El elixir de amor. Teatro Real. Madrid

Para no perder una costumbre que empezaba, sin embargo, a echarse de menos, un sonoro abucheo castigó anoche a los responsables de la escena de una ópera, El elixir de amor, que juega en casa. La obra que Gaetano Donizetti compuso en solo tres semanas es, probablemente, una de las óperas que más han gustado siempre en la capital. Desde que se subió al escenario de la Plaza de Oriente por primera vez, en 1851, un año después de la inauguración del teatro por la reina Isabel II. Hay contabilizadas un total de 67 funciones, a las que se sumarán las de este mes de diciembre hasta alcanzar más de 80. Por supuesto, la citada obra gusta no sólo en Madrid. El éxito del estreno en Milán de esta ópera bufa fue tal, que permaneció en cartel durante treinta y dos días consecutivos; y es, junto a El barbero de Sevilla y Las bodas de Fígaro, la ópera cómica más famosa y representada en todo el mundo. Pero el tiempo pasa y, aunque el ambicionado elixir del amor siga sin poder embotellarse — o meterse en bolsitas —, cuesta no dejarse llevar por el dicho de “renovarse o morir”. A pesar de que nadie, a estas alturas, pueda pensar que esta obra vaya a tener nunca los días contados.

Como siempre, cuando el director de escena — en este caso, Damiano Michieletto — explica, antes del estreno, las razones o, si lo prefieren, inspiraciones, que le han servido para situar la acción de una ópera, todo parece claro, casi obvio. Lo argumentado por Michieletto acerca de su propuesta de situar esta ópera en una bulliciosa — muy bulliciosa — playa mediterránea, sonó también tremendamente cabal. Ingenioso incluso.

Curioso, sin duda. Lo que ocurre es que una cosa es la teoría y otra bien distinta, verlo después materializado. Conseguir que la escena tenga sentido, que no moleste a la acción, a la comedia o al drama. Que logre contextualizar la trama con coherencia, lo más difícil. Salta a la vista que la audaz propuesta del joven director de escena italiano para este Elixir ha tenido en cuenta hasta el más mínimo detalle, para que los enredos siempre atemporales del amor puedan verse con la mirada de ahora. La mayoría de sus mensajes han cambiado el envase, igual que el elixir, pero permanecen. El problema radica en el exceso, aunque bien podría argumentarse que es precisamente ese mismo exceso el que mejor define a la sociedad actual. Por eso, no sobra. Aunque incordia. Y por eso también, convencen más las escenas despejadas, algunas de la segunda parte, cuando el color estridente o el incesante ir y venir caótico desaparecen para dar un respiro a los de arriba, en el escenario, y también, al público en sus localidades.

No hay reparos a actualizar los perfiles de los personajes: que Adina sea la dueña pija de un chiringuito o Nemorino, el encargado de recoger los desperdicios de la arena vestido con bermudas y chaleco de socorrista, resulta bien. ¿Por qué no? Mucho menos puede criticarse, a priori, que Dulcamara se haya convertido en un “camello” en toda regla, papel, por otra parte, bien construido, y al que el uruguayo dota de una gran chispa. Y decimos que no se trata de eso, de poner simples reparos dictados por el prejuicio, porque está claro que la esencia de lo que representa cada personaje continúa residiendo en su interior. Está, incluso, subrayada. Adina es la niña bien que se burla del enamoramiento de un patán, que, cree ella, no le llega a la suela de los zapatos. Nemorino, sigue siendo un pueblerino ingenuo y, por ello, capaz de amar sin complejos, es decir, aunque duela. Belcore, un donjuán apresurado, como todos los donjuanes de la vida; y Dulcamara, el listo charlatán que vende aquello que el cliente crea que necesita y él puede proporcionarle. La píldora de la felicidad.

Precisamente por eso, quizá, da tanta pena que, al final, la escena no cuaje por completo. Con momentos, sobre todo al principio, en los que da la sensación de que las piezas no llegan a encajar. Y cuando algo no casa, no despierta, como debería, los sentidos. Lo único que despierta, al final, es una extraña decepción que, afortunadamente, no llega a ser definitiva porque la ópera está. A veces a duras penas, pero está. Y los intérpretes se meten, con mayor o peor acierto y fortuna, en ella, para recibir, al caer el telón sobre esa playa en la que se empieza a desinflar el enorme castillo de aire parte de la escenografía de Paolo Fantin, el veredicto, en forma de aplausos, del público. Junto al Coro Titular del Teatro Real dirigido por Andrés Maspero y la Orquesta Titular del Teatro Real, en el foso a las órdenes de Marc Piollet.

El carismático Erwin Schrott se llevó las mayores muestras de entusiasmo gracias a su Dulcamara, que había conquistado al público e, incluso, al propio escenario. Desde su primera aparición en escena, haciendo gala de una garra que se estaban echando de menos, hasta entonces, en el resto. Focalizando la desparramada escena en torno al titiritero. No faltaron, por supuesto, los aplausos para Celso Albelo, a quien parte del público ya le había premiado su interpretación de “Una furtiva lágrima”; ni para la soprano georgiana Nino Machaidze o para el barítono italiano Fabio Maria Capitanucci, de quien se anunció, justo antes de comenzar la función, que se encontraba aquejado de un proceso gripal pero había decidido finalmente interpretar a Belcore, por deferencia con el público.

Este martes será el turno del segundo reparto, encabezado por Ismael Jordi y Camilla Tilling, mientras que el tercer elenco, con Eleonora Buratto como Adina y Antonio Poli en el papel del enamorado Nemorino, se subirá al escenario el día 4. Después, los tres se irán alternando hasta completar el total de 14 funciones de la ópera de Donizetti con la que el coliseo madrileño despide el año y desafía al frío con una playa en pleno desenfreno del mes de agosto.