Der Rosenkavalier en Stuttgart

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Escena de Der Rosenkavalier. Foto: A. T. Schaefer
Escena de Der Rosenkavalier. Foto: A. T. Schaefer

En Alemania todo teatro de ópera que se precie tiene una producción de Der Rosenkavalier. La Staatsoper de Stuttgart no iba a ser para menos y exhibe la suya, estrenada en 2009, con orgullo. Lleva la firma del director noruego Stefan Herheim, que aquel año se hizo con el premio a la mejor nueva puesta en escena del año (en los tetros alemanes) que otorga la revista Opernwelt. El éxito de público es seguro y los que no pudimos verla en pasadas ocasiones tenemos la oportunidad en las reposiciones, con un equipo de cantantes y un director musical que no son los mismos que aquellos del estreno o de años posteriores. Herheim concibe la obra de Strauss y Hofmannsthal como una mascarada vienesa, quizás onírica, tal vez real, donde la figura central es la Mariscala, una mujer entrando en la madurez de su vida, que se niega aceptar el paso del tiempo. Al inicio de la obra ella se refleja en un espejo y lo rompe de un puñetazo. Habita en una casa con paredes pintadas, escenas bucólicas pobladas de sátiros. En las eróticas ensoñaciones de la dama éstos cobran vida y salen de las paredes. Los enormes falos son tentadores pero para ella lo es más el jovencito Octavian. El baron Ochs parece vivir en una bacanal y necesita el dinero de los nuevos ricos, aunque tenga que pisotear el tambaleante orden establecido. Faninal y Marianne, su sirvienta para ser directos, son ricos pero literalmente, por la caracterización, un gallo y una gallina. Todo esto, bien pensado y actuado con coherencia da una divertida perspectiva, no carente de profundidad, al argumento de la ópera. En los espectáculos que he visto de Herheim sobre un escenario (Rusalka en Barcelona, Serse en Dusseldorf) nunca he quedado satisfecho. Las ideas de donde brota la lectura de la obra son potentes pero la realización se convierte en un contante huir sin saber a donde quiere llevarnos. Utiliza tantas banalidades alrededor de la idea central que el escenario termina convertido en un ajetreo constante de gente que va y viene sin aportar más. La escenografía (Rebecca Ringst) es, además de bella, ideal para este acelerado ritmo. El imaginativo vestuario (Gesine Völlm) muy bien realizado y la iluminación impecable (Olaf Freese). La dirección musical de Georg Fritzsche conjugó con elegancia los ritmos y el espléndido sonido a la orquesta, fluyendo a la par con la colorida y alegre propuesta escénica.

Escena de Der Rosenkavalier. Foto: A. T. Schaefer
Escena de Der Rosenkavalier. Foto: A. T. Schaefer

En cuanto a los cantantes, la Mariscala Simone Schneider fue de gran clase, con voz fresca, de bello esmalte y muy bien manejada. Aún más atractiva para mi resultó la voz de la mezzosoprano Paula Murrihy. A su encantador timbre añade matices que enriquecen al personaje de Octavian. Friedemann Röhlig fue un incisive Barón Ochs, bien actuado y cantado. Gratísima sorpresa la voz de la soprano Lenneke Ruiten, con suficiente empaque para destacar entre este terceto que no se lo puso fácil. Nunca había observado que Sophie se llevara tantos aplausos como Octavian y la Mariscala. El Faninal de Jochen Schmeckenbecher fue ingenioso y estuvo la altura de sus compañeros, al igual que Rebecca von Lipinski como Marianne, no así el tenor Gergely Németi que fue un deslucido cantante italiano. El resto del largo elenco realizó su trabajo con excelencia y el coro brilló con luz propia. Los aplausos del público fueron generosos y en el caso de los cuatro principales cantantes especialmente cálidos.

Federico Figueroa