando por una Azucena cuya apariencia remitía a una comuna hippie de finales de los años sesenta.

La gran triunfadora de la velada fue Ekaterina Semenchuk. La mezzosoprano rusa, dueña de un instrumento poderoso y homogéneo, ofreció una Azucena de gran autoridad vocal, sustentada en una línea de canto elegante y un fraseo siempre controlado. Fue, sin duda, la interpretación más completa del cuarteto protagonista. Jorge de León volvió a demostrar la amplitud y potencia de un instrumento excepcional. Sin embargo, no siempre administró ese caudal vocal con el refinamiento que demanda un personaje como Manrico. Su entrega y facilidad para el agudo despertaron el entusiasmo del público, aunque todavía parece existir margen para una mayor variedad de matices y una caracterización más elaborada.
Maria Agresta compuso una Leonora delicada y musical. Su rendimiento fue de menos a más, alcanzando sus mejores momentos en la segunda parte, pese a ciertos desajustes en la emisión que empañaron parcialmente algunas de sus intervenciones más comprometidas. El Conde de Luna de Sebastian Catana constituyó el eslabón más débil del reparto principal. Cantante solvente y profesional, afrontó el papel con dignidad, aunque su timbre carece de la belleza, nobleza y brillo que contribuyen a engrandecer el personaje. Más favorable resultó la impresión causada por Liang Li, un Ferrando de voz bien timbrada, fraseo cuidado e inteligente capacidad para el matiz. Correcto, finalmente, el desempeño de los intérpretes encargados de los papeles secundarios de este monumental fresco verdiano.
Federico FIGUEROA
Il trovatore (G. Verdi).
Valencia. Palau de Les Arts. 16.JUN.2012
Dirección musical: Zubin Mehta
Dirección escénica y escenografía: Gerardo Vera
Escenografía y adjunto de escenografía: Alejandro Andújar
Iluminación: Juan Gómez Cornejo
Realización videográfica: Álvaro Luna
Manrico: Jorge DE LEÓN. Leonora: Maria AGRESTA. Azucena: Ekaterina SEMENCHUK. Conde de Luna: Sebastian CATANA. Ferrando: Liang LI. Inés: Ilona MATARADZE. Ruiz: Mario CERDÁ. Gitano: Leonard BERNAD. Un mensajero: Jesús ÁLVAREZ.
Orquesta de la Comunitat Valenciana. Coro de la Generalitat Valenciana.











