Die Zauberflöte. Mozart. Ciudad de México

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Ciudad de México. Palacio de Bellas Artes.  13 de febrero de 2014.

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Die Zauberflöte permite, con cierta facilidad, trasladar la acción a casi cualquier situación espacio-temporal. Lo que se pide de una puesta en escena es que sea ágil, construya el ambiente más adecuado para el desarrollo orgánico del argumento y comunique con fuerza una idea concreta, esquivando lo superficial. La nueva producción que se presentó  en el Teatro del Palacio de Bellas Artes traslada este mágico cuento, a través de la concepción escénica ideada por José Antonio Morales y a juzgar por la escenografía (firmada al alimón, al igual que la iluminación, con Rosa Blanes Rex) a las planicies mesoamericanas. Nada que objetar a esta decisión. Tampoco a la traducción de las partes habladas al español pero sí al estatismo en la dirección de actores y lo repetitivo de las soluciones en los cambios escenográficos.

La efectiva iluminación ensambla armoniosamente con los vídeos proyectados (no encontré referencia al realizador de ellos en el programa de mano), impulsando la cosmogonía de un universo mítico-filosófico en interacción con los mortales en general y con los personajes de esta ópera en particular. Lo superficial viene dado en un diseño de vestuario, bello y de alta calidad, impropio para un espectáculo de estas características. Blanes Rex pasa por alto que para el teatro no hace falta recurrir al original por algunas sencillas razones, como la cuestión de presupuestos y las simplemente visuales. Si un personaje se pretende rey no hace falta vestirlo con piel de armiño y corona de oro. Se recurre a materiales que lo aparenten y sobre todo se da rienda suelta a la fantasía creativa. El espíritu de la obra no fue traicionado con los chistes que se sumaron a los textos hablados pero me sonroja que hoy día el público mexicano continúe riendo el virulento antifeminismo contenido en el original. Está allí, no hay que quitarlo. Es reflejo de una época pretérita para nada deseable en la actualidad. Partiendo de la concepción básica de que la mujer encarna el mal, las frases contra ellas se repiten una y otra vez. Y en la sala ríen y aplauden.

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La cuestión musical no fue muy brillante. La orquesta y coro titulares no son especialistas mozartianos, aunque se espera de ellos un cierto punto de versatilidad. El joven director Iván López Reynoso debutante en el foso del coliseo de Bellas Artes, intentó sacar lo mejor de ambos colectivos. Su lectura fue, en general, plana y los escasos momentos de tensión dramática llegaron por el empuje del elenco vocal. Tampoco es que los solistas sean un dechado de virtudes en el estilo mozartiano y cada uno hizo lo que pudo de acuerdo a sus posibilidades. De los cuatro personajes protagonistas el que más brilló fue el Papageno de José Cerón. El barítono aúna expresividad a su actuación y canto, con una proyección sincera de su caudal. Punto en común con la Reina de la Noche de la costarricense Íride Martínez, especialista en papales de soprano ligera con los sobreagudos en su sitio. No posee un volumen generoso pero tampoco intenta forzar. El timbre no es genuinamente bello, sin embargo resuelve con seguridad y eficacia las difíciles piruetas de su parte. Al Sarastro de Carsten Wittmoser le faltó cuerpo en el registro grave y cayó en desafinó en algunos pasajes agudos. La voz vibrátil del tenor Diego Silva quedó en evidencia en las etéreas que páginas que Mozart le encomendó a Tamino. La soprano Maribel Salazar, con una voz grande, de trazo fuerte, luciría mucho más en otros cometidos. Aquí, como Pamina, sólo pudo exhibir un potencial mal utilizado. Los que la eligieron para este delicado, aunque firme, personaje, deberían ser quienes carguen en gran parte con esta crítica negativa. Llegado a este punto, el verdadero sostén del elenco estuvo en un equipo de comprimarios que pusieron a esta Flauta Mágica en el nivel de flotación. El simpático y bien cantado Monóstatos de José Guadalupe Reyes, la solemnidad bien entendida Charles Oppenheim como Orador y, aunque sobre actuadas, las tres damas (Zaira Soria, Carla Madrid, María Ávalos). La Papagena de Adriana Valdés se unió, con cierta reserva por lo irregular se su emisión, a este grupo, al igual a Antonio Albores y Alejandro Armenta (haciendo doblete como hombres armados y sacerdotes). Las tres genios fueron resueltos, con sobresaliente, por miembros del a Schola Cantorum de México (ese día las jovencitas Ana Cano, Karlo Castro y Mariana Sotelo). El público, sediento de ópera, aplaudió a todo y a todos.

*Federico FIGUEROA.