El triunfo del pirata

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Javier Camarena y Sonya Yoncheva
Javier Camarena y Sonya Yoncheva

Por regla general, las óperas belcantistas son especialmente temidas por los cantantes por sus elevadas exigencias técnicas, pero pocas óperas lo han sido como la que el Teatro Real ha querido llevar a escena, por fin, tras 192 años desde su première en la Scala milanesa en 1827. Il pirata de Vincenzo Bellini es ese título que aún no había podido pisar el coliseo lírico madrileño en toda su historia. Parece que las razones se pueden hallar desde el inicio en el hecho de no contar con las voces adecuadas para hacer frente a la exigente vocalidad que el compositor siciliano despliega en la partitura para la prima donna y el primo tenore. Si bien la estrella meteórica en la que pensó Bellini fue el tenor Giovanni Battista Rubini para el rol del pirata Gualtiero, en las últimas décadas el acento protagónico se ha puesto en el papel femenino de Imogene. Tal es así desde el impulso dado a esta ópera que a mediados del siglo XX realizaron legendarias sopranos como Maria Callas, con su exhumación milanesa de 1958, o más tarde nuestra añorada Montserrat Caballé, por medio de sendas creaciones paradigmáticas del personaje, tan opuestas pero a la vez tan complementarias.

Precisamente estas funciones de Il pirata están dedicadas a la memoria de la soprano catalana, firme reivindicadora del título, pero en el primer reparto la soprano Sonya Yoncheva se acerca más a un temperamento netamente callasiano. Su presencia en escena es de soberana dignidad, apoderándose con autoridad y esmero del personaje de Imogene ya desde el “Sorgete” inicial, con una materialización vocal sencillamente impecable por color, extensión y registro. No hay mácula alguna en toda la difícil tesitura, y la búlgara realiza un abordaje de la coloratura certero y preciso y un fraseo de escuela, si bien infunde su propio personalismo que no choca con la tradición más ortodoxa. La esperada escena de la locura final es la más proverbial exhibición de sus facultades vocales, una lección canora desde el declamado expresivo de “Oh s’io potessi”, pasando por el encanto poético de la cavatina “Col sorriso d’inocenza”, hasta la frenética cabaletta “O sole! Ti vela” y sus comprometidos saltos de octava que sortea con una pasmosa facilidad, desde los firmísimos agudos a unos consistentes graves.

En Javier Camarena, Yoncheva encuentra su pareja idealmente perfecta, pues los dúos a los que asistimos son todo un dechado de expresividad dramática y lirismo. El mexicano, omnipresente en las últimas semanas en este teatro, parece haber hecho propios todos y cada uno de los principios del belcanto italiano, y que le convierten a día de hoy sin lugar a dudas en el más firme defensor del mismo. Ya no es sólo la asombrosa capacidad para el canto legato de que hace gala y que demuestra desde el aria de entrada, así como su disposición casi natural para el ascenso al agudo, sino la entera musicalidad de las frases, cuyo texto traduce con elocuencia y gallardía vocal. Camarena cosecha un aluvión de aplausos en su aria final, prólogo perfecto para la encomendada a Yoncheva. Aunque oscurecido por estos dos grandes astros de la lírica, el barítono rumano George Petean brinda un Ernesto de interés con gran proyección vocal y un buen desenvolvimiento en la coloratura, a pesar de que el personaje roce en ocasiones lo irrelevante en el triángulo amoroso.

En el apartado de comprimarios hay que destacar el estupendo trabajo de la soprano María Miró como Adele, que regala frases de gran musicalidad a través de un primoroso canto y que despiertan interés en seguir los pasos de la joven catalana. Correctos y en un plano discreto se hallan el tenor Marin Yonchev como Itulbo y el bajo Felipe Bou como Goffredo. El Coro Titular del Teatro que dirige Andrés Máspero responde con vigor y potencia vocal a todas las exigencias de cada uno de los vistosos números corales que atraviesan la partitura. El curso de la representación se sustenta bajo una dirección musical eficaz como pocas se han visto a cargo de Maurizio Benini, con entera atención al más mínimo detalle en el plano instrumental y que prima a las voces por encima de todo, arropándolas en todo momento y proporcionando el cómodo sostén que necesitan para el desarrollo de la bella melodía belliniana, con la tensión dramática adecuada en los números de conjunto, como el concertante final del acto primero. Benini impone brío desde la sinfonía inicial y sabe aprovechar la jugosa introducción de la escena final, con el destacadísimo solo del corno inglés y su doliente melodía.

La propuesta escénica de Emilio Sagi, de gran belleza plástica y estética, recrea con sumo acierto una ambientación gótica y el clima onírico plenamente romántico de la ópera apoyándose en una escenografía de Daniel Bianco con techo y paredes a modo de espejos que reflejan los movimientos de la escena creando efectos de gran belleza visual, a lo que se suman unos figurines de Pepa Ojanguren en los que se resalta el contraste entre el blanco y el negro y que rememoran el montaje de la zarzuela Luisa Fernanda presenciado hace algunos años en este mismo Teatro Real. Todo está cuidado en esta puesta en escena, desde el clima brumoso de la tormenta inicial, hasta ese bellísimo detalle en la escena final de la tela que porta Imogene, a modo de trasunto de su hijo. En definitiva, el coliseo de la Plaza de Oriente ha logrado con enorme triunfo el abordaje de este pirata, una deuda saldada con la ópera de Bellini que inauguró tantos modos de hacer ópera en la cuna del belcanto.

Celso Albelo y Yolanda Auyanet
Celso Albelo y Yolanda Auyanet

Segundo reparto

Este comentario corresponde al segundo de los hasta tres repartos diseñados por el Teatro Real para las funciones de la ópera Il pirata de Bellini. El coliseo madrileño está consiguiendo la difícil tarea de equiparar los niveles de calidad entre todos los repartos en cada una de sus producciones, y en el segundo de Il pirata hallamos la participación de dos sólidos artistas canarios que consiguen defender con sobrada holgura los cometidos casi imposibles de sus respectivos papeles. De un lado la soprano Yolanda Auyanet compone una Imogene sincera e intencionalmente expresiva, alejada del carácter más ausente de Sonya Yoncheva, ayudada por su absoluta entrega en el escenario y sus interesantes medios vocales definidos por el control en todos los registros, pues la canaria exhibe un hermoso estilo de canto, con agudos poderosos y graves no menos consistentes.

En los dos dúos, Auyanet encuentra entera compenetración en el Gualtiero del tenor también canario Celso Albelo, que incide en imponer arrojo en el énfasis de la frase y espectacularidad de maneras en el agudo a voz plena, si bien no llega a alcanzar el nivel de profundidad logrado por Camarena. Albelo se muestra siempre sutil e intencionado en escena, y consigue despuntar en un fraseo delicado y expresivo que se recrea en las medias voces. El barítono Simone Piazzola no posee el volumen de Petean, pero el canto del veronés es elegante y el color de la voz es agradable, si bien su canto no destacada por una gran variedad. Magnífica de nuevo es la prestación de la soprano María Miró como Adele y el Coro del Teatro vuelve a demostrar un empaste y un volumen admirables. La batuta de Maurizio Benini sigue alentando el impulso dramático, quizá extrayendo más volumen de la orquesta, pero continúa favoreciendo a los cantantes, adaptándose en este caso particularmente a las necesidades de Albelo, que necesita más tiempo que Camarena para desplegar su elocuente fraseo. Éxito canario por tanto y prueba superada en este segundo reparto de este rescatado Il pirata, que complementa al primero de Yoncheva y Camarena.

Germán García Tomás