De La Habana a Madrid: llega Cecilia Valdés

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Cecilia Valdés

Mucho, muchísimo ha tardado la encantadora mulata Cecilia Valdés en llegar a España, concretamente al templo del género lírico español, como es el Teatro de la Zarzuela. Se ha hecho esperar pero pienso que la espera bien ha merecido la pena, porque Cecilia ha llegado a esta su otra casa, con sus mejores galas, con un trabajo muy bien hecho por parte de todos los que han colaborado y los que han programado y a quienes debemos que, por fín, hayamos podido ver y disfrutar una zarzuela que está considerada como la esencia misma del género en su versión cubana.

Ha tardado pero pienso que ha hecho una entrada triunfal, como lo hace en su primera intervención cuando afirma con orgullo que sí que ella es Cecilia Valdés. Ha llegado desde La Habana, desde ese mundo donde se dan la mano lo criollo y los mulatos, antiguos esclavos, descendientes de aquellos que sufrieron la más cruel injusticia que ha conocido el mundo. Pero todo nos viene tamizado con la sensual belleza del mundo cubano, con esos ritmos electrizantes, donde tanto se evoca a la lejana África, o con esas hermosas melodías, dulces, delicadas, cadenciosas, como un reflejo del alma cubana, del paisaje de la perla de las Antillas, con esa languidez que se hermana con una gran fuerza creando un todo lleno de sugerencias, de belleza. Algo exótico pero que para nosotros los españoles, se siente tan próximo, tan adentro.

Es una obra de una considerable belleza musical. Gonzalo Roig– que hizo varias revisiones de la obra- consigue aunar dos conceptos muy diferentes. De un lado unas melodías francamente hermosas, de entre las que destaca un tema que bien puede identificarse con Cecilia, con sus sentimientos, con su capacidad de amor y de entrega. Es como un leitmotiv que va a estar presente en toda la obra, desde los primeros compases de la obertura o preludio, hasta el final, con la apoteosis religiosa que, sin embargo, bien parece mezclarse con ritos y con la iconografía supersticiosa del África. Una perfecta combinación de delicadeza en la melodía y de ritmo, que a veces se convierte en frenético, en tantas otras escenas, donde la danza tiene indiscutible protagonismo. Por todo ello, la obra requiere de una coreografía valiente y de un cuerpo de baile que conozca y sienta todo lo que la música va sugiriendo. La percusión se hace presente en tantos y tantos momentos y cobra un enorme protagonismo, como tributo debido a esas raíces afrocubanas que están presentes a lo largo de toda la obra. Es el canto a la negritud, el estallido de ritmo y también de color. Es la estética analizada y ofrecida desde otro punto de vista.

Pero es que Cecilia Valdés es mucho más que una zarzuela cubana, es mucho más que una bonita partitura, es mucho más que una fantástica puesta en escena. Para los cubanos es todo un símbolo y aunque el libreto nos parezca a nosotros muy excesivo y con tintes folletinescos, es cierto que refleja con cierta fidelidad lo que escribió Cirilo Villaverde, en la novela que da origen a esta obra. Ahora habiendo llegado al Teatro de la Zarzuela, ochenta y siete años después de su estreno, y cincuenta y nueve del estreno de la nueva versión debida a Miguel de Grandy que completaba la original de Agustín Rodríguez y José Sánchez Arcilla con la base musical del maestro Gonzalo Roig.

La representación de Cecilia Valdés, en el teatro de la calle Jovellanos, ha resultado espectacular en muchos momentos. Escenografía sencilla pero muy ajustada a lo que se quiere contar en el escenario, la llevada a cabo por Rifail Ajdarpasic Una adecuada dirección escénica de Carlos Wagner. Un vestuario brillante y colorista el ideado por Christophe Ouvrard y una acertadísima coreografía de Nuria Castejón, hacen posible que la trama que se desarrolla en el escenario discurra por los cauces adecuados.

Cecilia Valdés
Cecilia Valdés

Me ha gustado muchísimo cómo ha conducido la orquesta Óliver Díaz. Ha vuelto a ser el director responsable, que ha sabido leer admirablemente la partitura y que la ha transmitido con fidelidad apoyándose en un elenco que ha estado francamente bien, con unos percusionistas que han brillado a gran altura. Desde el primer momento, en el preludio que tantas cosas esboza, entre ellas la melodía principal, en el melodrama, en las escenas de conjunto, en los momentos más líricos y apasionados, en aquellos en los que el canto doliente de los esclavos adquiere relieve, en todo instante, respetando la partitura pero imponiendo su personalidad ha estado Díaz a una gran altura y ha encontrado adecuada respuesta en el elenco orquestal. Como siempre muy acertados los coros.

Y en cuanto a los solistas ha sido Elisabeth Caballero una afortunada intérprete de la siempre atractiva Cecilia. Si bien en el conocidísimo número en el que se presenta la protagonista, ha tenido un inicio que me ha parecido un tanto irregular, ha ido creciendo su interpretación, convirtiéndose en la gran figura del elenco. Apasionada, llena de embrujo rítmico, ha desplegado una amplia gama de matices. La voz cada vez mejor, con un registro agudo muy limpio y sabiendo cantar con gusto y con delicadeza, con bravura y con pasión, cuando el libreto lo requería. Una Cecilia Valdés francamente convincente.

Linda Maribal ha hecho una verdadera creación del tango congo Popopo, popopo. Un dominio excepcional de voz, con registro grave de contralto, con registro agudo de soprano dramática. Con expresividad, con ese inquietante sentido que tiene este fragmento, un tanto desconcertante, pero lleno de sentido, que requiere unas grandes condiciones artísticas. La veteranía y la clase de Maribal ha arrancado una de las más grandes ovaciones de la noche. Excelente también Yusniel Estrada, de magnífica voz y sentimiento interpretativo de alta calidad en su dramática intervención. Cristina Faus ha puesto calidad y solvencia a su personaje y ha cantado con muy buen gusto el duetino del segundo acto. En cuanto al tenor Martín Nusspaumer pienso que ha hecho un Leonardo Gamboa un tanto irregular. Sus seguros agudos y su bien timbrada voz ha tenido algunos altibajos aunque me ha gustado especialmente en el lírico y arrebatador dúo con Cecilia. Homero Pérez Miranda ha sido convincente en el aria Dulce quimera, tan dramática y que ha cantado con gusto. El resto a buen nivel, cantantes y actores y brillando sobre todos el grupo de danza que ha alcanzado buenas cotas de calidad, con el ritmo electrizante, la belleza plástica que nos ha hecho entrever y soñar una Cuba siempre exótica y cercana, con esos lazos de amor que tanto nos unen a la preciosa isla del Caribe.

Hemos recibido con cariño, con alegría a esta hermosa Cecilia Valdés. También pienso, como han señalado otros, que puede ser un buen punto de partida para que el escenario del Teatro de la Zarzuela reciba otros muchos títulos que nos pueden venir de Cuba como María de la O, El cafetal o Rosa la China. Un espectáculo, un bonito espectáculo con una hermosa música que envuelve la personalidad dramática y la belleza de esta inolvidable Cecilia Valdés.

José Antonio Lacárcel