OW Crítica: «Salome» Les Arts Valencia Por Pedro Valbuena
La Biblia glacial
Ha vuelto Salome de Richard Strauss al Palau de les Arts, dieciséis años después de la magnífica versión que dirigió Zubin Mehta. En esta ocasión ha sido James Gaffigan, recientemente defenestrado de la máxima responsabilidad musical de la casa, el encargado de actualizar estos pentagramas, cosa que no deja de parecerme curiosa. La propuesta escénica de Damiano Michieletto, que recuerda con demasiada literalidad el lenguaje poético de Romeo Castellucci, opta por la creación de un espacio vacío y opresivo, en el que los elementos físicos se reducen al mínimo para amplificar la tensión interior de los personajes. Crítica: «Salome» Les Arts Valencia

Michieletto articula la acción como un episodio continuo y claustrofóbico, plagado de seres irreales, fantásticos o alegóricos que desdoblan, en una especie de alter ego continuo, el conflicto y la contradicción de los protagonistas, como los seres alados —funestos mensajeros de la muerte— o la niña que desencadena en el espectador una incómoda combinación de pensamientos intrusivos. La corte de Herodes Filipo se transforma en un espacio de quirúrgica frialdad, que queda alejada así de cualquier alusión a un exotismo predecible. Es cierto que ningún elemento es original en sí mismo, pero su conjunción funciona bien como contexto. Algunos detalles deberán pulirse en las subsiguientes representaciones, como una pluma que cae a destiempo o un figurante que pisa una chaqueta que hay que retirar, etc. Especialmente vistosas son las escenas del vestido que se eleva dejando un rastro de sangre imaginario o el círculo de fuego en el foso de la prisión, cuya combustión dejó en la sala un desagradable regusto a queroseno durante un buen rato. Muy bien traído el guiño a Moreau, replicando en la escena final su acuarela La Aparición, custodiada en el Museo de Orsay. Debe, no obstante, el director de escena darle una vuelta al asunto de los bancos que flanquean el escenario, pues a todas luces son un estorbo que dificulta la salida y entrada de los personajes y los figurantes, obligándoles a zancajear innecesariamente. Crítica: «Salome» Les Arts Valencia

La dirección musical de Gaffigan ha sido correcta. Se ha entendido con los músicos más de lo que se esperaba, si se tienen en cuenta sus pasadas desavenencias. Sea como fuere, lo cierto es que su lectura ha resultado clara y bastante precisa, lo cual no es poca cosa dada la dificultad de la partitura. La Orquestra de la Comunitat Valenciana, que siempre responde con eficacia a estos retos, ha conseguido el equilibrio entre densidad sonora y transparencia, especialmente en la escena final, donde resultaba complicado envolver la voz sin eclipsarla. Ha habido ligeros desajustes aquí y allá, pero ningún error de bulto.
Vida Miknevičiūtė construye una Salomé sólida tanto vocal como dramáticamente, y brilla por encima del resto del reparto, no solo porque tiene más música y más acción que sus compañeros, sino porque su entrega ha sido absoluta y eso, de una forma u otra, llega al público indefectiblemente. Ha zozobrado ligeramente en algún pasaje respecto a la afinación, y me ha parecido escuchar alguna entrada precipitada, pero todo ello ha quedado compensado por la belleza de su timbre, la potencia de su emisión y una muy conseguida libidinosa fragilidad. Evita el cliché, pero sin renunciar a la banalidad y espíritu vengativo que le son inherentes al personaje. John Daszak recrea un Herodes nervioso e inestable, cuyo exceso de celo le llevó a desafinar ligeramente en algún pasaje agudo. No obstante, su timbre claro y su buen apoyo compensaron sobradamente estos desajustes. A mi juicio, estuvo mucho mejor en lo escénico y supo aprovechar el momento en que todo gira en torno a su capricho para realizar una excelente actuación. Por su parte, Michaela Schuster dota a Herodías de autoridad incisiva y noble porte, defendiendo su breve papel con total solvencia. Nicholas Brownlee ofrece un Jochanaan firme, aunque lejano a sus momentos más brillantes relacionados con sus últimos Wagner. No le ayudó mucho el hecho de tener que cantar gran parte de su papel in disparte. El Narraboth de Christopher Sokolowski estuvo vocalmente aceptable. Pudo ingeniárselas para lidiar con el volumen siempre excesivo del foso y cumplió sin más. Sin embargo, la parte dramática resultó más cuestionable, ya que uno espera de todo un capitán de la guardia real una actitud un poco más aguerrida, y este soldado enamorado se limitó a revolotear alrededor de la protagonista con excesiva ligereza. La escena de su suicidio no se entendió en absoluto.

Particularmente bonito fue el diseño de luces que ideó Alessandro Carletti. Esta iluminación era un elemento en sí misma y destacó especialmente en la escena del banquete. La anécdota de la función la protagonizó un teléfono móvil que cayó estrepitosamente sobre la tarima justo antes de que la protagonista exclamase: «¡Se ha oído un horrible golpe, algo está pasando!».
Y así se desarrolló la velada, con una sala a rebosar y una pasarela de modelitos un poco más imposibles de lo habitual, algo propio de los estrenos en sábado. Los aplausos sonaron durante el tiempo justo para realizar un par de saludos. Sin duda, se trata de una producción cuidada y exigente, cuyo efecto más reseñable es la sensación de intensa perturbación. Un espectáculo que, por suerte, parece consolidar la línea general ascendente que rige la programación de esta casa. Crítica: «Salome» Les Arts Valencia
Valencia (Palau de les Arts), 25 de abril de 2026. Salome de Richard Strauss.
Dirección musical: James Gaffigan. Dirección de escena: Damiano Michieletto
Elenco: Vida Miknevičiūtė, John Daszak, Nicholas Brownlee, Michaela Schuster, Christopher Sokolowski, etc.













