El cautivador ligamen de Rodelinda en el Liceu. Lisette Oropesa y Bejun Mehta

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Rodelinda en el Liceu. Foto: © A Bofill
Rodelinda en el Liceu. Foto: © A Bofill

El Liceu ofrece un cautivador montaje de Rodelinda, una de las pocas óperas barrocas que subsisten en el repertorio internacional, de la mano de Claus Guth  y coproducido junto con el Teatro Real de Madrid, la Ópera de Lyon y la de Fráncfort. 

El director duplica la narración en un sofisticado ligamen: de una parte transcurre la acción debida al libreto musicado por Händel con una dramaturgia y coreografía que son ya de por sí memorables, y de otra parte se añade un foco sobre el pequeño hijo delos reyes de Lombardía, Roselinda y Bertarido, que lejos de ser un figurante sin partitura, protagoniza una narración paralela nada silenciosa. Ante el ritmo de los acontecimientos propios de los adultos, con caricias, ofrecimientos sexuales, deseos violentos, intentos de asesinato, etc., el actor Fabián Augusto Gómez encarna la arritmia desconcertada de Flavio que, incapaz de entender, se ensimisma en su caja de lápices para garabatear una suerte de parapeto emocional que se prolonga mediante proyecciones por una casa poblada de aterradoras deformidades. 

Rodelinda en el Liceu. Foto: © A Bofill

La ópera se aloja en una casa señorial pivotante de la que se han extraído tres de sus fachadas para evidenciar los interiores. Blanco sobre negro, Christian Schmidt materializa la arquitectura blanqueada con el aspecto límpido de un molde de escayola entre la negrura de la bóveda nocturna y un firme de grava azabache, cuyos destellos cabría pensar que se asemejan a las estrellas de arriba. Las distintas piezas y los espacios entre ellas albergan una gran significancia dramatúrgica, desde la mesa del salón que para la escala infantil de Flavio es una habitación propia, segura, donde nadie repara en él y desde donde entrevé los sucesos, al vacío insalvable del hueco de la escalera entre Rodelinda y Bertarido en una soberbia «Io t’abbraccio» en el tercer acto, o el arbolado proyectado en la fachada con la lápida de Bertarido, que nos presenta el jardín como una última pieza, esta vez exterior, en una suerte de paz natural donde vuelve el antiguo rey tras haber sobrevivido al intento de asesinato.

La Rodelinda de Lisette Oropesa recogió claramente el guante protagonista en un voraz debut; voraz en las indecisiones del personaje, en las aceptaciones, en las negativas, voraz en los aplausos en los que insistió el público. El contratenor Bejun Mehta deleitó con el destellante y cristalino canto de un Bertarido que el público subrayó con insistentes bravos conforme vadeaba los registros turbulentos de un personaje que pasa de los ególatras arreos autodestructivos, cuando contesta a su consejero Unulfo si revelar a Rodelinda que sigue vivo —«¡No! Entonces su lealtad será necesidad y no virtud»—, al arrebato heroico de salvar la vida de su usurpador Grimoaldo… un usurpador que Joel Prieto caracterizó con tino y aplaudida energía. Redondearon vocalmente la noche Gerald Thompson como Unulfo y Sasha Cooke como Eudige, y en menor medida el Garibaldo de Gianluca Margheri.

El foso peraltado para aumentar el volumen de la reducida orquesta barroca se peraltó aún más si cabe con la inspirada batuta del maestro Josep Pons y una actuación ejemplar al clave de Dani Espasa. 

En esta Rodelinda concebida por Claus Guth, el transparentase mutuo de la capa narrativa del libreto de Nicola Francesco Haym con la narración de Flavio ofrece hallazgos pertinentes hasta en el mismo desenlace, puesto que el camino que ha llevado a resolver felizmente el dramático desaguisado amenaza sin embargo con dejar en el pequeño una huella, tal vez, irresoluble.

Félix de la Fuente