Daniel Lara entrevistó, para OW, al pianista y compositor Borja Mariño. Nos cuenta desde sus inicios hasta sus proyectos más recientes y algunos de sus compromisos futuros. Nacido en Vigo (Galicia). Mariño completó sus estudios en Madrid, donde estableció su residencia. Sus actividades profesionales le han orientado hacia el teatro lírico, donde realiza una importante labor como maestro repetidor en muchos teatros así como coach de cantantes, colaboraciones que han influido en su música, donde la Canción de concierto tiene un peso específico muy importante.

- ¿Cómo la música golpeó a tu puerta?
Entró de una forma muy natural. En mi familia no hay una tradición musical profesional —mis padres no son músicos—, pero sí son grandes melómanos. Es curioso porque todos mis hermanos hemos terminado siendo músicos profesionales, así que algo hicieron bien en nuestra formación. Yo toco el piano, tengo un hermano violinista, una hermana chelista, otro que es guitarrista… cada uno con su mundo. Incluso trabajamos en géneros muy distintos: mi hermana por ejemplo fusiona con música electrónica, mi hermano hace death metal… No tienen nada que ver entre sí, pero siempre está ese vínculo de la música como vehículo de comunicación, y creo que eso nos ha unido mucho.
Además, nuestros padres propiciaron que pudiéramos dedicarnos profesionalmente a la música, sin obligarnos a seguir otras carreras por miedo o preocupación, algo que muchas veces ocurre. Gracias a eso pude estudiar primero en Galicia, donde estudié piano y música de cámara. Después me vine a Madrid, donde terminé las carreras de composición y musicología, que eran campos que también quería explorar.
- Hablemos de su faceta como compositor. ¿Cómo llega a la composición?
Llego a la composición por ese interés que tenía en diferentes campos. Empecé haciendo canciones porque acompañaba a muchos cantantes, algo que sigo haciendo hoy en día, ya que parte de mi carrera también está dedicada al acompañamiento vocal, la ópera y el recital. Con esa cercanía empecé a escribir canciones y a probarlas con los intérpretes que tenía cerca. Más adelante, cuando estudié composición formalmente, se me abrieron otros horizontes: trabajar con grupos de cámara o con orquesta.
Esos campos son más abstractos, porque no es tan fácil tener un “laboratorio” donde probar las cosas. Cuando escribes para una orquesta sinfónica, por ejemplo, los tiempos de ensayo son muy reducidos, así que todo el trabajo previo tiene que estar muy bien armado. Necesitas una formación técnica que te permita analizar, planificar y dejar todo atado para que el resultado final sea el que imaginabas.

- ¿Cómo fue la génesis de sus primeras composiciones?
Mis primeras composiciones surgieron con amigos cercanos. Recuerdo, por ejemplo, las canciones sefardíes que recientemente se interpretaron en Buenos Aires con orquesta. Es curioso porque esas canciones tienen unos 25 años: las escribí para una compañera que estaba conmigo en Galicia, Patricia Blanco. Ella se animó a cantarlas y las estrenamos en una sociedad filarmónica de Galicia. Durante un tiempo quedaron un poco en el olvido. Algunas cantantes me decían que eran muy difíciles, que no se podían cantar. Eso te genera dudas, pensando que quizá te has extralimitado en esos delirios de juventud.
Pero con el tiempo ocurrió lo contrario. Cuando hicimos la primera versión con orquesta tuve la suerte de contar con la soprano Saioa Hernández, antes de que alcanzara la gran carrera que tiene hoy. Ella ha sido siempre una cantante extraordinaria y además es una amiga cercana. Presentamos las canciones en el Auditorio Nacional y, a partir de esa grabación, otros cantantes empezaron a interesarse por ellas. Muchos me decían: “Quiero ese ciclo, quiero ese ciclo de Saioa”. Creo que el intérprete también hace mucho para comunicar la música. Cuando una obra se presenta con el envoltorio que imaginabas y con un nivel interpretativo muy alto, otros músicos se animan a acercarse a ella.
Ese concierto fue alrededor de 2013, y desde entonces las canciones han tenido una segunda vida: se interpretan frecuentemente en versión orquestal y también con piano.
- ¿Cómo se definiría como compositor?
Me definiría como un compositor con mucha libertad. Hoy tenemos algo que quizá yo no apreciaba cuando estudiaba: una gran libertad de lenguaje. Cada compositor puede trabajar con el lenguaje que desee.
A menudo me califican como un compositor de la “nueva tonalidad” o de la pantonalidad, porque me gusta trabajar en un mundo más melódico, donde ciertas bases resultan reconocibles. Pero eso no significa que no utilice otros lenguajes cuando la obra lo pide. En canciones, por ejemplo, suelo cuidar mucho la línea vocal. En cambio, en música instrumental o en ciertas temáticas puedo explorar efectos, técnicas extendidas o lenguajes más experimentales. Hoy tenemos todo el espectro abierto.
- ¿En qué trabaja en este momento?
Estoy trabajando en muchos proyectos a la vez. En el campo de la canción, por ejemplo, estoy intentando salir un poco del formato voz y piano, porque ya tengo bastante repertorio así. Uno de los proyectos que más me entusiasma es un ciclo de canciones en guaraní, una lengua que yo no hablo en absoluto. La cantante Jessica Bogado me ha ayudado mucho: me grabó los textos con diferentes velocidades y mucha paciencia. Será un ciclo para voz, percusión corporal y clarinete. Queremos incluir también sonidos ambientales, como pájaros o elementos de la naturaleza.
También estoy trabajando en obras de cámara, con encargos para final de año para distintas formaciones, como arpa, viola y flauta. Y por supuesto continúo con proyectos orquestales, preparando nuevas orquestaciones de ciclos de canciones que ya existen.

