El teatro de la crueldad hecho ópera: Beatrix Cenci, de Alberto Ginastera, representada en Estrasburgo

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Beatrix Cenci, de Alberto Ginastera
Beatrix Cenci, de Alberto Ginastera

Es difícil salir indemne de la representación de Beatrix Cenci, la ópera del compositor argentino Alberto Ginastera, presentada hace unos días en Estrasburgo, en la Opéra National du Rhin (OnR), bajo la dirección de Marko Letonja. En principio, causa ya malestar el argumento, basado en un episodio real del Renacimiento italiano. La joven Beatrix mata a su padre, el conde Francesco Cenci, como venganza por haberla violado, tras ser sus denuncias de acoso desoídas por el Papa. Beatrix es ejecutada sin que importe el crimen del conde, cuyo poder le hace inmune incluso después de muerto.

Esta historia es la elegida por Antonin Artaud para inaugurar su teatro de la crueldad, con su obra Los Cenci. El principal precepto de esta forma de hacer teatro es marcar al espectador, sorprediéndolo e impresionándolo con todos los medios al alcance. La obra de Artaud marcó profundamente a Ginastera y le llevó a concebir esta ópera, estrenada en 1971 en Washington. Visto lo complicado de adaptar una obra como Los Cenci al género operístico, Ginastera decidió que el libreto, escrito por William Shand y Alberto Girri, se construyese a partir de otras dos obras que narran la misma historia: las Crónicas italianas, de Stendhal, y The Cenci, de Percy Shelley.

Pero en la partitura aún es latente la huella del teatro de la crueldad, por medio de una suerte de expresionismo musical donde la música serial y las líneas melódicas más clásicas, sobre todo inspiradas en la música renacentista, se dan la mano. Porque Ginastera concebía la ópera como un género que debía evolucionar al mismo tiempo que evolucionaba la música pero que no debía perder su esencia y su estructura. La ópera tiene que seguir siendo ópera y debe mantener “una buena intriga”. Cualquier experimento que se alejase de esto era para él otra cosa

La puesta en escena de esta producción, a cargo del también argentino Mariano Pensotti, continúa con la idea del teatro de la crueldad, con un escenario giratorio de fondo oscuro en el que van revelándose distintas habitaciones. La aparente infinidad de estancias en el palacio de Cenci, todas decoradas con obras de arte moderno de distintos estilos, sugiere el enorme poder del conde. Así mismo, el giro mantiene esa idea de acoso y persecución hasta que, finalmente, Beatrix es violada y la escena se vuelve estática. Mientras todos los personajes visten con un estilo años 50, la joven lleva una malla color carne, al estilo de la que es impuesta al personaje de Elena Anaya en La piel que habito, la película de Almodóvar. Sobre esta segunda piel, otros personajes le ponen y quitan una especie de artilugios ortopédicos de cuero y metal. Beatrix se convierte así en un maniquí cojo, una muñeca usada y descompuesta como las ideadas por el surrealista Hans Bellmer.

Beatrix Cenci, de Alberto Ginastera
Beatrix Cenci, de Alberto Ginastera

El surrealismo se cuela precisamente en escena durante el baile en casa de los Cenci, en forma de videoclip protagonizado por un hombre y su reflejo y proyectado en el fondo de la escena, hacia donde todos los personajes miran. En esta escena instrumental, Ginastera otorgó el lugar central a una pieza melódica de carácter marcadamente renancentista, bien dirigida por Letonja. La dulzura de la melodía sirve de respiro antes del atroz crimen, a partir del cual la partitura está dominada por el reflejo de la angustia de los personajes y el aullido de los perros del conde.

Cenci es interpretado por un genial Gezim Myshketa, que canta con vigor y con un muy buen fraseo en español. Su interpretación del cruel conde es dinámica y enérgica, capaz de volver al personaje más odioso si cabe. La mexicana Leticia de Altamirano, que interpreta a Beatrix, fascina con su completo registro y su habilidad para los amplios recorridos de gama que requiere su personaje. Su canto es sobresaliente, especialmente en su intervención final, durante el ascenso al cadalso, aquí representado como una cadena de montaje industrial. Lo que más aterra a Beatrix de la muerte es encontrar a su padre en el infierno, “debatiéndose entre las llamas, mirándome implacablemente con sus ojos fijos, muertos, para siempre”. Su madrastra es interpretada por Ezgi Kutlu, de canto correcto, aunque para nuestro gusto con excesivo vibrato en las notas prolongadas. Xavier Moreno encarna de forma convincente aunque con falta de aplomo en la voz a un aterrorizado Orsino, cuyo amor por Beatrix no es capaz de vencer su temor al conde y a la justicia papal. Otra voz destacable es la de la brasileña Josy Santos, que se traviste en el hermano de Beatrix, Bernardo. Su prosodia es tan magnífica como la de los hispanoblantes Moreno y de Altamirano, sin menoscabo de su exquisita voz de mezzosoprano.

Los intérpretes, la puesta en escena y la dirección de Letonja contribuyen a preservar, en esta producción de Beatrix Cenci, la idea del teatro de la crueldad, muy presente cuando Ginastera decidió abordar este oscuro episodio del Renacimiento italiano. Una forma estupenda de acercar al público francés la obra del autor argentino, muy reconocido en Estados Unidos pero no tanto a este lado del Atlántico. Esta producción es la pieza central del festival Arsmondo, organizado por la OnR, en el marco del cuál están celebrándose en Estrasburgo numerosas conferencias, conciertos y proyecciones relacionadas con Argentina. La otra gran producción del festival es María de Buenos Aires, la ópera-tango de Astor Piazzolla que se representará del 26 de abril al 17 de mayo en la OnR, en Mulhouse, Estrasburgo y Colmar, con coreografía de Matías Tripodi y dirección musical de Nicolás Agullo. No se la pierdan.

Julio Navarro