Das Rheingold de Wagner. Comienza el ciclo de El Anillo del Nibelungo en el Met

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Ken Howard / Met Opera
Das Rheingold de Wagner. Ken Howard / Met Opera

El ciclo de El Anillo del Nibelungo de Richard Wagner se estrenó en la Metropolitan Opera de Nueva York el pasado sábado. La compañía del Lincoln Center recupera la espectacular producción de 2010 del canadiense Robert Lepage, actualizada por el equipo de Ex Machina, fundado por el propio Lepage, a las órdenes del también director canadiense Neilson Vignola. La orquesta de la Metropolitan Ópera estará dirigida en este anillo por el suizo Philippe Jordan, director musical de la Opera Nacional de París y de la orquesta Sinfónica de Viena.

Este anillo se vive con la expectación propia de los grandes eventos musicales a nivel internacional, tanto por lo monumental de la obra como por la calidad del elenco vocal, que incluye entre otros a especialistas wagnerianos y estrellas como Jamie Barton, Dmitry Belosselskiy, Karen Cargill, Günther Groissböck, Tomasz Konieczny, Eric Owens, Gerhard Siegel, Stuart Skelton y Eva-Maria Westbroek.

Aunque la producción de Lepage para Das Rheingold, quizá demasiado avanzada para el Met en 2010, con sus fallos mecánicos y su retórica grandilocuente, levantan hoy las suspicacias de un recuerdo irregular, los avances tecnológicos que la compañía ha incorporado, auguran un anillo brillante en lo escénico, y sin sobresaltos. El elemento central de la propuesta escénica de Robert Lepage es ¨la máquina¨, un abanico de veinticuatro planchas de aluminio cubiertas de fibra de vidrio que giran 360 grados entono a un eje móvil. Las placas se mueven de manera independiente y pueden recibir proyecciones de vídeo, lo que las convierte en elementos de enorme versatilidad. La máquina es perfecta para servir con eficacia y abundancia explicativa la evolución de la acción dramática de una obra como El Anillo wagneriano.

En la primera entrega del ciclo, Das Rheingold, la ¨máquina¨ sirvió para explicar, más que evocar, los cambios ambientales de la obra: las profundidades del Rin, la cueva de los nibelungos, el ascenso al Valhalla. El escenario, con su movimiento continuo, es un personaje más.  En línea con la visión wagneriana de arte total, el mundo físico encarna el poder telúrico de la música, y aparece como una fuerza brutal capaz de sepultar a unos personajes que desarrollan sus pasiones, ajenos a ella.

Las tecnologías de proyección de vídeo permiten que el escenario responda al movimiento de los cantantes de manera orgánica y le dan a la producción una calidad visual inigualable.  Además, hay mucho teatro en esta propuesta escénica, que exige un esfuerzo máximo por parte de los cantantes, en muchos casos avocados al funambulismo y la escalada. Todos los cantantes se esforzaron en este aspecto y cumplieron con la dificultad añadida.

Das Rheingold de Wagner. Ken Howard / Met Opera
Das Rheingold de Wagner. Ken Howard / Met Opera

En lo musical, este primer Das Rheingold de Philippe Jordan sonó más francés que germánico. A la elocuencia y la precisión de la orquesta se les unió, como inesperada compañera, una cierta falta de voltaje orquestal. La visión de Jordan permitió que los cantantes brillaran a placer, pero resultó insatisfactoria en momentos claves como el robo del oro, el rapto de Freia o el ascenso al Valhalla. El acierto tímbrico, siempre evocador, y la tersura de la orquesta, compensaron en parte la escasez de magma wagneriano.

En cuanto a lo vocal, encontramos a un sobrado Tomasz Konieczny (Algerich) muy por encima de la orquesta en todo momento y acertado en lo actoral en su debut en el Met. También sorprendió la clásica Freia de la soprano americana Wendy Bryn Harmer. Más discreto estuvo Greer Grimsley. Su Wotan sonó disminuido y poco autoritario. A fuer de una minuciosa interpretación, su personaje resultó creíble e interesante, pero cundió la sensación de que el bajo-barítono de Orleans cantó sin emplearse a fondo. El Loge del tenor vienés Norbert Ernst tenía mucho que cantar, además de lidiar con los equilibrismos de la puesta en escena. Por su capacidad interpretativa, una clara dicción del alemán y una línea vocal incisiva, fue de los más aplaudidos del estreno.

La pareja de dioses encarnados por el austriaco Günther Groissböck (Fasolt) y el ruso Dmitry Belosselskiy (Fafner) dieron el tipo sin despeinarse, en parte por la poca resistencia sonora opuesta por el foso de Jordan.

Del lado femenino encontramos buenas interpretaciones de la versátil mezzo americana Jamie Barton, por encima de su marido Wotan en lo vocal pero más tacaña en lo actoral. La voz de la Barton se inserta en la orquesta wagneriana con un embrujo especial, como un instrumento más. Por su parte, la Erda de la mezzo escocesa Karen Cargill tuvo la fuerza dramática que se le pide al personaje, aunque la voz no corre con facilidad y suena fibrosa y esforzada.

Los dioses ascendían al Valhalla mientras la maldición del anillo se cernía sobre todos. El público de Nueva York, quizá más entendido que en otras ocasiones, parecía moderadamente satisfecho, a la espera de los tres títulos restantes.

CARLOS JAVIER LOPEZ