El Ballet de Astaná, fue un fascinante regalo de reyes en Les Arts

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Ballet de Astaná
Ballet de Astaná

El Palau de les Arts programó en sus años dorados, excepcionales espectáculos de ballet con la comparecencia de algunas de las más míticas compañías. Sin embargo no hace falta que sea uno de esos teatros de la élite rusa, para que se pueda ofrecer un espectáculo que deje muy satisfecho al público y, además, con una obra tan emblemática y popular del repertorio como «El lago de los cisnes». Hace falta una agrupación eficiente, disciplinada, con un disciplinado cuerpo de baile y unos bailarines estrella que sin serlo de nombre, lo eran de hecho. Y esto fue cuento ofreció la compañía del Teatro Estatal de Astaná, capital de Kazajistan, ofreciendo una muy cuidada y depurada coreografía de Altynai Asylmoratova que mantuvo en gran medida la original del estreno de Petipá, todavía referencial en esta obra. La agrupación que cuenta con cerca de setenta danzarines en escena, es disciplinada en la justeza de las intervenciones colectivas, refinada, de rica plasticidad escénica y esmeradas cadencias y se ajusta a los dictámenes de la orquesta ofreciendo propuestas de singular belleza y escrupulosidad rítmica. Las danzas de parejas o grupos en las dos fiestas de la obra, permitieron valorar la prestancia de los conjuntos así como la delicadeza del cuerpo femenino en ambos actos en las escenas del lago, conformando un nutrido grupo de cisnes de exquisita sensibilidad y esmerada sutileza de mágica ambientalidad, que dieron pábulo a la inspirada música de Tchaikovsky incrementando la poesía ambiental desde la matemática precisión del conjunto en el vals manteniendo en la  cadencia uniforme del colectivo, el ritmo sensorial del 3/4

Los saltos en «pliés» a pie plano, tan precisos como intencionales. Un vestuario singularmente romántico y una puesta en escena del mismo corte con un telón de fondo con proyecciones cinematográficas 3D, fueron más que convincentes para determinar la plasticidad de la narración, que se singularizó, en mayor medida, con una precisa y contrastada luminotecnia. 

Ballet de Astaná

La fiesta con que se abre la obra y más en particular en hermoso vals que la inicia, ya declaró, bien a las claras, cual iba a ser el nivel del que íbamos a disfrutar, contando además con una orquesta digna de su fama, empastada, intuitiva, eufórica en la magnificencia de su sonido y una batuta, la de Arman Urazgaliev, que fue más precisa en el tiempo que inspirada, aunque muy sensitiva en los contrastes de color y de reguladores sonoros. El nivel de la pareja protagonista lo ofreció, de entrada, Olzhas Tarlanov que encarnó a Sigfrido ya desde su comparecencia inicial sobre el solo de trompeta, con una esbeltez aristocrática y una elocuente expresión corporal de gallarda galanura. En el solo de presentación de la primorosa Odette, a la que dio vida Aigerim Beketayeva, manifestó, en la gracilidad de sus movimientos alados y etéreos, la sutileza, elegancia y perfección arquetípica de una indiscutible figura del ballet. Pero su nivel aún se creció más al transmutarse, en el segundo acto, en Odile, manifestando la altivez inicua del personaje, por más que sin perder la esmerada pureza de sus gestos. Ambos protagonistas recibieron sonoras ovaciones al concluir el «pas de deux», del primer cuadro del segundo acto, por su coordinada sugestión sobre el seductor sonido de la orquesta en el vals y en particular la magia solista del concertino. Los saltos de Tarlanov, fueron parejos en destreza a los interminables «fouetté» de la zarda de Beketayeva, que volvió a sugestionar al público con su escena de la desesperación del último cuadro, sintiendo anímicamente el diálogo inspirado del clarinete y el concertino.

Con ambos protagonistas cabe elogiar al atlético y jocoso bufón de Serik Nakyspekovy el exasperado y altivo Rothbart de Zhanibeck Imankulov.

Gran parte de la asistencia, al final de la representación, se puso en pie para aplaudir al colectivo kazajistano, haciendo justicia a una interpretación tan pulcra como expresiva. 

Antonio Gascó