Éramos pocos y… cancela Chausson en el Don Pasquale de Bilbao

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Don Pasquale de Bilbao

Don Pasquale de Bilbao. Foto: Moreno Esquibel

No cabe duda de que en la ópera una de las mayores desgracias – si es que no es la mayor de todas ellas – radica en las cancelaciones de los artista programados, que perjudican seriamente a la organización y al aficionado, que es finalmente quien sufre las consecuencias de los cambios, que rara vez son para mejor.

Viene esta reflexión a cuento al hablar de esta representación de Don Pasquale en Bilbao, que se puede decir que ha batido todos las plusmarcas de cancelaciones, como si a estas representaciones las hubiera mirado un tuerto. La cosa empezó hace algo más de una semana, cuando canceló el tenor anunciado y fue sustituido por un desconocido argentino, del que luego hablaré. El problema más serio vino a continuación, cuando la Orquesta Sinfónica de Euskadi decide ponerse de huelga, que comenzaría precisamente coincidiendo con la representación que nos ocupa. Los peores vaticinios se hicieron realidad y la huelga de la orquesta se ha llevado adelante y Abao no ha podido o no ha querido contratar otra orquesta, decidiendo ofrecer la representación con acompañamiento de piano. Como no hay dos sin tres, como dirían los británicos, o como las desgracias nunca vienen solas, como se dice en España, la víspera de esta primera representación cancela por enfermedad el protagonista Carlos Chausson, el principal atractivo del reparto. Vamos, que como dice el dicho popular, éramos pocos y parió la abuela.

Al llegar al Euskalduna, el público se encuentra con carteles anunciando que la representación se hará con acompañamiento de piano, pero no dice nada de la posibilidad de devolver las entradas, al menos a los que las han comprado fuera de abono. Y así, al comienzo de la velada, aparece delante del telón el presidente de Abao con un atril para dar lectura a una nota, en la que dice lamentar la convocatoria de huelga, de la que ellos son los perjudicados y que no han tenido otro remedio que ofrecer la ópera con acompañamiento de piano. Su intervención fue recibida con aplausos del educado respetable, acompañados de sonoros pitidos y abucheos por otros cuantos, que reclamaban en voz alta su derecho a devolver las entradas.

No es la primera vez que Abao utiliza determinados cambios en su favor y en contra de los intereses de sus clientes. Lo hizo muy recientemente con la bajada del IVA cultural del 21 al 10 %, que ha engrosado sus seguramente muy flacas arcas. Ahora lo vuelve a hacer. No cabe duda de que, aparte de las dos cancelaciones, ofrecer una ópera a piano en lugar de orquesta es un cambio sustancial, que cambia radicalmente el concepto de la representación. En mi criterio el perjudicado es el espectador, sea abonado o no. Finalmente, resulta que el beneficiado económicamente por todo ello es ni más ni menos que Abao, que se va ahorrar el coste de la orquesta, que será sustituido por el de un pianista (eso, si de “renombre”,como si esto cambiara algo las cosas.). No digo que esta solución haya gustado a la organización, ya que ni me planteo semejante posibilidad, pero en términos económicos hay un ganador y muchos perdedores.

Entrando en la representación de Don Pasquale, se nos ha ofrecido la conocida producción de Jonathan Miller, que ya tuvimos ocasión de ver en Sevilla en Marzo de 2003. Esta producción ofrecía el problema de que perjudicaba claramente la proyección de las voces y hace unos días en mis Comentarios Previos a esta representación de Bilbao me preguntaba qué pasaría en el Euskalduna, ya que este teatro es más problemático en términos acústicos que el Maestranza. Efectivamente, lo ocurrido en Sevilla se ha visto aumentado en Bilbao, lo que no puede ser una sorpresa y resulta difícil de creer que no se haya tenido en cuenta un aspecto tan fundamental para una ópera, más allá del mayor o menor atractivo escénico que la producción pueda ofrecer.

