El Ballet Flamenco de Andalucía, sin sobresaltos en los Teatros del Canal

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Teatros del Canal de Madrid. 9 de septiembre.  Cristina Marinero.
La creación de la Compañía Andaluza de Danza en 1994, nombre original del hoy Ballet Flamenco de Andalucía –cambio de apelativo que hizo Cristina Hoyos en 2004, restándole así la amplitud de su anterior denominación- suponía la suma para nuestro autonómico país de otra compañía oficial para ofrecer nuestra danza española escénica, que es única en el mundo.

El Ballet Flamenco de Andalucía en acción
El Ballet Flamenco de Andalucía en acción.

Llegaba la formación andaluza años después de la creación del Ballet Nacional de España y del Ballet Región de Murcia, aquel sueño efímero dirigido por Merche Esmeralda que se estrenó con Medea y otras obras del recordado maestro José Granero (¿Quién podrá reponer hoy –con calidad- sus coreografías sobre Sinfonía española, de Lalo, y Triana, de Albéniz, por ejemplo, estrenadas entonces?), compañía a la que vicisitudes internas y ambiciones externas llevaron a la desaparición.

La creación de entidades públicas para la difusión de nuestra cultura coreográfica se presupone, y todavía más si hablamos de danza, que es para ofrecer estabilidad en el mantenimiento de un repertorio, atesorar el patrimonio creador, la reposición de clásicos y piezas actuales que lo merezcan, y la consolidación de bailarines y coreógrafos.

Un ballet pagado por todos los españoles o por los de una autonomía en concreto -que, a la postre, también está pagado por todos los españoles- es un servicio público con mentalidad de sumar –sobre lo bueno realizado por los anteriores, como en la investigación científica-, para que los espectadores conozcan y puedan apreciar nuestro patrimonio coreográfico de danza estilizada, disciplina que supone para este arte lo mismo que hicieron Albéniz, Granados o Falla en la música.

En el terreno de la danza española, arte efímero por excelencia, aunque hoy día sea tan fácil grabarla, es todavía más necesario cuidarla atendiendo a sus obras como objetos de patrimonio inmaterial.

Son más de cuatro siglos de tradición histórica en el que su poética de composición y estilo ya eran distinguidos de las otras danzas de corte –así, tenemos pavana española, españoleta, canario…-, por todas las cortes de Europa. Se debería tener más presente que nuestra impronta en pasos y actitudes de movimiento influyó en la danza universal, o ballet clásico, como se identifica en el mundo, y comenzó mucho antes de finales del siglo XIX, época ésta cuando el baile español experimentó una forma tal de ser interpretado, permitiendo la expresiva individualidad de cada intérprete, que se empezó a llamar “flamenco”.

La cuestión es que la dinámica tomada por el Ballet Flamenco de Andalucía desde hace más de una década es que lo dirija diferente persona cada dos años, si bien desde esta convocatoria de febrero, por la que salió elegida Ursula López, va a ser de tres más uno, cambio que tiene más sentido para desarrollar una labor. Esa práctica impuesta por el anterior gobierno andaluz representa ese “café para todos” –al final, va a suceder que casi todos los bailarines o coreógrafos andaluces van a ser directores del Ballet de Andalucía- que no deja poso. Mediante concurso, se elige director por el proyecto de obra coreográfica que presente. Y, en general, cambian los bailarines, por lo que la inestabilidad en el ballet de financiación pública es la reina, cuando debería ser todo lo contrario.

La etapa de José Antonio, en la que trasladó a la Compañía Andaluza de Danza el espíritu de la danza española en toda su amplitud y formas, como si de otro Ballet Nacional se tratase, se revaloriza cada vez más con el paso del tiempo.

Esto del flamenco como patrimonio, respaldo de tantas acciones grandilocuentes y, lo peor, excluyentes –hacia la danza española escénica-, ha llevado a la UVI nuestro arte coreográfico. Pero como el flamenco también habita en ella, a lo que asistimos en la última década y pico es, paradójicamente, a una implosión del propio flamenco que se lleva a los escenarios teatrales en la que tampoco él está saliendo beneficiado, por sobrecarga de “más de lo mismo” y ausencia de obras con la suficiente entidad como para ser repuestas.

En este contexto, la exbailarina del Ballet Nacional de España, Ursula López, desde febrero directora del Ballet Flamenco de Andalucía y coordinadora artística cuando salió antes de tiempo su anterior director, Rafael Estévez, ha traído a Madrid el montaje Naturalmente flamenco, estrenado en 2019.

Formado por siete piezas que firman López y Rubén Olmo, actual director del Ballet Nacional de España y, en el pasado, también responsable de la compañía andaluza durante dos años, transcurre sin sobresaltos sobre una línea estilística bastante similar, con seguiriya, tientos, caña o bulerías. El grupo, de solo nueve bailarines, está encabezado en algunos de los títulos por la propia directora de la compañía. Su seña es el baile con bata de cola, lo que subrayó con su solo Alegrías de Córdoba, antes de que todo el conjunto pusiese el cierre con Ayer y mañana, pieza de Rubén Olmo sobre los bailes populares de Morón de la Frontera.