Dmitri Hvorostovsky. Recital. Bruselas

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Dmitri-hovorovstosky

EL CORAZÓN HELADO DE DMITRI HVOROSTOVSKY

El teatro de la ópera de Bruselas, La Monnaie, acogió el lunes día 3 un recital del barítono siberiano Dmitri Hvorostovsky, acompañado al piano por el estonio Ivari Ilja. Se interpretaron, entre otras, poemas rusos de Tolstoy, Pushkin, Davidova, Khomyakov y Apukhtin, con música de Tchaikovsky, Medtner y Rachmaninov, así como dos sonetos de Petrarca con partitura de Franz Liszt.

La cita no dejaba de tener su interés más allá de lo musical: al fin y al cabo era un artista ruso que, en plena crisis prebélica, se presenta en el corazón de Europa, sin más armas que su voz y un piano Steinway. El programa prometía un recorrido por el repertorio ruso más auténtico, pero con guiños evidentes a mitos del oeste de Europa como una de las Nueve melodías de Goethe de Medtner o la Serenata de Don Juan de Tolstoy, con música de Tchaikovsky.

Esa tensión de fuego y guerra, que es pura inminencia en Ucrania, y cuyos ecos resuenan por toda Europa, pasó de largo durante la velada, para bien y para mal. Hvorostovsky abordó la primera parte del recital, dedicada a Tchaikovsky, con la profesionalidad y la asepsia propias de un cirujano. El ruso posee un instrumento de gran belleza tímbrica, con una emisión amable y redonda en todo el registro, salvo algún engolamiento ocasional del que abusa como efecto estilístico, más que como atajo. La inspiración melódica de Tchaikovsky en el piano era, sin embargo más elocuente que Hvorostovsky. Cantándole al Ruiseñor (con palabras de Pushkin) acusó una falta desconcertante de finura en el fraseo. La naturaleza de Rusia, que Tolstoy ensalza en el poema Yo os bendigo, bosques y campos, contó con un acompañamiento bellísimo al piano, brillante y cadencioso a un tiempo, que comienza contemplativo y va ganando emoción hasta declarar al viento un amor omnímodo por la creación en la frase ‘!Si sólo pudiera abrazaros a todos, enemigos, amigos y hermanos, y a toda la naturaleza!’. Aquí  Hvorostovsky sonó más detallista y emotivo, menos estepario. Sin embargo ese instante, que dadas las circunstancias podría haber sido algo único, lleno de significado artístico y humano, pasó, como casi todo en el recital, desapercibido, escondido y postergado ante la gélida actitud del barítono ruso.

En la Serenata de Don Juan, donde un Tchaikovsky clarividente y genial mezclan lo tabernario  con lo diabólico, el barítono dejó escapar otra ocasión de enamorar al público (voz y presencia no le faltan). Aunque puso en juego todo su magma vocal, de esto no cabe duda, el ruso parecía haberse dejado el corazón en el camerino. Su voz llegaba al espectador limpia y varonil, y pequeños detalles interpretativos afloraban poco a poco, pero las canciones se sucedían con monotonía.

Cantando la Wandrers Nachtlied II de Medtner regaló un agudo final eterno, puro terciopelo. El público celebró con entusiasmo la musicalidad de Hvorostovsky, que se empleó a fondo para cantar en un legato impecable.

La voz del ruso, mate y oscura, en buena forma pese a no ser tan rica como años atrás, brilló en los sonetos de Petrarca, donde la música de Liszt, de una expresividad lacerante, llevó en volandas al cantante. Se vivieron entonces los momentos de mayor calor estilístico.

Conforme avanzaba el recital, el cantante parecía huir de manera deliberada de la media voz, y refugiarse en sonidos plenos y más abiertos.

Anduvo tacaño con las propinas (no regaló ninguna), pese a la insistencia del público. El repertorio fue exigente y la voz no es eterna. Para excusarse, se pasó el dedo índice por la garganta, gesto que quería decir que no tenía más voz que ofrecer, pero que algunos malpensados interpretaron como una amenaza (no está el mundo para estas bromas).

Dmitri Hvorostovsky, pese a sus indudables dotes canoras, dio una imagen gélida y distante. La sensación general tras el concierto fue la de un cuadro a medio pintar, con varias pinceladas de gran maestría. El concierto llevaba por título ‘El alma rusa’. Lo cierto es que no llegamos a disfrutar de ella, de tan escondida como estaba bajo la escarcha altiva y anodina del divo siberiano.

Carlos Javier López Sánchez

@CarlosJavierLS