El lirismo de Sandra Ferró emerge en el Auditorio de Castellón

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Sandra Ferró
El lirismo de Sandra Ferró emerge en el Auditorio de Castellón

La orquesta Nereydas, que toma el nombre de las cadenciosas y solícitas ninfas del mar y la soprano Sandra Ferró ofrecieron un programa de música barroca del siglo XVIII en el Auditorio de Castellón, en cuya primera parte dominaban los sobrenaturales Vivaldi y Haendel y en la segunda Nebra y Avison.

La orquesta que dirige Javier Ulises Illan, con criterio y refinamiento es un conjunto correcto que dio una lectura primorosa, aunque algo tediosa de la sinfonía de «La senna festegiante» de Vivaldi, una obertura del Giulio Cesare» haendeliano con un desajuste de métrica más que plausible en la fuga, una obertura de «Iphigenia» de Nebra intensa y con carácter (sin duda el conjunto se vino arriba en la segunda parte) y el concierto cinco para arcos de Avison, esmerado y con intensidad de contrastes. Con todo, la mejor labor del conjunto instrumental estuvo en el esmerado y cabal acompañamiento a Sandra Ferró.

La soprano castellonense que ya tiene un currículo significativo, debería tenerlo mejor, en atención a sus indudables cualidades. Su voz de soprano lírica no es precisamente grande pero sí cristalina y límpida. Su fraseo es esmerado y preciso y la regularidad de su emisión fruto de una impostación bien ubicada. Pero sobre todo es su sensibilidad interpretativa la que hace que sea especialmente grato escucharla.

Abrió sus intervenciones todas ellas dedicadas a Haendel en la primera parte  con «Vedro con mio diletto», una sensitiva aria «da capo» de la poco conocida ópera «Il giustino» que, en verdad, está escrita para un castrato pese a no ser lo más adecuado a su cuerda, hizo uso de una excelente narrativa de dicción armoniosa. De «Giulio Cesare en Egitto» cantó las dos arias del tercer acto de Cleopatra, la famosa «Piangeró la sorte mia» y «Da tempeste il legno infranto», en la séptima escena que el programa de mano no refería ni adjudicaba al personaje. De la primera refirió con delectación la hermosa y doliente melodía inicial a 3/8, (que luego se repite en la conclusión del aria)  y precisión esmerada en las arpegiaturas del allegro de bravura de la segunda parte. En «Da tempeste il legno infranto», volvió a lucirse en los melismas, de otra aria con arriesgada coloratura y voluptuosos portamentos, singularmente en las áreas de acicalados cuatrillos.

En lo vocal en la segunda parte hubo una alta participación del genero zarzuelístico y en particular de José de Nebra, que en el siglo XVIII en verdad no hacía si no seguir los postulados del italianismo imperante, bien fuera del costumbrismo que fue consustancial en el género a partir de la centuria siguiente. Sandra Ferró abrió sus intervenciones con el aria de Horacio «¡Ay amor ay Clelia mía» de la obra «Amor aumenta el valor», una pieza extensa de casi diez minutos de duración, pletórica de sentimental emotividad en la que la voz se veía acompañada por los arcos agudos y en pizicato por los graves, en la que implica el dominio del fiato sobre todo en los reguladores de las notas tenidas.Siguió con «Gozaba el pecho mío» de «Iphigenia en Tracia»  una pieza con un primer trecho cantábile y otro de intrepidez vocal (como ya hemos señalado que es habitual en el género), en la que anduvo segura y firme en las arriesgadas escalas. Concluyó con el fandango (en verdad casi unas seguidillas) castizo y postinero, de ritmo popular «Tempestad grande amigo se armó en la selva» de «Vendado es amor, no es ciego» (la única obra de acento, esta sí, español) que en realidad es un dueto de Brújula y Titiro y que ella hizo suyo con jacarandoso matiz de forma individual. La obra la repitió en el segundo de los bises con que complació al público, por sus aplausos, siendo el primero una hermosa aria de la misma obra, que mereció, por su belleza y por la delicadeza de su versión, estar en el programa.

Antonio Gascó