La mencionada producción escénica procede del Maggio Musicale Fiorentino, debida originariamente al británico Jonathan Miller (¡quién no recuerda su Rigoletto ambientado en Nueva York!), y repuesta aquí con dirección escénica de Daniel Dooner, con escenografía y vestuario de la británica Isabella Bywater e iluminación Jvan Morandi. La producción consiste en un escenario único en forma de una especie de Casa de Muñecas, que representa la casa de Don Pasquale, que viene a ser una recreación de aquella serie televisiva Upstairs, Downstairs. Una planta baja con hall y zona de servicio, una segunda con la habitación de Don Pasquale y el salón, y una tercera en la que vive el sobrino Ernesto. La casa se abre en el primer acto, dejando a la vista las habitaciones. La idea en sí no es mala y tiene algún apunte bien traído, como el hecho de que mientras Don Pasquale canta “Son nov’ore” descubrimos a Norina y Ernesto en la cama de éste, de tal modo que Norina canta su escena y el dúo con Malatesta en la casa de Don Pasquale, lo cual tiene poco sentido.

Don Pasquale de Bilbao. Foto: Moreno Esquibel
Don Pasquale de Bilbao. Foto: Moreno Esquibel

Como digo más arriba, el gran problema de esta producción radica en el hecho de que en lugar de estar ésta al servicio de la música, lo que hace es dificultarla en gran medida, que es lo último que una puesta en escena tiene que hacer, al menos desde mi punto de vista. ¿En que radica el hecho de que la producción dificulta a la música? Simplemente, al colocar la casa atrás y en planos verticales, las voces llegan muy mal a la sala. En la única ocasión en que los solistas cantan cerca de candilejas es en la escena del jardín (representado delante de la casa) y es en ese momento, precisamente, en el que uno se da cuenta del flaco favor que ha hecho la producción a los cantantes y al público.

Ya está comentado más arriba que la representación se ha hecho con acompañamiento de piano y en estas circunstancias me parece que no tiene mucho sentido incidir en la dirección musical, que corrió a cargo de Roberto Abbado, mientras el pianista de “renombre” (Abao dixit) era el británico James Vaughn. En estas circunstancias es muy difícil salir del aburrimiento, aunque estemos ante una ópera bufa. El Coro de Ópera de Bilbao tampoco elevó el nivel en su intervención en el tercer acto.

La parte de Don Pasquela tenía que haber sido interpretada por Carlos Chausson, que fue quien la interpretara también en la última ocasión en que Abao representó esta ópera hace casi 23 años. El bajo-barítono aragonés canceló por enfermedad la víspera de la primera y fue sustituido por Paolo Bordogna. Las sustituciones de última hora son siempre muy problemáticas y uno no puede ponerse muy exquisito sobre el resultado.

Simplemente diré que vocalmente Bordogna no es adecuado para las exigencias vocales del personaje, ya que su voz resulta excesivamente blanquecina, quedando mejor como actor que como cantante.

Como Norina volvía a Bilbao la soprano australiana Jessica Pratt, tras su éxito aquí en la Sonnambula el año pasado. Su actuación en esta ocasión ha quedado claramente por debajo, en lo que estoy convencido de que han tenido que ver los problemas ya apuntados de la producción. Su voz resultaba insuficiente y únicamente llegaba bien a la sala en las notas altas. Mejoró en la escena final por las razones ya apuntadas anteriormente.

Como Ernesto estuvo anunciado Paolo Fanale, pero canceló por enfermedad, siendo sustituido por el joven y diminuto tenor argentino Santiago Ballerini, que justamente estaba en Burdeos cantando Il Pirata de Bellini en concierto. Desde luego, poco tiene que ver su voz con las exigencias del personaje de Gualtiero en la ópera de Bellini. Se trata de un tenor ligero, de volumen un tanto escaso, con voz atractiva y que tiene buen gusto, aunque se le ve todavía inmaduro, teniendo problemas en su importante escena que abre el segundo acto de la ópera.

El barítono gallego Javier Franco fue un más bien modesto Malatesta, a quien únicamente se le escuchaba del centro para arriba, ya que sus notas del centro hacia abajo resultaban inaudibles.

El Notario fue interpretado por un más bien deficiente Javier Campo.

El Euskalduna ofrecía una ocupación por debajo del 80 % de su aforo. El público se mostró cálido y no entusiasmado con el resultado de la representación. No hubo bravos, siendo los mayores aplausos para Jessica Pratt.

La representación comenzó con 6 minutos de retraso, tras la intervención del presidente de Abao, y tuvo un duración de 2 horas y 24 minutos, incluyendo un intermedio. Duración musical de 1 hora y 51 minuto. Cuatro minutos de aplausos.

El precio de la localidad más cara era de 220 euros, costando 61 euros la más barata. Fotos: Moreno Esquibel

José M. Irurzun