El huracán Dudamel arrasa en Nueva York

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Dudamel. Foto: Chris Lee
Dudamel. Foto: Chris Lee

La New York Philharmonic abre su año musical con el célebre director de orquesta venezolano Gustavo Dudamel, en un programa hecho a su medida en el que, además de la Novena Sinfonía de Antonín Dvořák, encontramos el recientemente estrenado Universos Infinitos, el Concierto para Piano de Esteban Benzecry con Sergio Tiempo al teclado.

La noche se abrió con una limpia versión de la pieza orquestal de Charles Ives, La Pregunta Sin Respuesta. La fría reacción del público del Lincoln Center no afectó el consabido optimismo de Gustavo Dudamel, que se lanzó sobre Universos Infinitos con una energía que hizo pronta presa en los músicos de la New York Philharmonic.

La obra de Bencecry vio la luz en Los Angeles, también de la mano de Dudamel y Tiempo, si bien el compositor había pensado en el mediático Lang Lang para el estreno. La suerte y la agenda del chino hizo que el pianista argentino fuera el encargado de descubrirnos una obra que está destinada a una larga vida.

El primer movimiento, variado e incisivo, resultó muy efectivo gracias a la destreza técnica de Tiempo, que se fundía con pasmosa facilidad en el magma orquestal. Por su parte, Dudamel embridaba la orquesta con mano firme, para dejar que la música respirara y siguiera su curso con libertad. El filo letal de unas cuerdas infalibles, contrapunto perfecto a la rugosa línea del piano, destacó sobre la línea orquestal, dibujada con la gracia particular de Gustavo Dudamel.

El segundo movimiento, Ñuque Cuyen (Madre Luna en lengua mapuche), femenino y nocturnal, comenzó con un solo del piano generoso y propositivo. La orquesta evolucionaba en medio de lo que resultó una sugerente y expresiva exploración cromática, adornada de una guirnalda de detalles de inspiración latinoamericana. Fue este segundo movimiento el que permitió un mayor deleite sensorial, así como el disfrute pleno de la sonoridad del piano de Sergio Tiempo.

El tercer movimiento de Universos Infinitos aúna el ritmo latino y afroamericano con el refinamiento y la tradición europeos. La pimienta la ponen el frenesí y el abandono de una partitura apasionada, pero hay mucha profundidad y un indisimulado deseo de trascendencia en cada compás. Todo ello estuvo muy bien servido por la batuta siempre optimista de Gustavo Dudamel.

Tras la prometedora primera parte, el plato fuerte de la noche vino tras el descanso. La Sinfonía Número 9, del Nuevo Mundo, de Antonín Dvořák en un favorito de todos los aficionados a la clásica. Una obra tantas veces escuchada y con una personalidad tan característica, que todo intento innovador por parte de los intérpretes corre cierto peligro de terminar en fracaso.

Dudamel no necesitó salirse del guion para cumplir con las expectativas del público de Nueva York. El público sabe que es en obras como en la Sinfonía del Nuevo Mundo donde el venezolano se siente más cómodo. El primer movimiento Adagio-Allegro comenzó con una sorprendente afectación y envaramiento de la que la orquesta supo desembarazarse pronto para cerrar de manera efectiva el allegro.

El segundo movimiento, largo deparó una brillante y emotiva intervención del corno inglés en la famosa melodía del tema principal. Por su parte, Gustavo Dudamel estuvo especialmente cuidadoso, subrayando el detalle con gran intuición, y dejando parte del trabajo rítmico a las cuerdas, en un a línea que pivotaba de manera inteligente sobre las violas.

El tercer movimiento sonó algo más impersonal que el resto. Dudamel dio más libertades a la orquesta, y los músicos de la New York Philharmonic respondieron con mucha seguridad y un sobrecogedor despliegue de energía. El mayor lucimiento del conjunto del Lincoln Center llegó en el cuarto movimiento, Allegro con fuoco, verdadero colofón a una gran velada musical. Los profesores de la New York Philharmonic disfrutaron en este brillante final bajo la batuta de Dudamel. Todas las secciones sonaban fantásticas, se veían indisimuladas sonrisas en los rostros de los intérpretes, mientras Dudamel adoptaba una pose wagnerina que le daba profundidad a la propuesta. Pues la sinfonía, además de energía, ritmo y expresión, contó con la delicadeza de unos músicos que cuidan limpieza y buscan la manera más pulcra de sumar al complejo sonoro de la orquesta.

Gustavo Dudamel cosechó la mayor ovación del público de la New York Philharmonic en lo que va de año, y sigue manteniendo su merecida fama de estrella en la cuidad de los rascacielos.

Carlos Javier Lopez