Diego Torre hace una creación de Dick Johnson en La Fanciulla del West en el Palacio de Bellas Artes

La Fanciulla del West en el Palacio de Bellas Artes. Foto: Carlos Alvar

Verdaderamente fascinados y encantados salimos de la función de estreno de la ópera “LA FANCIULLA DEL WEST” (La chica del oeste) de Giacomo Puccini que se presentó en la Sala principal del Palacio de Bellas Artes, en la ciudad de México, que esta cumpliendo 85 años de su inauguración el 29 de septiembre de 1934, el jueves 26 del presente. Esta es la misma producción, mejorada, de la que presenciamos hace dos años y que aquí mismo reseñamos, de la cual solamente se llevo al cabo la primera función y tuvieron que cancelarse las otras tres que estaban programadas debido al terremoto que sacudió a la capital del país. Con un elenco donde cambiaron la totalidad de los cantantes protagonistas y el director musical, conservando la idea original del director de escena Sergio Vela. 

Lo más sobresaliente de la noche lo constituyó para este cronista el regreso a este teatro del tenor mexicano Diego Torre en el papel del bandido mexicano Ramerrez, aquí traducido como Ramírez, que se enamora de la cantinera Minnie, a cargo de la soprano Elizabeth Blancke-Biggs, quien despacha y es dueña del Salón “La Polka” un casetón tosco y polvoriento, como señala el libreto, donde funciona también una “Sala de baile” a donde acuden los gambusinos, trabajadores de las minas, emigrantes de varios países que añoran su tierra y a sus familias. Todos están enamorados de esta mujer maternal que los consuela de sus tristezas y dolores y a la que guardan veneración y cariño. También la “ama” y la desea, el Sheriff del pueblo Jack Rance que interpreta el muy alto barítono de origen moldavo Roman Ialcic. Sobresalen en el numeroso elenco de frecuentadores del lugar Sonora, también deseoso de ser amado, Enrique Angeles Barítono, y el afeminado mesero y confidente Nick, caracterizado por Angel Ruz Tenor. Un grande y numeroso número aparece en papeles secundarios junto con la Orquesta y el Coro del Teatro de Bellas Artes. Todos ellos bajo la muy experimentada dirección del maestro Marcello Mottadelli quien hizo un excelente trabajo con la bella partitura pucciniana, moderna y atrevida para su tiempo.

La Fanciulla del West en el Palacio de Bellas Artes. Foto: Carlos Alvar
La Fanciulla del West en el Palacio de Bellas Artes. Foto: Carlos Alvar

La historia de amor que renace entre Dick y Minnie se hizo entrañable en la escena por el trabajo vocal y dramático de esa pareja conmovedora. Destacó enormemente el tenor por la belleza de la voz plena, madura, potente, poderosa, pero sobre todo por el manejo que hace de ella. Desde su llegada y el nuevo encuentro entre ambos que había quedado trunco pero que los dos recuerdan hasta la loca aventura que vuelve a unir lo que sus almas rememoran, escuchamos a un cantante que sabe dar a cada frase, a cada palabra, un sentido preñado de belleza. No es solo la belleza de esa voz, sino la manera de crear al personaje y llenarlo de mágica poesía. La interpretación, las modulaciones, el fraseo elegante y sentido, la entrega a un sentimiento que esta condimentado de luces y sombras me pareció maravilloso. Es difícil poder transmitir lo que gozamos escuchando sin tener que recurrir a un arte paralelo, la pintura, e imaginar las veladuras de Tiziano quien combina el temple y el óleo con sabiduría, capa sobre capa, en un ritual litúrgico, sagrado, donde el rojo que aparece en el lienzo bien preparado brilla lleno de luz, y muestra un terciopelo que no es de este mundo. El rojo que es otro rojo y no existe sino en la ficción del lienzo. Oír ese canto es verdaderamente un deleite, un placer estético de nivel elevado. 

La experiencia de esta función queda para mí como un de las mejores que he tenido en los más de cincuenta años que llevo de aficionado en este arte donde Orfeo parece muy pocas veces. Todos los participantes lograron cumplir con profesional responsabilidad. Diego Torre cantó.

Manuel Yrízar