Del recital de Elīna Garanča y Yannick Nézet-Séguin en el Carnegie Hall

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 La mezzosoprano Elina Garanca vuelve a Nueva York con las Ruckert Lieder de Mahler en un programa junto a la orquesta del Met que incluyó la Séptima de Bruckner.
La mezzosoprano Elina Garanca vuelve a Nueva York con las Ruckert Lieder de Mahler en un programa junto a la orquesta del Met que incluyó la Séptima de Bruckner.

La mezzo letona Elīna Garanča vuelve a Nueva York después de su triunfo como Dalila en la apertura de la temporada de la Metropolitan Opera. En esta ocasión, la cantante se presentó en el Carnegie Hall, junto a  Yannick Nézet-Séguin, director titular de la orquesta del Met. El concierto incluyó las Rückert Lieder de Gustav Mahler y la Sinfonía Núm. 7 de Anton Bruckner.

La velada supuso una ocasión excepcional para comprobar las prestaciones de la orquesta y su director fuera del foso del Lincoln Center. También suscitaba gran interés la Garanča en un repertorio que pone al límite sus recursos vocales y expresivos.

. La voz de Elīna Garanča tiene un registro bajo más bien corto, que la artista sabe compensar con una estudiada técnica basada en el empleo de la máscara para oscurecer la línea. Las notas graves le suenan aéreas, oníricas y acariciadoras, de gran belleza; pero son el resultado de un artificio técnico-canoro, no el producto de la voz de pecho característica de mezzos plenas. Por todo ello, las Rückert lieder no son las canciones que más se adaptan a su arte. Garanča cantó bien, como de costumbre, pero su voz se vio en parte superada por el volumen de la orquesta del Met, de manera que no le resultó fácil vestir el texto de matices tímbricos audibles. El misterio del canto de Elīna Garanča está en la alquimia de los acentos, la enorme paleta cromática de su timbre, manejada a voluntad; y, sobre todo, una musicalidad personal y reconocible que conforma su sello artístico.

 En gran medida, sucedió lo esperable. La cantante apareció intranquila en Blicke mir nucht in die Lieder, con un Yannick Nézet-Séguin férreo y un tanto precipitado. Los problemas con las notas graves no tardaron en aparecer. En el lied Ich atmet´einen linden Duft, la minuciosidad de la artista fue respetada por un YNS más generoso, y la Garanča se lució con un bellísimo portamento de estudiada suavidad.

En Um Mitternach, quizá el lied más célebre del ciclo, Elīna Garanča sonó circunspecta y nocturnal, como es debido. La cantante cargó la articulación del canto sobre las vocales, lo que le dio calor a una interpretación que adoleció, no obstante, del músculo del texto en alemán. Más allá de aislados destellos de calidad, cantante y orquesta no supieron compenetrarse para que la pieza alcanzara el vuelo dramático esperable.

Tras una Liebst du um Schönheit más melancólica que amorosa, alcanzamos el último lieder, Ich bin der Welt abhanden gekommen. La orquesta del Met regaló aquí los pasajes más perfilados del recital, acompañando con gusto las delicias de Elīna Garanča, que cantó con maestría artística y un magnífico legato.  El público del Carnegie Hall no pidió el bis para la mezzo letona, a quien podremos ver como Marguerite en La Damnation de Faust de Berlioz la temporada próxima.

Después del descanso, la orquesta del Met se puso de largo para abordar a la Séptima de Bruckner. El primer movimiento presentó con una línea orquestal algo difusa, si bien la orquesta fue ganando integridad a medida que el tempo se fue acelerando. Los chelos fueron de lo mejor de este primer movimiento: siempre disfrutables, con pellizco y mucha intención.

El segundo movimiento sonó más trabajado y modelado. YNS propuso una lectura libre de efectismos, y dejó que la orquesta respirara con la música. En el tercer movimiento, tras la vistosa exposición inicial, cundió la sensación de que la orquesta no desarrollaba del todo los temas, al punto que la monumentalidad de la obra se veía por momentos velada. En el cuarto movimiento, la orquesta del Met echó el resto. El sonido era una gloria y el magma orquestal corría con pujanza, dando cuenta de la seguridad de todos los músicos, quizá menos trompas y trombones, más dubitativos que sus compañeros.

A lo largo de toda la sinfonía, YNS se centró en cuidar la afinación y en mantener la integridad tímbrica, sin delimitar una frontera discursiva clara. La orquesta parecía ir de un pasaje a otro sin rumbo definido. Así, asistimos a momentos de gran poder expresivo, que se interrumpían o se replegaban de manera poco orgánica. El sonido era limpio, con el lujo y el volumen habituales en la orquesta, si bien la falta de una propuesta expresiva más allá de lo episódico daba cuenta de las dudas del nuevo director artístico.

Estos rasgos comienzan a ser una tendencia en las apariciones de YNS con su orquesta. ¿Acierta el director canadiense al aparcar la semántica y primar el detalle frente al conjunto, lo episódico frente a lo sustantivo?

Carlos Javier López