Elektra en Les Arts, una noche inolvidable

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Foto: Mikel Ponce y Miguel Lorenzo
Foto: Mikel Ponce y Miguel Lorenzo

Gran éxito y calidad artística en Les Arts con Elektra.  La magia de la dirección escénica de Robert Carsen con su equipo artístico junto con el pulso straussiano de Marc Albrecht en complicidad absoluta  con la Orquesta de la Generalitat y un cast de lujo provocaron que la tragedia griega estallase en bravos al final de la representación.

Si Wagner consideraba la ópera como arte total la premier de Elektra en Les Art fue de éxito total porque se conjuntaros los astros, o los dioses de la antigüedad para que la tragedia de Sófocles pasada por el tamiz germánico del libretista Hugo von Hoffmannsthal  y la vena compositiva de Strauss brillara desde una puesta en escena tan sobria como coreográfica, tan brutal como poética que el sumo sacerdote Robert Carsen supo oficiar con equilibrio entre la venganza más desquiciada y el lirismo más exaltado de la mujer que da nombre a la ópera, encarnada por una Iréne Theorin en estado de gracia.

Hay que reconocer que Strauss no es fácil de entrar, sobre todo si uno no sabe que va a escuchar, pero como dijo un profesor mío hablando de Mahler, hay que entrar porque lo que te ofrece son palabras mayores de arte.

Michael Levine nos sitúa la acción en un espacio limpio y oscuro a la vez, tres paredes infinitas y un suelo terroso que aprisionan a Electra, y que por el buen hacer de la iluminación del mismo Carsen y Peter van Praet convierten esta escenografía desnuda en un rico discurso de ambientes oníricos. En un montaje como este te das cuenta que nada es necesario excepto unas buenas luces y una precisa dirección de escena. Solo un objeto, el objeto de la venganza, el hacha asesina rompe la fuerza y el movimiento de los humanos para reforzar el doble regicidio de los monarcas asesinos.

El equipo artístico de Carsen se complementa con el sobrio vestuario de Vazul Matusz que juega con el contraste del negro general con el blanco falsamente impoluto de culpa de Klytämestra y Aegisth, y el ultimo en nombrar pero no por ello menos importante sino más bien al contrario el coreógrafo Philippe Giraudeau cuyo trabajo da sentido y cohesión a la idea de Carsen con la prolongación de Elektra en la veintena de bailarinas que la acompañan en escena y cuyas acciones coreográficas aportan la poesía a veces lírica a veces descarnada que acompaña la acción dramática musical. Un trabajo artístico tan perfecto y expresivo que difícilmente podemos recordar una Elektra más intensa en conjunto.

Marc Albrecht, director alemán, ha tenido buenos maestros tanto por parte paterna como siendo asistente de Abbado durante años cultivando el repertorio germánico como primera opción en su agenda de compromisos, por eso no es de extrañar que su versión en Valencia fuera más que notable, y que su pequeña batuta dominara cual inflexible y a la vez expresivo auriga los más de cien músicos que llenaban el foso ampliado de Les Arts junto a los dieciséis solistas que intentaban sobrepasar con sus cuerdas vocales ese muro casi infranqueable orquestal. De ahí que el trabajo de Albrecht fuera más que meritorio sin llegar a tapar en ningún momento a los solistas excepto a alguna de las sirvientas al principio de la obra. Cuidado del detalle y gran dominio de las masas sonoras, creando colores para cada uno de los momentos, desde la desesperación por el padre asesinado de la primera gran escena de Elektra, hasta el lirismo del dúo con Oreste hasta la consagración de la alegría orgiástica de la venganza consumada del final por citar algunos de los momentos clave de la orquesta.

Correctas las cinco doncellas en su difícil escena inicial junto con la celadora Miranda Keys que en esta producción no tiene una relevancia especial. Igualmente correctos el preceptor de Oreste, Max Hochmuth, que en algún momento se quedo escaso de proyección. El quinteto principal fue un lujo de voces.

Derek Welton fue un Oreste solemne, de buena planta y con un instrumento oscuro y aterciopelado timbricamente en la escena con Elektra.

Foto: Mikel Ponce y Miguel Lorenzo

Aegisth tuvo en Stefan Margita un tenor perfecto con una interpretación que sin caer en los histrionismos habituales supo dar color a un rol ingrato. Y llegamos al trío femenino que lleva el peso de la obra.

Doris Soffel empezó su Klytämnestra con cierta carencia de fuelle pero fue ganando enteros a medida que avanzaba el dúo con Elektra al contarle sus sueños mostrando una gran expresividad tanto canora como escénica.

La hermana menor de la protagonista tuvo en Sara Jakubiak una Chrysostemis de verdadera calidad mostrando el contraste en el primer gran dúo con Elektra a una joven enamoradiza y débil, dependiente de su hermana que evoluciona a una mujer que se enfrenta a su poderosa hermana en el siguiente gran dúo sin perder el timbre contrastante con Elektra y la proyección necesaria ante la gran orquesta que acompaña estos dramáticos dúos.

Dejamos para el final a la gran estrella de la noche la soprano sueca Iréne Theorin que junto con Carsen y Albrecht debutaban en Les Arts. E igual que Elektra subía por primera vez a ese escenario valenciano.

Aunque últimamente hemos visto a esta gran cantante en repertorio italiano (Gioconda, Turandot,…) los roles en los que más brilla son los wagnerianos y straussianos, de ahí el privilegio de poderla ver nuevamente en esta mujer atormentada y vengativa, enferma y casi desvariada que nos pinta Sófocles en este culmen del género de la tragedia.

Irene Theorin tiene además de un instrumento potente la capacidad de saberlo moldear en intensidades y colores diversas haciendo de su Elektra una cantante de referencia. Tal vez algunos podrían decir que algún agudo podría estar mejor enfocado, o que algún piano podría acercarse más a la afinación del pentagrama, pero Elektra es un rol tan exigente que los resultados de esta cantante son abrumadores. A parte de la tensión de un personaje tan complejo psicológicamente y musicalmente está en el escenario toda la obra, casi dos horas sin salir del escenario, dando en todo momento el 100% de su instrumento interactuando con el resto de los personajes y en esta producción tan coreográficamente expresiva  con este añadido de expresión corporal conjunto.

Una verdadera proeza ante lo cual no podemos más que reaccionar como lo hizo el público valenciano tras el último acorde, gritar vitoreando el regalo de su interpretación.

Esta Elektra pasará a los anales del joven teatro de Les Arts como un hito en su historia que nos hizo recordar las batutas de Maazel y Mehta.

Esperemos que a este collar histórico se engarcen muchas más brillantes y perlas como esta.

Robert Benito