El triunfo de la diversidad

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Antonio Gascó, me solicitó que me hiciera cargo del comentario sobre el concierto de Gautier Capuçon y Ramon Tebar con la Orquesta de Valencia en el Palau de la Música de Valencia, al no poder él asistir. Con gusto complací al buen amigo y compañero en el menester de la crítica musical, porque, además, me dio la oportunidad de escribir sobre una sesión memorable y muy satisfactoria y eso es lo que más complace a un comentarista musical, salir entusiasmado de la sala de audiciones y tener que redactar las impresiones de la velada.

Es una de las veces que mejor he escuchado a la Orquesta de Valencia, enfrentándose a un programa complejo de estilos y soluciones musicales muy heterogéneas que se inició con la breve obra «Hidd’n Blue» del joven compositor, residente de la agrupación sinfónica de la Capital del Turia, Francisco Coll. Se trata de una pieza descriptiva muy incidental, encargo de la Sinfónica de Londres, en la que las audacias tímbricas y los cambios de metro de la composición, permiten hacerse a la idea del entorno de una gran metrópoli —sin duda la capital de Inglaterra—. A Tebar le complace especialmente generar atmósferas en las piezas en que la armonización lo permite y esta que comentamos lo permitía en grado sumo. La impresión del paseante (como otrora fuera el «Americano en París») era en todo momento sugestiva, con el reverbero de las luces, la gente entrecruzándose en las calles, el fragor del tráfico y, singularmente, el vivido sentimiento del protagonista del relato, que asume en los pentagramas muchas sugestivas sensaciones, unas personales y otras contextuales. La composición tiene una multiplicidad de recursos con frecuentes y muy significativas inarmonías, cuajando una partitura de estilo muy actual, y al tiempo comprensiva para el público. La orquesta siguió el dictado de una batuta precisa, clara, muy sugestiva y, sobre todo, pictórica, ofreciendo una versión redonda, intensa, ambiental, contrastada y veraz.

El concierto de Elgar para violoncello es su última gran partitura, que prolonga un sentimiento romántico en el siglo XX por estructura, melodismo y sugestión. Sin duda quien popularizó la obra, de estreno fallido, fue Jacqueline du Pre, sobre todo después de su excepcional grabación con Barbirolli de agosto de 1965. Es una referencia que todos los intérpretes que abordan la obra deben tener presente por estilo, intención y carácter. Tuvimos la fortuna de oírsela a Gautier Capuçon quien manteniendo el sentido sentimiento trágico de la composición, le otorgó el brillo sensorial de su instrumento, en un derroche de apasionamiento que huía, de la concepción de la cellista de Oxford. La obra tiene una instrumentación opulenta que incluye tres trombones y requiere un solista con sonido intenso y al tiempo con capacidad para el matiz, como se patentiza en los numerosos tiempos lentos de sus cuatro movimientos. Capuçon fraseó muy bien, con intención y personalidad expeditiva y su decir fue seguido con delectación por la batuta de Tebar que asumió, de inmediato, una emocional complicidad con el cellista. El concierto tuvo una reveladora y particular efusión en su planteamiento, que el público percibió de inmediato rubricando el final con una rotunda ovación a la que el solista francés correspondió con una paladeada versión de «El cant dels ocells», llena de radiante melancolía.

En la segunda parte el maestro valenciano programó la sinfonía número 12 de Shostakovich, titulada 1917, en recuerdo de la revolución bolchevique como una suerte de homenaje a Lenin. Obra compleja que no ha logrado poner de acuerdo a los comentaristas sobre la intención del compositor. Para unos es un ditirambo de exaltación al PCUS y para otros parece encerrar algún propósito de velada crítica contra el sistema comunista. Ramón Tebar evidenció haber estudiado la partitura en profundidad, singularmente en el propósito musical de la misma. La rotura de metros del primer tiempo evocando la acometida del pueblo frente a la marcha fúnebre del segundo o la marcial y apoteósica del tercero, presentaba, con descriptivo propósito, el avance sedicioso y levantisco del pueblo frente a la uniformizada marcialidad de las tropas. Sin duda, una visión con criterio.  No fue la única. El segundo tiempo, íntimo y reflexivo cuajó uno de los más sensitivos adagios del compositor ruso, el tercero abiertamente bélico y revolucionario y el cuarto contrapuesto entre los motivos populares del pueblo que logró el poder y la aristocracia palatina derrotada. La batuta estuvo por la forma y por el fondo contando con una orquesta de respuesta excepcional en todas sus cuerdas. No son de extrañar los fervorosos aplausos de la audiencia a los que se unen los de quien esto escribe.

Mikalefi