- ¿Cómo siente su evolución desde las primeras composiciones hasta las actuales?
La evolución viene sobre todo de los retos que vas encontrando en el camino. Cada encargo te obliga a enfrentarte a algo nuevo. En la canción, por ejemplo, mucho depende de los textos. El idioma influye muchísimo: no es lo mismo trabajar con poemas en inglés, francés o portugués que con textos en español. Cada lengua genera una musicalidad distinta.
En la música instrumental pasa algo parecido. Cuando trabajas con diferentes combinaciones instrumentales descubres mundos técnicos nuevos. Por ejemplo, cuando escribes para arpa, como te comentaba antes, tienes que entender qué es posible y qué no, hasta dónde puedes explorar nuevas técnicas. Además, a veces escribes música para teatro o para proyectos escénicos. He hecho cuentos musicales, música para obras teatrales, etc. En esos casos tienes que adaptarte a las necesidades dramáticas de la escena.
- ¿Cómo elige los textos que musicalizará?
No diría que es complicado. Hay textos que simplemente te llaman. Soy un gran lector de poesía desde adolescente. Toda poesía tiene una música interna, un ritmo que ya está presente. A veces ese ritmo te guía; otras veces quieres romperlo. Muchas veces marco los poemas en los libros doblando una página porque siento que ese texto está pidiendo música.
- ¿Cómo es el “show business” para un joven compositor?
No es fácil. Oportunidades para presentar tu música existen, especialmente si tienes amigos intérpretes interesados en tu obra. La cuestión económica es diferente. Los encargos que realmente generan ingresos suelen ser los grandes: obras orquestales o música teatral, porque implican materiales de orquesta, ediciones, derechos de escena, etc.
La música de cámara o la canción no generan tanto ingreso, aunque sí dan muchísimas satisfacciones. Con el tiempo también ocurre algo bonito: al principio era yo quien tenía que convencer a los intérpretes para que programaran mis obras. Ahora muchas piezas ya circulan solas. A veces me entero por internet de que se están tocando en tal universidad americana o conciertos en lugares donde yo no sabía que habían llegado. Hace unas semanas por ejemplo sonaban en Londres, en Bechstein Hall. Quiere decir que su mensaje ha calado y que tienen algo que decir en el contexto de la programación más allá de nuestras fronteras.

- ¿Qué proyectos tiene en los próximos meses?
Hay varias cosas interesantes. En marzo se interpretará una obra orquestal con la Orquesta Joven de Lugo dirigida por Nicolás Ravelli. Es una obra que se estrenó previamente en Burgos, con Pedro Bartolomé, a la que tengo especial cariño.
En abril coinciden dos conciertos con mis canciones: uno en el Teatro Arriaga, dentro de un ciclo dedicado a poetisas del norte, donde se interpretarán canciones sobre poemas de Dalia Alonso. Y el mismo día habrá otro concierto en el Ambigú del Teatro de la Zarzuela con el Tríptico plateresco, sobre poemas de Juan Ramón Jiménez. En realidad será una triple coincidencia porque yo estaré esa misma noche al piano en una gala en el Auditorio Nacional, donde espero que también podamos interpretar alguna de mis obras.
En mayo hay un evento internacional que me hace mucha ilusión: dos conciertos en el Teatro Municipal de Río de Janeiro con la Orquesta Sinfónica Brasileña. Allí se interpretará mi ciclo sobre poemas de Federico García Lorca, en versión orquestal, con la soprano brasileña Gabriella Pace.
- Cuando sueña a futuro, ¿hacia dónde le gustaría llevar su carrera?
Me gustaría seguir evolucionando y mantener la ilusión por crear obras nuevas, encontrar textos que me inspiren y trabajar en proyectos que me desafíen. Mucha gente me pregunta cuándo escribiré una obra escénica grande, como una ópera. Son proyectos muy largos y necesitan financiación y tiempo.
He dado algunos pequeños pasos en esa dirección. Por ejemplo, hace unos años presenté un pequeño monodrama basado en un texto de María Lejárraga. Pero sí me gustaría, en el futuro, encontrar un buen texto teatral o trabajar con un dramaturgo contemporáneo —alguien como Juan Mayorga, Alfredo Sanzol o Miguel del Arco, a los que admiro profundamente— y construir una obra escénica importante.












